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Full text of "La muerte del cisne"

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CARLOS REYLES 



LA MUERTE 




DEI. 



CISNE 




CUiVRTA EDICIÔN 



^ 



Sociedad de Edicionea lAterarias y Artîsticas 

IvIBRBRlA PAUI. OlylvKNDORFF 

50, CHAUSSÉE D'aNTIN, 50 

PARIS 






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PRIMERA PARTE 



IDEOLOGIA DE LA FUERZA 



E: 



fi, vasto y heterogéneo panorama espiritual 
del mundo en las postrimerias del siglo xix y 
los rojos albores del présente, brinda al obser- 
vador de los tiempos que corren un espectâ- 
culo magnifico y emocionante. Turban el ânimo 
y pasman el espîritu las perspectivas morales, 
dejadas como herencia à las gêner aciones vivas 
por las gêner aciones muertas. Entre mil tribu- 
laciones, el curioso se pregunta, si esta à punto 
de convertirse en realidad palpitante la trans- 
mutaciôn de valores anunciada por el terri- 
ble profesor de la Universidad de Basilea, y si 
la Fuerza, como principio de la moral y medida 
de todas las cosas, no amenaza de muerte, a 
pesar de la Conferencia de la Haya y del huma- 
nitarismo, las entidades de las filosofias espi- 



8 I.A MUERTE DEI. CISNE 

ritualistas : Justicia, Derecho, Bien, Mal, 
irguiéndose en medio de ellas, como un leon 
vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrôpo- 
lis poblada solo de idolos rotos, mutilados dio- 
ses y espectros terrificos en las sombras medro- 
sas, mas irrisorios à la honrada luz del sol. 

Ha sido y sera eternamente cruel designio y 
obra dificil para la voluntad de los hombres, el 
despojarse de las amables creencias que los 
encumbran a sus propios ojos. I^a humanidad, 
como las coquetas empedernidas, ama los ade- 
rezos que la hermosean, aunque sepa que son 
postizos, anadidos y falsas joyas. A mayor 
abundancia de razones, su bovarismo, la facul- 
tad peregrina de concebirse de una manera dife- 
rente de la realidad y obrar en consecuencia, 
es incontrastable y gêner almente provechosa. 
Hace falta un grande y desinteresado valor 
para mirar frente a frente a la temida Bsfinge, 
aparté de que el premio del resuelto enigma, 
suele ser el que tanto contribuyo a la desdicha 
del lamentable Bdipo; es menester una acen- 
drada resignaciôn filosôfica, en la que acaso 
pende el ascetismo de la cultura moderna, para 
recibir amablemente las visitas de duelo de los 
desencantos y sonreirles como a los amigos 



I,A MUKRTK DEI. CISNE 



grunones, pero leales, que nos quieren y nos 
dicen la amarga verdad. Esta es a veces solo 
estéril supersticion : las grandes ilusiones son 
siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos, con 
manos impias, las despoje mas tarde 6 mas 
temprano de sus virtudes especîficas sobre la 
inteligencia y el aima, la humanidad, recono- 
cida a las fieles servidoras, signe creyendo en 
ellas aùn después de muertas, y hasta se com- 
place muy comùnmente, con ingenuo y tozudo 
afân, en prestarles a los rostros lîvidos y yer- 
tos las lozanas apariencias de la vida. 

Bn taies ocasiones acontece a la eterna ilusa 
lo que a aquella infeliz criatura que, habiendo 
perdido a causa de terrible enfermedad la divina 
belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, 
providencial locura la salva de un desencan to 
mortal, haciéndole ver reflejada en los espe- 
jos, no la fealdad présente, sino la fenecida her- 
mosura de los gozosos dias. 

La humanidad ha padecido muchas de estas 
demencias saludables. Elias le impidieron reco- 
nocer, cuando la verdad hubiera sido como 
escarcha sobre los tiernos capuUos de las rosas, 
la futileza de los adobes y afeites que realzaban 
las gracias del aima â la luz de las candilejas 

1. 



10 I.A MUERTE BEI. CISNE 

metafisicas. Hoy el arduo problema estriba en 
averiguar si estas no han perdido su mâgico 
poder, y si la transfiguraciôn de los hechos rea- 
ies por la ôptica de los moralistas, es todavîa 
conveniente para la delicada salud del mundo. 



À 



decir verdad, la agonla de lo divino apa- 
rece â las inteligencias libres de prejuicios here- 
ditarios y atavismos religiosos, como un hecho 
triste, pero incontestable, que se descubre en 
todos los horizontes y que las ansias subjetivas 
del hombre no aciertan â disfrazar con un nuevo 
espejismo céleste, quizâ porque este nuevo 
espejismo no es y a necesario â la Vida. Esta vez 
el instinto vital, el travieso mago que en la filo- 
sofia nietzsquiana créa las ilusiones favorables 
â la existencia, lucha en vano contra el Cono- 
cimiento, que las destruye implacablemente... 
pero solo para darle â aquel estimulo y ocasiôn 
de forjar otras nuevas. La ciencia, la experien- 
cia prolija del caduco globo, levanta el vélo de 
Maya, y en lugar de las desnudeces impecables 



12 IvA MUKRTE DElv CISNE 

y sagradas perfecciones de la diosa, surge la 
razôn fisica de los fenômenos. El misterio de 
que se nutren las religiones, se rompe como un 
liecliizo al influjo de un conjuro eficaz. I^as Igle- 
sias, las virgenes violadas por el Saber, amari- 
Uean y enferman,yconéllaspalideceenel mundo 
la estrella del reino espiritual. Y coincidencia 
peregrina : alli donde este fué mas efectivo y 
avasallo mas tirânicamente las conciencias, no 
ya la clorosis, sino el acabamiento de todas las 
energias y la parâlisis, dan seguros indicios de 
un lugubre é inévitable fin, como si el pecado 
capital de desarraigar la planta humana de la 
tierra y cultivarla en misticas estufas, entra- 
nase la terrible penitencia del agostamiento, la 
esterilidad y la muerte. La remota y misteriosa 
India es el pudridero del espîritu religioso; en 
las aguas muertas de sus mil cultos monstruo- 
sos y extâticos, brotan Injuriantes los nenùfa- 
res de la contemplaciôn ascética y del nirvana, 
entre cuyas raices y tallos mueren sofocadas las 
timidas vegetaciones de la voluntad de vivir; 
Jerusalén llora las diligentes y briosas virtudes 
que encendieron la Uama activa de la fe en el 
pecho de Pedro el Brmitano y provocaron la 
colosal marea de las Cruzadas; en la Ciudad 



I.A MUERTE DKI. CISNE I3 

Eterna muere el poder espiritual, que 3^a fué 
enterrado en Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, 
y en todos los sagrados lugares de la tierra 
donde el animal niistico labrô en piedra dura 
sus ansias ardientes de lo infinito, el peregrino 
apasionado lee tembloroso sobre las informes 
ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la 
naderîa de las cosas liumanas. 

La evoluciôn del sentimiento religioso no 
déjà lugar a dudas sobre el humilde origen y el 
destino mortal de los dioses... Después de las 
ingenuas cosm^ogonias de las primeras edades, 
en que el hombre mîsero é ignaro interpretaba 
los fenômenos mas comunes como revelaciones 
del misterio eterno y signos infalibles de las 
voluntades olimpicas, la razôn divina, perse- 
guida y estrechada por la explicaciôn materia- 
lista del universo, viô destruir, como la ciencia 
hermética y la filosofîa escolâstica, sus miste- 
rios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo 
terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lôbrego 
castillo de las causas primeras y delo incognosci- 
ble. En la prâctica, Dios se hace utilitario. Las 
religiones se humanizan. Desde luenga data, 
siguiendo paralelamente las evoluciones del 
conocimiento y la misma, aunque en apariencia 



14 lyA MUHRTE DKIv CISNK 

opuesta derrota que los instintos dominadores, 
apéanse de sus fueros y vienen transformân- 
dose en cosas utiles, en servidoras solicitas de 
la Vida, ante cuyos intereses profanes abaten 
las altivas y aureoladas testas los intereses divi- 
nes. La conservaciôn de las excelencias tradi- 
cionales y el freno moral, son los titulos mas 
remontados que sustenta la religion a los ojos 
de la culta Europa. I^a utilidad pràctica es la 
virtud caracteristica de las modernas expe- 
riencias religiosas en la tierra del opulento yan- 
qui. Sus imperturbables doctores aseveran « que 
los principios especulativos no son nada, que 
los resultados y consecuencias de las teorias lo 
son todo )). Pragmatisme y utilitarismo se dan 
la mano : la verdad es lo util. « I^o verdadero 
es lo oportuno en nuestra manera de pensar, 
como lo justo es lo oportuno en nuestra manera 
de conducirnos » agregan. Hn conclusion : los 
yanquis buscan un Dios del que pued.an servirse. 
lyas flamantes disciplinas no forman santos ni 
profetas, que es fuerza considerar como los 
grandes paquidermos fôsiles de la religiosidad, 
ni menos virtudes desinteresadas, contempla- 
tivas, caballerescas, amorosas del rcnuncia- 
m-iento, como las viejas y sublimes virtudes 



I,A MUERTE DEL CI3NE I5 

ensenadas por Buda 6 Cristo. No, los pastores 
de la americana grey, llâmanse Franklin, Emer- 
son, Pierce James, 6 también Haper, ese admi- 
rable présidente de la Universidad de Chicago, 
que, sintiendo proximo su fin, formulaba lleno 
de unciôn esta singularisima cuanto valerosa 
plegaria : « Senor, permitid que haya para mî 
una vida después de esta vida, y en esa vida 
permitid que haya mucho trabajo que hacer y 
tareas que cumplir )> ; entre los credos y dogm^as 
del nuevo culto figuran la vida intensa, el prag- 
matisme, el mindcure 6 psicoterapia religiosa, 
tan eficaz como la psicoterapia del doctor 
Dejerine en la medicina ô las estaciones de psi- 
coterapia del sutilîsimo Barres en la literatura; 
los santos laicos son Washington, Edison, Roo- 
sevelt, Carnegie, Booker Washington ; los reyes 
del petrôleo y del acero; el Napoléon de los 
ferrocarriles, quien ténia por inmorales las 
tareas improductivas, en una palabra : hombres 
robustos y esforzados, voluntades inteligentes 
y heroicas, como las piden con hondo afân las 
necesidades orgânicas de la época y la gestaciôn 
del porvenir. 

I^as caliginosas nieblas del antropocentrismo 
se disipan y por eso la moral como la religion. 



l6 I.A MUERTE DEI. CISNE 

la filosofîa y la ciencia, recorre también, mal de 
su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito 
a lo finito, de lo absolu to a lo relativo, de lo 
divino a lo natural, de la vaporosa metafisica 
a la sesuda biologîa, « llave sécréta de la his- 
toria y las acciones humanas, que en época no 
remota explicarân acaso la f isica y la quimica. . . » 
como alguien conjetura osadamente. Y a juz- 
gar por lo que se ve, el conocimiento adelanta 
imperturbable por ese camino, sin detenerse 
un punto a considerar con lâstima, las ilusiones 
que a su paso van muriendo. A las morales de 
esencia mistica, altruistas é infalibles, siguen 
presto las morales de levadura fisiolôgica, sen- 
sualistas y pecadoras, que hacen del placer, 
del egoîsmo, de la lucha, y finalmente con 
Guyau y Nietzsche, de la expansion de la vida 
y del instinto de dominaciôn, vale decir, de la 
fuerza, el resorte oculto de la conducta y la 
base sôlida é indestructible del Bien y del Mal. 



p 

JL OR otra parte, la impasible majestad de la 
Naturaleza, indiferente à la moral humana, 
extraiia, cuando no antagônica, à las necesida- 
des subjetivas del hombre, y ajena à toda fina- 
lidad racionalista, confirma rotunda y cruel- 
mente las desencantadas suposiciones que su- 
giere la evoluciôn filosôfica. La ciencia y la his- 
toria también. De consuno el origen animal del 
hombre, visto como en una caleidoscopio en 
las multiples y ascendentes fases zoolôgicas del 
embriôn humano, y el origen fisiolôgico y espù- 
rio de la justicia, despojan a la humanidad de 
su divino abolengo y tienden a destruir, con 
impertérrita lôgica, las verdades eternas, los 
principios absolutos, la posibilidad de una ética 
infalible é inmutable. 



l8 I.A MUKRTE^ DEI. CISNE 



Como creaciôn de la Vida, imponiéndose una 
ley para asegurar la vida, las reglas y îas eva- 
luaciones morales, dictadas siempre por razo- 
nes de utilidad, son impuras, deleznables, pere- 
cederas. Todas van, igualadas por el rasero de 
la inexorable Parca, a la fosa comùn, 6 cuando 
menos, todas cambian con los tiempos, las lati- 
tudes y los diferentes modulos de la cultura. A 
un pueblo agrîcola le conviene, y se créa, una 
religion y una moral de pastores ; un pueblo gue- 
rrero una religion y una moral de soldados. El 
bien en si, pâjaro azul de la inteligencia, no ha 
podido ser descubierto por las inquiétudes divi- 
nas del hombre en las excavaciones del pasado. 
lyO que aparece entre polvo y frias cenizas spn 
los codigos de los grupos dominantes, ô sean las 
cristalizaciones utiles, y, por lo tanto, relativa- 
mente durables de la conducta, producidas 
siempre por los pasajeros equilibrios de una 
lucha sin fin. De donde se infiere que no existe 
una moral ùnica, sino mil morales, igualmente 
verdaderas en un momento determinado é igual- 
mente falsas después de él; y lo mismo podria 
aseverarse de la justicia y del derecho teôricos 
que, en fin de cuenta, a pesar de las transfi- 
guraciones que les hacen sufrir los taumatur- 



I.A MUBRTE DEI. CISNB I9 



gos de las verdades etemas, no pasan de ser 
entidades sin contenido alguno, formulas vacîas, 
cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmo- 
ralidad, si no llevan en las estériles entrafias 
les gérmenes del acto, los embriones del hecho, 
6 lo que es idéntico : la potencia de convertirse 
en realidades. 

El derecho al placer, al triunfo, â la vida de 
los tristes, los débiles, los enf ermos , de los con- 
denados por la naturaleza a la melaiicolîa, la 
derrota y la muerte, no es sino un sarcâstico 
desmentido de la grande justicia de la Fatali- 
dad reinante en el universo todo, a la pequena 
justicia que imper a solamente en el corazon de 
los hombres, como una deidad sin virtudes mila- 
grosas fuera de su templo. Suenen tan dolori- 
dos y desjuiciados los clamores contra la injus- 
ticia de la pastereulosis, que diezma las maja- 
das, ô contra la temprana muerte de un ser 
amado, indispensable â la dicha de numerosas 
criaturas, 6 contra la desgracia de un pueblo al 
que, adverso destino, por razones inescrutables 
para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias 
y los maies, como los anatemas de los vencidos 
contra el inicuo triunfo de los vencedores, ô 
las iras de los justos sin virtud, contra el pecado 



20 I,A MUKRTH DBI. CISNB 

virtuose. lya Victoria del fuerte sobre el débil, 
6 del rico sobre el misérable, ô del inglés sobre 
el boer, se nos antoja injusta é irritante porque 
la aislamos de la série fenomenal a que perte- 
nece y que la détermina, y no consideramos con 
bastante calma que « un phénomène actuel ce 
sont plusieurs passés qui luttent ». Por donde, no 
séria ilôgico admitir que generalmente lo que 
se Uama injusticia es el resultado de muchas 
virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra 
ilusa piedad, el fatal término de una série infi- 
nita de incapacidades, impotencias y pretéritos 
pecados. 

Ser : he ahi la virtud suprema. Lo que es, aun 
bajo las réprobas apariencias de la iniquidad, 
no puede menos de ser transcendentalmente 
justo, porque, por el hecho de existir, demues- 
tra su acuerdo întimo y perfecto con las leyes 
universales. Sin duda, estas consideraciones, 
ù otras de parecido corte y talle, han inducido 
a muclios filôsofos de azules pergaminos idea- 
listas, y particularmente a los historiadores 
alemanes, a identificar la realidad y la verdad, 
el éxito y la justicia, la fuerza y el derecho. I^as 
aspiraciones mas senoriles y levantadas, tor- 
nanse en cambio, desde tal punto de mira, en 



I,A MUERTE DEI. CISNE 21 

vanos ajetreos si no poseen el diviiio poder de 
agrupar en turno suyo las condiciones esencia- 
les de la existencia, salir del Caos y del lyimbo y 
operar el milagro de transformarse en realida- 
des, acaso humanamente impias, pero eterna- 
mente légitimas y vencedoras. 



p 

A. ERO el turbador misterio del ser, las rcali- 
dades materiales 6 morales, ison otra cosa, en 
substancia, que las manifestacîones primige- 
nias de la fuerza palpitante en las entranas de 
todos los fenômenos? 

Muy sesudos pensadores hay que niegan la 
existencia del elemento terrible y lo reducen a 
un concepto lôgico. Para ellos, lo que Uaman 
ahitos de cientifica suficiencia el dogma de la 
fuerza, es un resto de antropocentrismo, ten- 
dente a desaparecer como el principio vital, el 
aima vegetativa, las virtudes especificas y otras 
entidades milagreras de la filosofla escolâstica. 
Segùn el autor de « I^os origenes de la Francia 
contemporânea », en el mundo fîsico, como en 
el mundo moral, « la fuerza es la particulari- 



I.A MUERTK DEI. aSNE '23 

dad que posée un hecho de ser seguido de otro 
heclio. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus 
condiciones y dependencias : los imos morales ô 
concebidos bajo el tipo de la sensaciôn, los otros 
fîsicos 6 concebidos bajo el tipo del movi- 
miento ». I^as causas desaparecen en esta suce- 
siôn colosal é interminable de los fenomenos, y 
la fuerza acaba por ser concebida, no como 
causa del movimiento, sino como movimiento 
sintetizado. 

Sea lo que fuere, lo cierto es que, a pesar de 
nuestras repugnancias metafisicas, sobre todo 
por lo que toca a la vida y mas aun al aima, las 
novisimas verdades que salen de los labora- 
torios y santuarios donde ofician los sacerdotes 
del saber, nos llevan como de la mano a con- 
siderar los fenomenos, cualquiera que sea la 
îndole de éstos, como hechos de fuerza, si no 
parece muy profana la expresiôn, entendiéndose 
buenamente por fuerza el nombre comùn y sin- 
tético de las energîas naturales. 

Ya veremos en el decurso de estas divaga- 
ciones heterodoxas, como, sin salir de la isla de 
lo conocido, la cual no es tan diminuta como 
I^ittré pensaba, aunque el océano de misterio 
que la rodea sea muy grande é impénétrable; 



24 I^A MUERTE DEI, CISNE 

cômo, repito, puede decirse que la fuerza, vitu- 
perada y maldecida por los poetas, sin sospe- 
char que era el aima de su estro y de sus rimas, 
es por igual el aima del mundo y la causa pri- 
mera de todas las cosas, 



N, 



o hay por que adolorirse ni indignarse. 
Tal presunciôn es menos temeraria y absurda 
que las hipôtesis que, sin escândalo, lie van en 
el disforme vientre las vie j as cosmogonias. 
Mueve â risa el hecho solo de suponer, al punto 
en que han llegado las certidumbres é intuicio- 
nes humanas, que las ciencias podrian aplicar 
sus instrumentos infalibles y razones expéri- 
mentales â descubrir la voluntad divina en el 
orden del universo. Aimque nos pesé y hier a 
nuestros sentimientos mas caros, los fenome- 
nos fisicos constatan invariablemente la pre- 
sencia de la fuerza y la ausencia de la divini- 
dad. Y asi como es imposible concebir siquiera 
el universo sin la energia, que con los nombres 
de cohésion, atracciôn, gravitaciôn y otros mil 

2 



26 I.A MUKRTE DKI. CISNE 

mantiene los cuerpos como taies y rige las rau- 
das carreras de los astros en el espacio infînito, 
tampoco es dado imaginar, a menos de acudir 
a las triquinuelas de la concepcion dualista, que 
los filôsofos no invocan ya, los fenômenos de la 
conciencia sin el juego de los instintos, pasio- 
nes y sentimientos de estirpe fîsiolôgica; sin 
las energîas fisico-psîquicas y fisico-quîmicas, 
en fin, que se atraen ô rechazan, funden 6 com- 
baten, pero que siempre tienden a ser, a reali- 
zarse, y cuyas reacciones iniinitas y comple- 
jisimas, dan pie y margen à la intrincada urdim- 
bre del universo : milagroso equilibrio de fuerzas 
y luego de substancias y después de organis- 
mos y al lin de voluntades que pugnan por des- 
truirse. Un acto, un pensamiento, del mismo 
modo que un a vida 6 un mundo, parécenme en 
su realidad primordial y esencia intima, for- 
mas de la materia, y por lo tanto, momcntos 
sutiles de la fuerza, no mas sutiles, sin embargo, 
que la luz, la electricidad ô las operaciones qui- 
micas, superiores a la de nuestros mas poderosos 
laboratorios y mas clarovidentes que los mas 
fabulosos prodigios de nuestra razôn, que rea- 
liza una microscôpica gota de protoplasma... 
Un hecho se ofrece a los ojos, fùtil y vacuo al 



I.A MUBRTK DEI, CISNE 27 

parecer, pero sugestivo y transcendente en rea- 
lidad : es el carâcter guerrero de los fenômenos. 
Ksta combatividad originaria 3^ comùn que 
les presta a todos ellos asi como un acentuado 
aire de familia, perceptible hasta para los obser- 
vadores miopes, induce a I^e Dantec a substi- 
tuir la nociôn de vida universal por la nociôn 
mas exacta de luclia universal. « Ser es luchar; 
vivir es vencer. » Y tal sentencia, que el solo 
espectâculo del mundo debiô sugerir al hom- 
bre de las cavernas hace incalculables siglos, 
résulta, a pesar de las doctas lucubraciones 
sobre la fraternidad de San Agustin y los dis- 
cursos sentimentales de los pacifistas, tan veri- 
dica en lo que atane a la materia como por lo 
que toca al espîritu. El carâcter belicoso y la 
condiciôn cruel son los lazos de parentesco que 
unen estrecliamente los fenômenos fisicos, vita- 
les y morales. I^os instintos, sentimientos é 
ideas luchan también por el espacio y la domina- 
ciôn. Y sus luchas y tiranîas no son menos cruen- 
tas que las rudas batallas de los elementos 
sexuales por el patrimonio hereditario, 6 los 
combates heroicos de lahumilde amiba con el me- 
dio ambiente, 6 las féroces rifias de los hombres 
en la conquista del pan, de la gloria 6 de la mujer. 



E 



fi. aspecto de un cerebro 6 un aima después 
de sufrir las invasiones de los barbares de ideas 
y sentimientos no familiares, debe de parecerse 
a un fragoroso campo de batalla cubierto de 
cadâveres, ruinas, fugitives escuadrones y sol- 
dados ebrios de sangre y de Victoria, j Hécatom- 
bes, incendios, gritos de dolor, dianas triunfales ! 
Jamâs he percibido bien la radical diferencia que 
a lo que parece existe, entre las luchas de los 
ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que 
estas sean de otro linaje ni menos mortiferas. 
Las tiranias de la pluma parécenme tan despô- 
ticas como las tiranias del sable y acaso mas, si 
se considéra que las opresiones mentales, aparté 
su ingénito encono, violan sin piedad lo real- 
mente sagrado del individuo : los altares de la 
conciencia y del aima. Por eso, sin duda, humo- 



I,A. MUERTE DEI. CISNE 29 

rîstica, pero profundamente, decia el dulce y 
maleante Renan : « mas vale el soldado que el 
sacerdote, porque al menos el soldado no tiene 
ninguna pretensiôn metafisica ». Asî delataba 
con sutil socarronerîa, el carâcter despotico y 
fanâtico de les imperios espirituales. 

Extrano é ingenuo prejuicio, en verdad, el 
que nos ha inducido en todo tiempo a some- 
ternos humildemente a las coerciones hipôcritas 
de la Idea, creyéndola de otra prosapia mas 
conspicua que las resueltas coerciones del Fac- 
tum. Cuântos furibundos anatemas y saetas 
envenenadas dispara diariamente el idealismo a 
lo Cousin contra las iniquidades de la fuerza 
bruta, y cuântas frases crespas y huecas no depo- 
sita, como ofrendas de miel y de flores, a las 
plantas de la severa Palas... vestida de punta en 
blanco y presta para el combate, porque es com- 
batiendo, porque es por medio de la destrucciôn 
y la conquista, que la diosa de los ojos frîos y 
claros extiende sus dominios en las tierras del 
aima... La Razôn es esencialmente guerrera y 
dominadora. Las ideas no son virgenes tîmidas 
de albas manos y blando corazôn, mas intré- 
pidas amazonas que en los riscosos campos de 
la conciencia, toman f eudales castillos ; entran à 

2. 



30 IvA MUBRTK DEIv CISNB 

saco villas y cîudades; inœndian, matan, des- 
truyen los templos y las mieses, y hacen prisio- 
neros y esclavos. Una modesta, una humildi- 
sima sensaciôn se introduce a hurto en el recep-. 
taculo misterioso de la célula nerviosa; sigilo- 
samente se atrinchera alli; congrega, muy lue- 
go, en torno suyo otras sensaciones hermanas y 
al mismo tiempo combate y destniye poco a 
poco, pero tenazmente, las sensaciones antagô- 
nicas : asi dilata sus zonas de influcncia à los 
centres nerviosos ; conquista después de muclias 
maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los 
lôbulos cérébrales ; invade los dominios del aima, 
haciendo riza y estrago de todo lo que se opone 
a su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de 
guerra, audaz y avasalladora al mundo exterior 
paratransformarse, ejerciendo las mismas violen- 
cias, en heclios reaies é imperar sobre otros hechos. 
Y al modo de la idea, instintos, pasiones y 
sentimientos nacen 6 mueren, crecen 6 men- 
guan, dominan 6 caen en esclavitud gracias a las 
mil formas de selecciôn que reviste el juego uni- 
versal de la fuerza. Aun las cosas mas delicadas 
y de cândida apariencia estân sometidas à las 
duras leyes de aquel juego y a su vez las practi- 
can cruelmente. ^Qué son las intenciones en el 



I,A MUERTE DHI. CISNH 3I 

arte sin la virtud, el don y la gracia; sin el 
divino poder de animar con un eurîtmico soplo la 
materia inerte y las formas inarticuladas? (îQué 
la grandeza moral sin las severas disciplinas que 
torturan y dislocan las inclinaciones naturaîes 
a fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes 
de la régla? ([Que la inteligencia, sin las tiranias 
y absolutismos del orden, del método ; sin la f a- 
cultad despôtica de clasificar los fenômenos, 
establecer similitudes y descubrir las sécrétas é 
inefables correspondencias que introducen una 
musical jerar quia en el reino de lo caôtico, infor- 
me y confuso? 

El estro poético y la nobleza del caràcter, el 
prestigio del héroe y la virtud de la idea no 
tienen, mal que pesé a nuestras magnificas ilu- 
siones, otra genealogîa que la de los hechos ce- 
sâreos. Ideas y sentimientos parecen no ser, 
aunque nos asombre y acongoje, cosas especifi- 
camente distintas de la energia creadora, sino 
modalidades supremas de ella; cristalizaciones 
perfectas del espiritu, semejantes à las cristaliza- 
ciones regulares del reino inorgânico, a las que 
tiende la fuerza madré impulsada, sin duda, por 
extrana y fatal inclinaciôn. La armonia miste- 
riosa de un organismo, de un aima 6 de un mun- 



32 I.A MUERTE DEI. CISNE 

do tuvieron, mientras el conocimiento real de 
las causas permaneciô silencioso, el excelso y 
comùn origen en la inteligencia divina; pero esta 
fué el simbolo de la ignorancia y del azora- 
miento humanos que bordô la encantada imagi- 
naciôn de las religiones sobre el tenue canamazo 
de un universo quimérico. Formidables intuicio- 
nes invitan hoy a pensar que no existe otra In- 
teligencia que la inteligencia de la materia, ni 
otra Razôn que la razôn fisica, ni mas Harmonia 
que los pasajeros equilibrios de una eterna lucha. 
Sea en el mundo fisico 6 en el mundo moral, en 
el corazôn ô en el cerebro, el principio que todo 
lo vivifica, es la voluntad de poder y dominacion 
que diria Nietzsche, 6 mas propiamente aùn, el 
ejercicio de la fuerza. I^as guerras religiosas y las 
rivalidades enconadas de las sectas y escuelas en- 
tre si; las herejîas y los cismas combatidos por el 
f uego y por el hierro ; las persecuciones féroces de 
los idealistas; las revoluciones rojas de los teô- 
ricos, y la propension irrefrenable de las Iglesias 
y las filosofias â convertir el influjo moral en 
Poder, muestran hasta que punto los principios 
activos de la fuerza, aunque disfrazados por 
idéales mascaras, ordenan las maniobras de las 
huestes espirituales para la conquista y sumisiôn 



LA MUERTE DEI. CISNE 33 

del miindo. Los aparatos y mâquinas de guerra 
cambian en las diversas contiendas por la domi- 
naciôn, pero el resorte es el mismo bajo la enga- 
îiosa disparidad de las formas. Los ejércitos em- 
plean armas y estratagemas ; la diplomacia razo- 
nes y argucias ; seducciones y dulces violencias el 
amor ; imperativos categôricos las morales, y las 
religiones milagros para convencer, recompensas 
para seducir y terrores para dominar. Nada 
escapa a la tremenda ley que ordena imperio- 
samente a todas las cosas renir y asesinar. Cuan- 
to existe en el cielo y la tierra es una conquista : 
el fruto del crimen y del robo ; cuanto nace 6 se 
forma en el tiempo y el espacio : la opresiôn de la 
fuerza triunfante sobre la fuerza vencida. Los 
peces grandes devoran a los pequenos, las micros- 
côpicas bacterias al hombre, los pensamientos 
robustos a los débiles, los dioses a los dioses. Nos 
alimentamos de la carne viva de los otros. Mas 
sirva de triaca a tanto dolor y de consuelo â tris- 
teza tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel 
de los elementos, los organismos y las voluntades 
nacen los astros, los seres y las aimas... 

La fuerza solo es real, y su ejercicio la causa 
primera de lo existente y la condiciôn necesaria 
de la vida. 



E 



iSTA verdad, monstruo que con unas de dia- 
mante desgarra la piel femenina de la céleste 
ilusiôn, tiene solo de nueva el haber sido anun- 
ciada formalmente y lanzada con grande es- 
truendo a los cuatro puntos cardinales por las 
liricas trompetas de Nietzsche, y, sobre todo, el 
que este hiciera de la antiguaya de Herâclito, 
la enjundia de su doctrina filosôfica y la subs- 
tancia critica disolvente de las morales que liban 
aùn el nectar de la sabiduria en los labios divi- 
nos de los grandes iniciados, desde Rama hasta 
Jésus. 

Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fue- 
ran seguidas del bullicioso cortejo de Pan, intro- 
ducen el desorden, el ruido y la alegria en la cere- 
moniosa corte del pensamiento ortodoxo. I^os 



I,A MUERTE DEI. CISNE 35 

instintos prepotentes, las pasiones fogosas y 
desmandadas, los egoîsinos vencedores, y el or- 
gullo satânico : 

« Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux ». 

apetito3, concupiscencias, impetus rebeldes salen 
en tropel de las lôbregas mazmorras en que los 
aprisionaron Apolo y Cristo, y, revelândose con- 
tra sus irréconciliables adversarios, pretenden 
arrebatarles el cetro del mundo. Â la religion del 
Aima, sustentada con grande penuria â los 
flacos pechos de la metafisica, y enemiga de la 
:^aturaleza y la realidad, sucede la religion de la 
Vida, que se nutre en las morenas y ôpimas ma- 
nias de la tierra, no reconociendo otras reglas 
ni leyes que las que ella misma se dicta para 
asegurar su reinado. La filosofia de la historia y 
la historia de la filosofia, proclaman de consuno 
la legitimidad de aquella desconcertante suce- 
siôn, y hasta la ciencia parsimoniosa, despo- 
jando con im gesto impasible y cruel à Psiquis 
de la inmortalidad para conferirsela â la ma- 
teria, fortifica el novisimo culto y establece su 
noble celsitud. Lo inmortal no es el aima, sino el 
plasma germinativo, depôsito minùsculo y mis- 



ù 



6 IvA MXJERTE DEIv CISNE 



terioso de la conciencia del mundo y del jugo 
potencial de todas las gêner aciones, que estas se 
transmiten, por medio del acto genésico, como 
una herencia sagrada y eterna... 

Ya la poética imaginaciôn de los griegos sim- 
bolizaba en la Carrera de la Antorcha, ese juego 
divino de la Vida; y las fiestas de Osiris en Egip- 
to, las Dionisiacas en Grecia, las Priapeas en 
Roma, las de Demeter en Sicilia, unidas â los 
juegos atlélicos y â los cultos cândidos ô torpes 
de la fuerza generatriz en muy incipientes 6 col- 
madas civilizaciones, dan indicios inequivocos 
del instinto seguro, aunque mal interpretado 
â veces, de los derechos de la naturaleza y de 
la vida que siempre indujo al hombre â la ado- 
raciôn de la animalidad humana en su impuro, 
pero fecundo esplendor. 

Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez 
reanùdase, con mas ahinco y encono, el duelo â 
muerte del espiritu y la materia, del aima y del 
cuerpo, de la razôn y del instinto. Solo que esta 
vez el instinto, el condenado instinto de las 
religiones, aparece en la palestra nietzsquiana 
armado de las fuerzas naturales y luciendo el 
mâgico penacho del poder de crear las ilusiones 
propicias â la existencia que la Razôn tiende 



LA MUERTE DEL CISNE 37 

torpemente a destruir con sus construcciones 
artificiosas, ironias y escepticismos. Y la elec- 
ciôn de la Vida entre aquello que la propaga y 
robustece, y aquello que la amengua y desvir- 
tùa, no puede ser du dosa. Lo bueno, lo justo, lo 
verdadero es lo favorable a ella; lo malo, lo 
injusto, lo falso lo que a ella se opone. El mundo 
moral, el mundo de la idea : la verdad imagina- 
ria opuesta a lo que es, se desvanece y surge el 
mundo de las realidades indestructibles y las ver- 
dades utiles parido con dolor por una nueva y 
prôvida Fatalidad. Y aquî se produce la trans- 
mutacion de valores que indujo al gran revolu- 
cionario de la filosofia a oponer con magnifica 
pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que 
nadie oso : à la pequena inteligencia del cerebro, 
la grande inteligencia del instinto; a las falsas 
jerarquias del derecho, caprichoso y sentimen- 
tal, las légitimas jerarquias que, en todos orde- 
nes de cosas, establece la fuerza ; à la piedad del 
individuo, virtud egoista de los débiles, la pie- 
dad de la especie, don de las aimas heroicas; al 
amer del hombre, venero de una humanidad 
doliente y apocada, el culto del superhomhre, 
germen de la vida desbordante de belleza y 
^enerosos impetus ; a la destructora moralina de 



38 LA. MUERTE DElv CISNE 

los esclaves, la moral creadora de los aristos; a 
la religion de la paz y la humildad, la religion del 
esfuerzo y de la lucha trâgica contra el Destino ; 
a los mandamientos serâficos de Jésus, que nos 
desarraigan de la tierra y convierten en sombras 
vagorosas y fantasmas del miedo, los manda- 
mientos de las leyes inexorables que rigen al 
uni verso todo, los eu aies vuelven al ensoberbe- 
cido primate al seno de la Naturaleza y lo nutren 
de sus truculentos jugos. 

En la intrincada selva de Zaratustra, donde 
se oye la flauta de Pan y retumban las carreras 
de los centauros, las virtudes ascéticas huyen 
despavoridas, como virgenes medrosas, ante las 
desatadas pasiones y libres fuerzas naturales, 
faunesas fecundas, que coronan de frescos pâm- 
panos la bicorne testa de Dionisos 3^ restablecen 
en culto del riente dios. I^a esencia de la filosofia 
de Nietzsche, de quien panegiristas 6 detractores 
tienen, por lo gênerai, un conocimiento harto 
sumario y epidérmico, esta concretada y conte- 
nida en las siguientes afirmaciones : la voluntad 
de dominaciôn es el nervio del mundo : todo 
tiende a ocupar mas espacio; la Vida, la ùnica 
cosa sagrada, se dicta sus leyes y fines, que no 
tienen otro objeto que el de asegurar la triun- 



I.A MUBRTE D^I, CISNE 39 

fante expansion de la vida, lo cual entrana la 
adoracion de la fuerza como origen y medida de 
todas las cosas, y el anior de la existencia, no 
como espectâculo transcendente y finalista, sino 
como espectâculo estético. Y este estetismo 
heroico, sin enjundia en apariencia, es lo que 
impide à Nietzsche de caer, como su maestro 
Shopenhauer, en el abismo del nirvana. Ambos 
afirman que el mundo no tiene finalidad alguna 
y que lôgicamente no cabe explicarlo; concuer- 
dan también al figurarse que la esencia de la 
vida es el ejercicio de la fuerza, à la cual, por 
ddrle un nombre mas concreto y à la vez menos 
objetivo, que no suponga el conocimiento impo- 
sihle del fenômeno, llama el maestro voluntad de 
vivir y el discîpulo voluntad de dominaciôn; 
pero aqui se separan, divergen y mientras Sho- 
penhauer, impelido por los resabios de su întimo 
comercio con Buda, quiere abolir toda individua- 
cion, todo egoîsmo, todo deseo para llegar à la 
inefable euthanasia y escapar al dolor, Nietzsche 
llama a si los dolores, pasiones, instintos y exas- 
peradas apetencias del aima, a fin de embrave- 
cer en la criatura la voluntad de dominaciôn, 
hacer mas terrible la lucha del deseo insaciable y 
aumentar de ese modo el precio, la hermosura 



40 



I,A MUERTE DEI. CISNE 



y la sombria majestad de la existencia. Bl culto 
trâgico de la vida y el estetismo heroico florecen 
entonces ufanamente, como rosales de rosas 
escarlatas y jocundas, cultivadas por el altivo 
Don Juan en el acerbo jardin de las Furias. 



M. 



.AS la voluntad de vivir y la voluntad de 
dominacion, que a veces las sutilezas del racio- 
cinio transformai! en la boca de los filôsofos en 
entidades metafîsicas son, al parecer, dos inter- 
pretaciones, digamoslo asi, de la fuerza a secas, 
de la energia 6 principio gêner ador del universo, 
y segùn todas las apariencias y probabilidades, 
también de las aimas, como son igualmente inter- 
pretaciones de ese principio dinâmico, si se 
hunde el escalpelo en el rinon de las cosas, el 
agua de Taies de Mileto, el vénérable precursor 
de Quintôn, y el fuego viviente de Herâclito ; lo 
indefinido de Anaximandro y la unidad ahso- 
luta de los alejandrinos; la idea de Platon y la 
actividad pur a de Aristoteles; la suhstancia 
ûnica de Spinoza, y, por decirlo todo, la causa 



42 LA MUERTE DEI. CISNB 

primera de las filosofias y lo divino de las reli- 
giones. 

Kl vergonzante cuanto contumaz intento de 
reducir las causas génératrices de lo creado à un 
solo principio y establecer la unidad de natura- 
leza fisica de todos los fenômenos, se columbra 
aqui 3^ alla, como un errante fuego fâtuo, entre 
las tinieblas de la filosofîa de Jonia y Abdera; en 
la del Pôrtico, y, en gênerai, en todo el pan- 
teismo ; tiene sus chispazos y vislumbres en ple- 
na Kdad média; se formula mas ô menos cate- 
gôricamente en las estramboticas explicaciones 
del iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se 
dépura y acicala en la moderna escuela materia- 
lista, hasta aparecer, por fin, como una afirma- 
ciôn razonada y formai, en la concepciôn uni- 
cista 6 monista del universo y la doctrina fîsico- 
quimica de la vida, a las que han prestado ùlti- 
mamente eiicacîsimo concurso, el formidable 
trabajo de los laboratorios y, sobre todo, consi- 
derândolos de cierta manera, los desconcertantes 
descubrimientos de I^e Bon y Burke. 

I^as concluyentes experiencias del primero, 
muestran, entre otros portentos, que los indivi- 
sibles é inmortales âtomos de Demôcrito y Epi- 
euro son, en realidad, diminutos y colosales depô- 






^ hA MUERTE DEly CISNB 43 

sitos de la energia dispersa en el universo, la 
cual en efluvios magnéticos, emanaciones de 
distinta îndole y explosiones perennes y varias 
de la misma naturaleza que la luz, la electricidad 
ô el calor, abandona las prisiones del âtomo y 
retorna al éter de donde salio, formando por tal 
arte, el maravilloso puente aéreo que una la 
materia pondérable à la materia intangible... De 
este inopinado modo aparece la radio actividad, 
que en mayor ô en menor grado poseen todos los 
cuerpos, y que es el fenômeno especifico de su di- 
sociaciôn 6 muerte, como el ùltimo suspiro de la 
materia antes de volver a la nada... Pero, en 
verdad,<îes la vuelta a la nada? ^la muerte dulce 
y silenciosa de la materia indestructible? ^la 
substituciôn del dogma clàsico « nada se créa, 
nada se pierde, » base de la quimica y la mecâ- 
nica, por la formula heterodoxa « nada se créa, 
todo se pierde »? Si, desde luego, si el éter de 
donde saliô la materia y adonde vuelve al fin, 
siguiera siendo para nosotros la nada, por esca- 
par a nuestros medios de apreciaciôn ; pero no es 
probable que siga siendo asi. I^as grandes fue^- 
zas del universo son sus manifestaciones. I^a 
mayor parte de los fenômenos fisicos no son posi- 
bles sin su existencia. I^e Bon acierta a imagi- 



% 



44 I^A MUERTE DEI, CISNE 

narlo, al igual de la materia, como un milagroso 
equilibrio de la energia, solo que môvil é intan- 
gible, « fuente primera de las cosas y ùltimo 
término de ellas )>. I^ord Kelvin supone que el 
éter es un sôlido dotado de extraordinaria elas- 
ticidad y que llena todos los âmbitos del espacio. 
Para algunos fisicos, y no de los menos célèbres 
y autorizados, la molécula material es solo éter. 
De todas maneras y como quiera que se mire, el 
éter es algo, y lo que résulta del cômputo y coor- 
dinaciôn de tantas abstrusas hipôtesis é indiscu- 
tibles certezas, es que la materia parece a todas 
luces una forma de la energia universal conte- 
nida en el éter; que materia y fuerza son la 
misma cosa, y que entre el mundo tangible y el 
mundo inmaterial no existe ningùn abismo. lyos 
efiuvios sutiles de la radioactividad, ni comple- 
tamente materiales ni completamente etéreos, 
participan de las dos naturalezas y unen los dos 
mundos. 

Por su parte, los discutidos y zarandeados 
experimentos del sabio profesor de Cambridge, 
sobre la generaciôn espontânea, hacen, cuando 
menos, vislumbrar el misterioso trânsito de la 
materia inerte a la materia organizada. l^osradio- 
bos, los artificiales animâlculos producidos por la 



I,A MUERTE DEI. CISNE 45 

acciôn del radium sobre la gelatina esterilizada, 
ofrecen singularisimo parentesco con la materia 
viviente, y aunque el rigorismo cientîfico de los 
institutos les rehuse el carâcter de bacterias, 
puede admitirse, sin cândida credulidad, que 
aquellos semi-organismos, engendrados por un 
embrujo del hombre, constituyen, mejor que el 
cristal, el eslabôn precioso que une lo inani- 
mado a lo animado. 

Aùn la vida, como el Homùnculos de Wagner, 
no ha surgido inquiéta de la panza fecunda de 
las retortas; pero las distancias, tenidas por in- 
salvables, entre los mundos orgânico é inorgànico 
que mil analogîas y correspondencias intrinsecas 
aproximan y confunden, se reducen a cada nue- 
vo descubrimiento y no tardarân en desapa- 
recer en absoluto, como van en camino de ha- 
cerlo, a la par de los dioses, dogmas y augustas 
entidades de la teologîa y la metafisica, las vie- 
jas mur allas de la China y los mîsticos fosos que 
separaban celosamente los dominios linderos 
del cuerpo y del aima. 



3. 



A, 



.SEGURABA el honestisimo Taine que « las 
mismas leyes rigen al hombre y a la piedra del 
camino ». Esta afirmaciôn inaudita y escanda- 
losa en su época, va convirtiéndose, limada de 
ângulos y puntas por el uso, en certidumbre 
cuasi burguesa 6 trivialisima verdad, sobre todo 
desde que la sintesis de los conocimientos ac- 
tuales afirma, implicita y aun formalmente, el 
comùn origen del mundo fîsico, del mundo orgâ- 
nico y del mundo moral. En efecto, à pesar de 
las travesuras del neo-vitalismo y las argucias de 
la metafisica, en lo palpable, en la juridicciôn de 
los hechos susceptibles de un principio, al menos, 
de demostraciôn, el avance de las ciencias con- 
curre por vias distintas y multiples a destruir las 
viejas dualidades de la materia y la energia, de 



I,A MUBRTE DEIy aSNE 47 

lo inerte y lo animado, de la bestia y del hom- 
bre, del cuerpo y del aima, dividida asimismo, 
segùn Pitâgoras y Aristôteles, en la Nous 6 aima 
pensante é inmortal, y la Psiquis 6 aima vege- 
tativa y perecedera. I^as manifestaciones vita- 
les son consideradas por una novisima doctrina 
que goza de gran predicamento, como metamor- 
fosis energéticas de idéntico modo que las demâs 
manifestaciones de la luz 6 el calor; otra, no 
menos en boga, arguye que la vida parece dis- 
tinta de la fuerza y el pensamiento distinto de la 
vida, porque el anâlisis no ha llegado a su sazôn 
aùn, y, en gênerai, los sabios proclaman, sin 
ambages ni miedo à los inquisitoriales potros, 
que las piedras viven y mueren, que los metales 
se fatigan, que la materia, aun la mas pesada 
y consistente, es una cosa animada, velocidad 
pur a, una forma estable de la fuerza; la vida, 
un complexus de operaciones fisico-quimicas de 
la misma naturaleza que las que dan origen al 
individuo cristalino, el cual nace, asimila y se 
reproduce de un modo casi idéntico a como lo 
hace la substancia viviente ; la inteligencia, una 
mâquina explosiva de mas râpidos efectos,pero 
no de distinta fâbrica, que la inteligencia bruta 
directora de la maravillosa adaptaciôn de los 



48 T.A MXJERTK DEIy CISNE 

ôrganos sexuales de las plantas para ser fecun- 
dados por los insectos, 6 preparado en el andar 
de los siglos, los faros luminosos de los halo- 
sauropsis, a fin de que éstos puedan servirse 
de sus ôrganos visuales en los abismos tenebro- 
sos del mar, adonde no llegan las ondas clé- 
mentes de la luz... Todo vive de la misma vida 
y una es el anima de toda cosa. Y lo que mas 
espanta y maravilla es que esa anima guerrera, 
esa actividad creadora y a una mortîfera que los 
fisicos descubren en las entranas del âtomo, los 
fisiôlogos en la célula viva y los psicôlogos en 
los origenes del pensamiento, los moralistas, con 
zozobra y pasmo, empiezan a columbrarla en el 
fondo del acto moral y en el corazôn de las socie- 
dades. 

Parando mientes en taies hechos, y atm con- 
tra las protestas y ascos de nuestra indignada 
voluntad, difîcil es no caer en la pecaminosa ten- 
taciôn de atribuir los fenômenos fisicos ô mora- 
les a la causa generadora — fuerza, energia ô 
movimiento — que ya buscaron en sus hornos 
tenebrosos los alquimistas medioevales. I^lamé- 
mosle fuerza, porque es el término empleado 
corrientemente en la explicaciôn de todos los 
fenômenos. KHa une estrechamente los seres y 



I,A MUERTE DEI. CISNB 49 

las cosas como el hilo de seda las diferentes per- 
las del collar; ella dirige en la orquestaciôn del 
uni verso, las inverosimiles arquitecturas molecu- 
lares y las construcciones pasmosas del espiritu; 
ella, finalmente, se impone cada vez con mas 
tiranîa al entendimiento como el principio 
ûnico del que serîan portentosos atributos por 
orden cronolôgico, la materia, la vida, la inteli- 
gencia, el aima... 



XLsTE monismo arclii-materialista, no barrun- 
tado por Herâclito en la remota antigiiedad, ni 
tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismi- 
simo Haekel en los tiempos modernos, traeria 
aparejadas catâstrofes inmensas en el orden 
moral, y, por anadidura, sorpresas apocalipticas 
para nuestro orgullo infanzôn de vâstagos del 
Espiritu, asi que los pacientes y sapientisimos 
varones que exploran la razon de las cosas, em- 
pezasen â descubrir los gérmenes terribles de la 
fuerza en el aima blanca de lo Bello, lo Bueno y 
lo Verdadero... Acaso va â desarrollarse ante 
nuestros ojos estupefactos el grande drama del 
mundo que, en los abismos de la conciencia 
sublimai, viene preparândose sigilosamente des- 
de luengos siglos. Es posible. El aire huele â tor- 



I,A MUBRTE DEt CISNK 5I 

ment a. Sea lo que fuere, lo cierto y lo que esta al 
alcance de cualquier quisque, à poco de haber 
rumiado en las aulas algunos desperdicios de 
ciencia filosôfica, es que desde el naturalisme 
jonio acâ; desde que las cosmogonîas y las éticas 
pierden su carâcter divino y se convierten en 
explicaciones naturales del universo y la con- 
ducta, los fermentes actives de la fuerza entran 
mas 6 menos secretamente en la composicion de 
las ideas. El amor propio de I^a Rochefoucauld, 
que es, en ùltimo término, una forma obscura 
y ambagiosa del limpio y franco deseo de poder de 
Hobbes; el derecho natural de Spinoza; el ins- 
tinto de soherania de Mandeville, primo carnal 
del instinto invasor de Blanqui y de la fuerza 
fundamental del ser humano de Stirner; el inte- 
rés de Helvecio, Bentham y del utilitarisme ; el 
principio selectivo de I^amark, Darwin y la es- 
cuela evolucionista ; el mayor motivo de Spencer y 
las mismas ideas-fuerzas de Fouillée, y, por ùlti- 
mo, la expansion de la vida de Guyau y la volun- 
tad de poder de Nieztsche, principios mas uni- 
versales de la conducta, tentado estoy de decir 
que no son otra cosa, en substancia, que el reco- 
nocimiento teôrico mas ô menos implicite de la 
energîa comhativa que, en la prâctica, ha dirigi- 



52 I.A MUERTE DEI. CISNE 

do los movimientos armônicos 6 desordenados 
del aima humana. 

Pero hay mas. De un modo preciso ya el estu- 
pendo Herâclito nos advierte que la guerra es la 
madré de todas las cosas; Hobbes y Spinoza 
aseguran que el derecho natural es el derecho del 
mas fuerte, y Pascal que la fuerza « es una enti- 
dad que no se déjà manejar como uno quiere 
porque es una calidad palpable, en cambio que 
la justicia es solo una calidad espiritual de la que 
se puede disponer caprichosamente », de lo que 
deduce que « no pudiendo hacer fuerte lo justo, 
se ha hecho justo lo fuerte »; Vaunenargues 
afirma « que todo se ejecuta en el universo por 
la violencia », formulando antes que Darwin, 
como ya lo habia hecho lyucrecio en la antigiie- 
dan, la ley de la lucha por la vida, « la mas 
absoluta é inmutable de la Naturaleza «; Hel- 
vecio, cortando por un inopinado atajo del hu- 
manitarismo, a la manera de tantos apôstoles de 
los idéales fraternos, como Prudhon que acierta 
a ver en « la dignidad la cualidad altanera que 
empuja al hombre à la dominaciôn de los otros 
hombres y a la absorciôn del mundo » ô Anatole 
France, quien con su sonrisa bondadosa nos 
dice que «vivimos de la muerte de los otros». 



LA MUERTK DEL CISNK 5 



o 



pronuncia esta diamantina sentencia : « lya 
fuerza es un don de los dioses. Armândote de 
esos brazos membrudos el cielo te ha declarado 
su voluntad. Huye de estos lugares, cède a la 
fuerza 6 combate », bellas y crueles palabras, 
hijas del mismo numen inspirador que hace 
ponderar a Kant los efectos saludables del anta- 
gonismo, de la discordia y del deseo insaciahle de 
posesiôn y de mando, y déjà caer de los verîdicos 
labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas 
de su idealismo altanero y senoril : « I^a fuerza 
bien comprendida es la medida de todo mérito ; 
toda realidad durable es justa porque demues- 
tra su acuerdo con las leyes eternas de la Natu- 
raleza; el derecho es el eterno simbolo de la 
fuerza )). De modo que el derecho y la fuerza son 
idénticos, la realidad es la verdad, « la cosa fuerte 
es la cosa justa » ; lo cual in duce, como la Idea de 
Hegel, de la que toda realidad es un momento, a 
la glorificaciôn del hecho, a legitimar la misiôn 
histôrica de los maestros alemanes y las aplica- 
ciones prâcticas de Bismark ; a concluir con Strauss 
que « la Necesidad es la Razon misma » ô con 
Nietzsche que el derecho es un legado de la 
Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas antiguas 
de ella. 



54 I/A MUERTE DEI. CISNE 

Con estas trazas é invenciones desaparecen 
no solo del mundo moral, sino también del 
mundo lôgico, todo principio divino 6 racional, 
toda evaluaciôn humana que no sea una crista- 
lizaciôn maravillosa de la Fuerza, la tabla de 
valores idéales que por necesidad y utilidad un 
grupo dominante de hombres supo imponer a 
otros grupos y que después se erigen en dogmas, 
en verdades religiosas, en reglas morales. De 
donde se infiere rigurosamente que las reglas 
morales, las verdades religiosas y los dogmas, 
no son otra cosa, en el fondo, que transforma- 
ciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza. 



M, 



.AS, pasando de las ideas al gobierno del 
mundo y prâctica de la vida, los glorificadores de 
la fuerza, el éxito y el valor — entre los que se 
podria incluir sin menoscabo en medio de Ma- 
quiavelo, Sthendahl y el famoso conde.de Gobi- 
neau, al dulcîsimo Renan, — tienen precursores 
tan remotos y vénérables como los sean Herâclito 
y IvUcrecio en el terreno de la especulaciôn filo- 
sôfica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso 
Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas 
ultra-aristocrâticas é individualismo razonante 
y feroz, que muy bien pudieron inspirar el im- 
perialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el 
imperialismo apolônico del profesor alemân; los 
evangelios politicos del gran Federico y de Bona- 
parte, y hasta el paradôjico « Crimen conside- 



56 LA MUERTE DElv CISNE 

rado como una de las bellas artes », de Tomâs 
de Quincey, pues ya el représentante de la aris- 
tocracia jônica en uno de los mas famosos Diâ- 
logos de Platon, veîa en el crimen, antes de 
Weiss, quien asegura « que es hermoso un her- 
moso crimen », ese elemento de heroîsmo y 
belleza reconocido siempre por las multitudes 
en las fechorias y desmanes de los bandoleros 
famosos. Y es que antes de los glorificadores 
de la fuerza vencedora, el corazôn fué siempre 
devoto de ella. En la admiraciôn sécréta, ver- 
gonzante, pero profunda que, à pesar de nues- 
tros arrechuchos humanitarios, nos inspira el 
egoîsmo avasallador de Bonaparte, las cinicas 
dobleces de Bismark 6 la ferocidad del bello 
Borgia, a quien muchos delicados artistas 11a- 
man con delectacion el divino, existe una acep- 
taciôn tâcita de los derechos inhumanos del go- 
rilla mas membrudo; una consagraciôn intima 
de lo que es naturalmente legîtimo, y, ol mismo 
tiempo, una incoercible simpatia que en vano 
tratamos de disimular, hacia las reivindica- 
ciones de la naturaleza, muy semejante a la que 
nos mueve, mal nuestro grado, à perdonar las 
faltas y hasta los dolos y crîmenes que como 
un bandido romântico suele cometer Kros, con- 



LA MUERTE DEIv CISNE 57 

tra el orden consagrado por el artificio de las 
leyes. 

Esta simpatîa entusiasta y cariciosa, que 
hunde sus profundas raices en lo inconsciente 
del aima popular, se hace visible en las mitolo- 
gîas, afabulaciones divinas de las fuerzas natu- 
rales; fulgura como la lumbre del encendido 
Carbon, en las sonantes estrofas de poetas épi- 
cos y cancioneros, quienes glorifican, sin sos- 
pecharlo, en el coraje y la belleza dos maravi- 
llas 6 embrujos del mismo daemon que dispone 
sabiamente las alas para el vuelo y los pies para 
la carrera ; y transciende de un modo manifiesto 
en las leyendas de las edades heroicas, donde, 
sin subterfugios, imperan los hombres de mas 
grande y duro corazôn : les bêtes de proie hiper- 
boreens, los eugénicos, los hombres de presa, en 
fin, nacidos para dominar, tenaces é indomitos 
en los cuerpo a cuerpo con el Destino, pero a la 
vez los mas obedientes y aptos para acatar, sin 
interrogarlas, no las leyes eternas de Dios, como 
dirîa Carlyle en su lengua inspirada, sino de la 
Naturaleza, de la Vida, de la Fuerza, que es lo 
divino en el universo confuso que al hombre 
le es dado penetrar y comprender. 
, Y he aqui, acaso, el secreto del amor instin- 



58 I.A MUERTB DKI, CISNK 

tivo é irrésistible del aima, por todo lo que 
triunfa, domina y prevalece. 

Es la dulce cautiva, enamorada siempre 
detrâs de los barrotes de su prisiôn del terri- 
ble y hermoso caballero que la hizo prisionera. 

El prestigio de los héroes, grandes capitanes, 
profetas dulces ô cefiudos y hasta de los dioses, 
nace de que unos y otros, aunque de distintas 
maneras y en diferentes grados, aparecen reves- 
tidos a los ojos de las multitudes con los atri- 
butos marciales de la Fuerza, que son los de la 
Divinidad. Un Dios que no opéra milagros para 
mostrar su poder, no goza de buena salud. Por 
eso, sin duda, los artistas de la Grecia adivina 
y reveladora, ponian el rayo en las manos de 
Zeus y en las de su hija Palas, la diosa de la 
razôn, una lanza y un escudo... I^os héroes y 
los dioses son tanto mas grandes cuanto mas 
osados y terribles. Diriase que el Aima, la cau- 
tiva lânguida y suspirante, no reconoce ni se 
déjà seducir por otros atributos ni prestigios que 
los de la Fuerza, y de ahi que los invoquen y se 
vistan con ellos, desde los emperadores de férrea 
armadura hasta los caballeros andantes que osten- 
tan en el escudo el cisne de I^ohengrin, todos los 
que pretenden atraerla, seducirla ô dominarla. 



c 



^ONSiDERANDO el extrano é întimo paren- 
tesco de lo divino y de la Fuerza, se ofrece al espî- 
ritu una inquiétante conjetura que, âserverdad, 
podrîa resolver por modos no pensados, gran- 
des mister ios y terribles antinomias. Si el ùltimo 
termine del anâlisis de la materia es la fuerza, 
como parecen probarlo muchas hipôtesis, y, 
sobre todo, las curiosîsimas investigaciones de 
lye Bon ; si la vida y la muerte no son otra cosa 
que las perpétuas transformaciones de ella; si 
a sus misteriosas reacciones deben Ios mundos 
la existencia y estabilidad en el espacio infinito ; 
si ella es la razon ùnica de todas las cosas, de 
donde todas salen y adonde todas vuelven, 
puesto que todo sale del éter y todo retorna a 
él, y, finalmente, si la condiciôn de la vida y 



6o I.A MUERTE DEI. CISNE 

del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejer- 
cicio de la fuerza obedeciendo a la suprema 
armonîa de sus propias é infalibles leyes, la 
Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las 
religiones y la Razôti de los filôsofos estuvieran 
contenidas en el aima infinita de la Fuerza; el 
mundo mismo fuera su emanacion, lo cual 
explicaria que todas las cosas participasen de 
la naturaleza combativa de aquélla, y en el 
trono de la divinidad usurpadora se asentarîa 
radiosa y triunfante la virgen senuda y de duro 
corazôn. lya Fuerza séria Dios y Dios un hom- 
bre y una hechura de la Fuerza... 



L 



10 terrible de esta sacrilega conjetura es que 
tiene todos los visos de la turbadora verdad que 
ya los griegos, maestros en toda clase de intui- 
ciones, vislumbraron en la naturaleza y en el 
aima humana. Sus dioses fueron la divinizaciôn 
ingenua y encantada de las fuerzas naturales, 
y también de la fuerza invisible de que ellos se 
sentian depositarios. El Bios de las religiones 
monoteistas, producto mas complejo de la 
alquimia mental, pero no de distinta esencia 
que las divinidades paganas, podria ser muy 
bien la reducciôn de estas a un a sola, 6 de otro 
modo, la diosificacion de la fuerza total, anun- 
ciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias 
leyes al mundo de la materia, la vida y el enten- 
dimiento. Fuera de que todas las divinidades 



62 I.A MUBRTB DBly CISNB 

se decoran y engalanan con los fascinantes atri- 
butos del poder, cual si hicieran impensada- 
mente gala y ornato de su terrible linaje, en 
el limo milenario de las creencias primitivas 
quedan como restos fôsiles, indicios indelebles 
de las necesidades fisiolôgicas y de las razones 
utilit arias que seguramente de ter min ar on, en la 
cândida aurora del mundo, la formaciôn de las 
religiones y las morales. 

En la dura infancia de Atenas, Esparta y 
Roma, la religion, que absorbia todos los pode- 
res para cumplir mejor el grave cometido que 
el instinto vital la confiaba secretamente, pudo 
mostrarse, como lo afirma Fustel de Coulanges, 
extrana ù hostil a los intereses y conveniencias 
de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto 
estos intereses y conveniencias no eran conso- 
nantes con los que ella defendia ferozmente, 
como una loba à sus cachorros. Mas en época 
ninguna se mostrô la religion hostil 6 extrana 
en realidad, a los intereses de la Vida. I^as ins- 
tituciones y leyes de la ciudad fueron implan- 
tadas porque la religion lo quiso, no por razo- 
nes de utilidad civil, es cierto ; pero no es menoî 
cierto que la religion lo quiso precisament< 
porque eran cosas utiles. l/os intereses divino;j 



IvA MUERTE DElv CISNE 63 

siguen las evoluciones de los intereses vitales, 
como la sombra ligera los movimientos del 
cuerpo, y si, por cualquier causa, no lo hacen 
pierden su valor y degeneran en prâcticas ocio- 
sas. Bn las mismas paginas de « La Cité Anti- 
que )) no es dificil empeno el constatar hasta que 
punto la organizaciôn religiosa de las socieda- 
des, estudiadas por el sesudo y experto Fustel 
de Coulanges, obedecîa a fines altamente utili- 
tarios. El carâcter sacerdotal del padre y el 
culto de los muertos, unian estrechamente las 
gêner aciones. Cada hogar era un templo donde 
se acumulaba y mantenia religiosamente, de 
padres à hijos, la fuerza del pasado. Agrupados 
los miembros de la f amilia alrededor del humilde 
altar en el que ardia en mansa dulcedumbre la 
lefia sagrada, sentîanse herederos y tributarios 
de la llama viviente de que el fuego sacre era 
sîmbolo, y robustecian unanimes, en el mismo 
culto, las virtudes domésticas conservadoras de 
la preciosa célula social que atesoraba los gér- 
menes de la humanidad futura. Los dioses 
Lares la protegîan celosamente, y el cerco sa- 
grado de Terminus barbudo aislâbala de los 
extranjeros y de toda influencia extrana al 
culto familiar y por lo tanto corruptiva y dele- 



64 I.A MUERTE DEI. CISNE 

térea. Luego, al unirse las familias en curias y 
tribus para constituir la ciudad, nacen los dio- 
ses y las reglas morales que protegen a esta, 
facilitan la union de los elementos que la com- 
ponen y crean las costumbres y prâcticas reli- 
giosas menos hostiles a la plèbe, sin fuego 
sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados 
ni religion. lyos I^ares y Pénates se transforman 
entonces en divinidades nacionales. Mas tarde, 
cuando las perentorias urgencias ambientes 
piden y reclaman que se fundan los grupos 
humanos y dilaten los estrechos limites de la 
ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren 
los anquilosados brazos a los recién venidos. 
Por ùltimo, llegado el solemne instante de la 
comunion de los pueblos, preparada laboriosa- 
mente, mucho antes del advenimiento del cris- 
tianismo, por los discipulos de Pitâgoras, Ana- 
xâgoras, Zenon, los sofistas y los poetas de ideas 
contrarias a las divinidades nacionales y pro- 
picios al cosmopolitismo del cerebro y del cora- 
zôn, aparece el Dios ùnico, que no rechaza hosco 
al extranjero, y une en amoroso abrazo a los 
hombres de todas las clases y patrias. Pero esto 
era precisamente lo que necesitaba la evolu- 
ciôn de las sociedades. 



LA MUERTE DEIy CISNE 65 

Diriase, observando el carâcter protector de 
las religiones y las morales, que unas y otras no 
tuvieron mas objeto que el de establecer la 
supremacîa y favorecer la supervivencia, en un 
momento preciso de la historia, del gnipo mas 
rico de savia vital é ilusiôn favorable a la con- 
servaciôn de la especie, formando para ello con 
los dogmas, reglas, virtudes, cilicios y discipli- 
nas el caldo de cultura moral, digâmoslo asi, 
en el que la misérrima, aimque dominante colo- 
nia humana, pudiera absorber mejor los jugos 
de la vida. Es por este orden de ideas que, sin 
mayor audacia, puede aseverarse, no solo que 
el bien y la verdad son dos formas antiguas de 
la Fuerza y el derecho un legado de ella, sino 
que Dios mismo, bueno ô malo, cruel ô piadoso, 
guerrero ô pacifico, segùn los momentos, es una 
manifestaciôn prodigiosa de la voluntad de los 
hombres. 



c 



'UAN otro hubiera sido el destino de las re- 
ligiones sin el terror de la muerte, poeta brioso 
y fantâstico de las fabulas olîmpicas; cuân 
desprovisto de encanto sin el misterio de las 
cosas; cuân deleznable sin las amenazas de lo 
ignoto, sin la urgente necesidad de darle un 
nombre a las energias creadoras del misterioso 
universo para ajustar a sus leyes la conducta y 
prolongar la existencia ! De ahi que los manda- 
mientos de Dios, aun los mas crueles, sean con- 
servadores de la Vida y al modo del instinto 
vital, servidores humildes de ella. L^o divino se 
ofrece asi à los ojos atonitos como un suhstra- 
tum de las leyes de la materia... Ya se ha visto 
como en las entranas de las doctrinas espiritua- 
listas, existen barruntes reveladores de la iden- 



I,A MUERTE DEly CISNE 67 

tidad de lo divino y la fuerza, y comùn origen 
de la materia y del espiritu — Bruno ya anun- 
ciaba que Dios es la fuerza que se transforma en 
todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y 
siempre la misma en si, — y como la evoluciôn 
filosôfica tiende a un monismo absoluto, mate- 
rialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de 
la ilusiôn humana y ayuno de toda grandeza, 
causa la desesperaciôn de los obstinados irrea- 
listas y provoca las lîricas côleras de ese ente 
radioso y obtuso que se llama el poeta... 

Con eso y con todo, el tal materialismo, que 
pénétra el pensamiento contemporàneo, sin 
curarse de las declamaciones sonoras y huecas 
con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos 
de desesperanzar a los hombres, como pudiera 
creerse, al destruir implacablemente sus fan- 
tâsticos sueîios, podrîa resolver, por el contrario, 
lo que se consideraba eternamente irréconcilia- 
ble y antagônico : la pugna de la Fuerza y la 
Razôn, y las irreducibles antinomias del inte- 
rés y del altruismo, del individuo y de la socie- 
dad, de la bestia y del hombre ; las crueles anti- 
nomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones 
subjetivas y las realidades indestructibles del 
mundo. 



68 LA MUERTE DElv CISNE 

Apoyândose en algunas verdades indiscuti- 
bles, que no estân en desacuerdo con los postu- 
lados de la experiencia, como las morales espi- 
ritualistas y los dogmas antropocéntricos, tal 
vez pudiese el instinto vital componer un nuevo 
brebaje de ilusiôn, que harîa reverdecer las 
fertiles praderas de la esperanza en el aima ari- 
decida de los hombres. Para ello bastarîa desen- 
trafiar los elementos sociales que lleva en su 
seno, como la âspera corteza la sabrosa pulpa, 
el principio selectivo, cruel y destructor, que 
es la enjundia y el aima de diamante de la 
Fuerza y de la Vida. En vez de desoir las voces 
sécrétas y los eternos mandatos de la diosa ine- 
xorable y revelarnos contra ellos, oponiéndoles, 
j puéril intenciôn ! las leyes falaces de un uni- 
verso ilusorio, en el cual no creemos ya, séria 
mas digno de una acendrada sabiduria some- 
terse y convertir por un sortilegio de la volun- 
tad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero 
é indômito, que burlândose de falsas autorida- 
des y falsos reglamentos, voltea nuestros cas- 
tillos de naipes ô nos acecha airado en todas las 
encrucijadas de la via dolorosa. Solo asi pudiera 
ser que la planta de estufa de la moral, hun- 
diera sus endebles raîces en la tierra firme, 



I,A MUERTE DEIy CISNE 69 

dando al aire libre flores y frutos, y que el Dere- 
cho, la Razôn, la Justicia 110 fueran, sin la 
supersticiôn del creyente, puras entelequias, 
îdolos grotescos, fétiches irrisorios, sino expre- 
siones reaies y légitimas de lo divino natural, 
reconocido y acatado por la inteligencia del 
hombre. 

 pesar de la pobre condiciôn humana y 
^ miseria del mundo, no parece imposible elevar 
sobre las ruinas informes del idealismo de Pla- 
ton, del que derivan no solo las grandes falsi- 
ficaciones que consisten en anteponer las ideas 
â las actividades, à los hechos de fuerza que las 
crearon, sino en anteponer la razôn mistica â 
la razôn fîsica, y en ponerle â esta la mascara 
de aquélla, no parece imposible, repito, elevar 
un templo grandioso, construido con los mate- 
riales del planeta, y donde, convertidas en ilu- 
siones posibles y realidades futuras, pudieran 
recogerse y esperar las Ouimeras y Utopîas, 
antano acariciadas como un lenitivo â sus maies, 
por la humanidad doliente y ensofiadora. 

Bxisten razones, cada vez mas pertinaces y 
sugestivas, para darnos â pensar que la Fuerza 
no es tan antagônica â las asiâticas esperanzas 
humanas como Apolo y Jésus, por motivos 



70 IrA MUERTE DEI. CISNE 

ocultos, nos lo han hecho créer. Puede afirmarse 
sin loca temeridad, que su inteligencia y su 
razôn se acuerdan mas con el genio de la espe- 
cie y son, en definitiva, superiores a la razôn 
é inteligencia del Bspiritu. Prueba irréfutable 
de ello, es que este audaz aeronauta termina 
infaliblemente las idéales excursiones por el 
cielo azul, 

« que no es azul ni es cielo » 

cayendo en los pantanos mas cenagosos de la 
necesidad; mientras que el culto de la diosa 
omnimoda, al absorber en los robustos pechos 
de la Naturaleza el nectar y la ambrosia del 
olimpo, se diviniza, rematando fatalmente, ora 
en la prâctica ora en las doctrinas de sus pon- 
tifices mas materialotes 6 mas românticos, en 
la religion de la Vida, y de una vida intensa, 
heroica, plena, desbordante de espléndida robus- 
tez y hermosura, por predominar en ella el ins- 
tinto de grandeza sobre la dicha del mayor 
numéro y el nivelamiento comùn, enemigo 
ambagioso 6 declarado de toda superioridad 
y aun de la vida misma, de los pensadores devo- 
tos del humanitarismo. 

Séria curioso y acaso util, escudriîiar y descu- 



I^A MUBRTE DHly CISNE 71 

brir las necesidades éticas y las reacciones 
contra-sentimentales que determinaron la con- 
cepciôn del heroisnio en la historia y la filoso- 
fia. Schlegel y Tieck echaron las basas; Hegel, 
Schopenhauer y los historiadores alemanes, 
desde Ranke y Mommsen a Sybel y Treitschke, 
le dieron forma concreta y positiva, y luego 
cumplido remate Carlyle y Nietzche. A pesar 
de su abolengo en apariencia idealista y hasta 
mîsticos componentes, el culto del héroe, del 
genio, del hombre histôrico 6 providencial y, 
en fin, del super-hombre, es no solo aristocrâ- 
tico como la Naturaleza, donde todo es dife- 
renciacion y jerarquia, sino a la par de ella, tan 
contrario a la moral de la razôn razonante 
como a la moral del sentimiento, puesta de 
moda por el infelice Juan Jacobo y de la que 
: arrancan, segùn muy encumbrados pensadores, 
'el romanticismo en polîtica y literatura : dos 
formas del espîritu de rebeliôn, de la sensible- 
rîa caprichosa y la hemorragia de la palabra, 
que llevan entre las flores de trapo de los idea- 
ilismos ornamentales, los venenos sutiles de 
flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento 



E 



ARECERiA incompreiisible que en este murido, 
donde reina el mas tirânico determinismo, y 
donde los fenômenos se subordinan los unos ai 
los otros sumisamente, las quimeras y los 
romances, de libertad igualdad y fraternidad, 
imaginados por un héros lâche et délicat, hayan 
ejercido tan misteriosa acciôn sobre los hom- 
bres, si no fuese cosa averiguada que éstos ado- 
ran los discursos, fantaseos y dulces damiselas 
que mas los enganan, adulan y fascinan. Y el 
misero y glorioso Rousseau, es el fascinador 
mas grande que, después del Nazareno, ha visto' 
la humanidad : (( un maestro de ilusiones y un 
apôstol de lo absurdo », como dice alguien con 
crueldad, pero no sin exactitud. El amô ardien- 
temente a los desheredados de la fortuna ; clam 6' 



I.A MUERTE DEIy CISNE 73 

contra los poderosos, aun cuando se holgaba en 
su companîa y comîa su pan; sufriô a la vista 
de todos, los dolores de la inteligencia, del 
orgullo, de la carne flaca, y comunico a todos 
también sus rencores, despechos y fiebres de 
reparaciones sociales y dicha uni versai. Fué el 
novelador de la Utopia y el arquitecto lôgico de 
un sueno de poeta. Por eso ha sido y sera el 
eterno revolucionario y el eterno ilusionista. 
Su poder de encanto y seducciôn, calor comu- 
nicativo y contagiosa locura de bondad y vir- 
tud, es para la conciencia lo que para el Deseo 
el dulce é irrésistible canto de la sirena. Fuera 
preciso no tener sensibilidad humana para 
escuchar sin embriaguez, los persuasivos y 
câlidos Discursos, Rêveries y Confesiones que 
se dirigen artera y directamente, no al cerebro, 
sino al corazôn, al orgullo, a los apetitos que 
[robustecen las ansias légitimas, en suma, de 
placer y dominaciôn. Nuestras flaquezas estân 
de su parte, sus debilidades de la nuestra : por 
eso ha reinado y reinarâ. Y he aquî lo estupendo : 
isalvo la sana aspiraciôn hacia la dicha y el impe- 
rialismo democrâtico que ocultan las frases 
fraternales, la dolorosa experiencia de los pue- 
blos proclama que todo es falso en las doctri- 



74 I^A MUKRTE DEIv CISNE 

nas que han hecho sacudir a la humanidad en 
tan violentas convulsiones y preparan al pré- 
sente otros y acaso mas terribles sacudimientos 
para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno 
por naturaleza; falso que nazca libre é igual a 
los demâs hombres; falsa la fraternidad y las 
utopias sentimentales basadas en el desconoci- 
miento absoluto de la fisiologia humana. 

i Pero que importa ! 

Precisamente lo que ha hecho que el rousia- 
nismo arraigue 3^ viva en la inteligencia y el 
corazôn de la humanidad, no obstante sus con- 
tradicciones y puériles fundamentos, es que en 
vez de ser ima grande verdad es una grande ilu- 
siôn. IfO imperecedero de él son sus errores. Gra- 
cias a ellos, y no a su substancia lôgica, hase 
convertido en verdad popular, en injusticia, en 
esclavitud. Â tal punto que, sin quererlo, el 
observador de los tiempos que corren se pre- 
gunta, rugando la pensativa frente, si el verda- 
dero libertador de los ilôt as, el destructor del 
ùltimo idolo y de la ûltima tirania no sera acaso 
el que asesine la lyibertad... 



L 



f A moral de la Fuerza, velada hasta ahora a 
los ojos humanos, pero présente en el mnndo, no 
admite del desorden anârquico, ni la mentira, 
ni el error, ni las contumaces falsificaciones del 
espiritu, porque la Fuerza, 6 por otro nombre, 
la razon fisica, es lo que es y no puede menos 
de ser; lo que triunfa fatalmente, la condicion 
ùnica y suprema de las realidades, y lo que esta- 
blece en toda suerte de cosas una indestructible 
jerarquia, un orden divino, al que nadie ni 
nada escapa, ni aun la razôn mistica, que viene 
à ser asi como la loca de la casa de la otra y uni- 
versal razon. 

Un escolâstico, Duns Scot, maravillado, sin 
duda, por las manifestaciones disfrazadas, pero 
reconocibles para el ojo profimdo de esta mecâ- 



76 I<A MUERTE DEly CISNE 

nica inteligente que rige en el universo, pregun- 
tâbase atribulado por heréticas vislumbres y 
afanes prolijos, si la materia no pensaha, tan 
armoniosas y de buen concierto le parecîan su 
estructura y combinaciones. Y el inefable Mae- 
terlinck, iluminando el aima obscura de las 
cosas con las sutiles claridades de su misticismo 
adivinador, sospecha que las ideas se les ocu- 
rren a las flores ni mas ni menos que a nosotros. 
« Elias tantean, dice, en la misma noche ; encuen- 
tran los mismos obstâculos, la mi:ma mala 
voluntad en el mismo ignotus. Elias conocen 
las mismas leyes y las mismas decepciones, los 
mismos triunfos, lentos y dificiles. Parece que 
tuvieran nuestra paciencia, nuestra perseve- 
rancia, nuestro amor propio; la misma espe- 
ranza y el mismo idéal », y considerando el 
esfuerzo inteligente y formidable de las flores, 
los inventos ingeniosos, los prodigios de ima- 
ginaciôn, las industrias de que se valen para 
convertir en mensajeros de sus aromados sus- 
piros y fecundos besos a los insectillos y las 
brisas, y unirse à los amantes lejanos é inmovi- 
bles, burlando el cruel destino que las ata al 
suelo; reconociendo, en fi8|»la suma de volun- 
tad y pensamiento que anima la vida heroica 



I 



I.A MUERTE DEI. CISNE "JJ 

de la flor, deduce que « no hay seres mas ô 
menos inteligentes, sino una inteligencia espar- 
cida a todo; una suerte de fluido universal que 
pénétra en diverses grados, segùn que sean 
buenos 6 malos conductores del espiritu los orga- 
nismes que encuentra. El hombre séria hasta 
aqui, sobre la tierra, el modo de vida menos 
resistente a ese fluido que las religiones Uama- 
rîan divino. Nuestros nervios aparecerîan como 
los hilos por los cuales se esparciria esa elec- 
tricidad sutil. I^as circonvoluciones de nuestro 
cerebro formarian, en cierto modo, las bobinas 
de inducciôn, multiplicadoras de la fuerza de 
la corriente; pero esta no séria de otra natura- 
leza ni provendria de otro origen, que aquella 
que pasa por la piedra, los astros, la flor 6 el 
animal. » 



s 



'î; podria aseverarse muy bien, no solo que 
la materia piensa, sino que su pensamiento es 
infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma 
de él, una manifestaciôn autoritaria de la razôn 
fisica, à la cual la conmovedora é incurable 
locura de los hombres, ya hemos dicho que se 
empena en oponer la razon mistica, que es en 
realidad una creaciôn y una servidora de 
aquélla, del mismo modo que los instintos y las 
pasiones. lyos devaneos, fantasias, caras a las 
veces, y briosas imaginaciones de esta razôn 
que vive de prestado, perduran, resisten a la 
muerte y son cosas animadas y verdaderas, 
mientras sirven solicitas los firmes designios 
de la razôn madré, donde encuentran su razôn 
de ser todas las formas de lo corpôreo y lo intan- 



LA MUERTE DEIy CISNE 79 

gible. Son como las floraciones y galas muda- 

bles de un ârbol eterno. He ahî por que las ver- 

dades, las religiones, las aspiraciones humanas 

envejecen y caducan; y he ahi por que, al modo 

de los insectos, cuyo destino fugaz y radioso 

es el de depositar los huevos en el seno protec- 

tor de la tierra y, asegurada su descendencia, 

morir, la bondad, la virtud, la razôn de una 

época parecen ô son sacrificadas al dar a luz 

la razôn, la virtud y la bondad de la época que 

signe. Asî las duras virtudes del paganismo, 

fueron destruidas sin piedad por las piadosas 

virtudes cristianas, y estas que alguien llama 

con ternura melancôlica les vertus délaissées, 

empiezan a marchitarse, sofocadas por las sober- 

bias vegetaciones del culto de la Vida, que bro- 

tan en toda la tierra, muestran las encendidas 

flâmulas de sus floraciones tropicales en todos 

los horizontes y principian a ensenorearse del 

paisaje moral visible a los ojos humanos. 

Como la antorcha que simboliza la vida en las 
fiestas panateneas, la antorcha del espiritu pasa 
de mano en mano. Las superestructuras cambian. 
Las verdades transitorias, las mentiras saludables 
de que se nutre un instante la humanidad, pere- 
cen asi que esta agota el jugo vital que aquéllas 



8o I.A IVIUERTE DEI. CISNE 

atesoraban. lyO inmutable, lo eterno es la volun- 
tad de vivir, que trabaja oculta en los antros mas 
profundos de las aimas, como un gnomo pro- 
digioso, que produce maravillas y opéra mila- 
gros, escondido en las concavidades misterio- 
sas de la tierra. 



M, 



.AS el respeto de la Vida, que sale de los labo- 
ratorios é informa el pensamiento moderno, se 
infiltra en las religiones y obra sobre las costum- 
bres con el renacimiento de los déportes atlé- 
ticos y el amor de la accion, nace, mirândolo 
bien, de la metafisica de la fuerza. Ô de otro 
modo, el triunfo de la religion de la Vida es la 
implicita consagraciôn del culto de la Fuerza. 
lya moral de esta ùltima, a pesar de la terca y 
enconada oposiciôn de nuestros idéales del 
momento, aparecerâ triunfante como un sol que 
rompe las nieblas matutinas, cuando se desva- 
nezcan del todo en la conciencia humana los 
espejismos que tergiversan el valor de las cosas 
é invierten las reaies y eternas, aunque à veces 
imperceptibles jerarquîas, de la razôn univer- 

5. 



82 I<A MUKRTE DEI. CISNK 

sal. La diosa de voluntad diamantina no herirâ 
entonces los sentimientos mas caros de los hom- 
bres, ni aparecerâ a los ojos de éstos como una 
deidad maléfica, como un genio enemigo, sino 
al rêvés, como el ângel protector de los hueve- 
cillos dorados, que ponen en el nido tibio del 
aima las ilusiones favorables a la existencia... 
Si todavia rechazamos con fiera indignaciôn 
sus verdades infalibles, trâgica hermosura 3^ 
grande justicia, a la que empero, quieras que no, 
ignorândolo ô a sabiendas, se someten todas las 
cosas, es porque nuestra razon y sensibilidad 
de invemâculo no se acuerdan con las leyes que 
rigen fuera de él; es porque ignoran que su pro- 
pio crecimiento va a romper presto los vidrios 
que las protegen de los soles enfloradores y las 
nieves esterilizantes y que sera preciso aclima- 
tarse ô perecer; es porque no conocen su pris- 
tino origen, ni saben que solo son las pintadas 
y efimeras mariposas en que se transforma una 
porciôn diminuta de la fuerza eterna é incon- 
mensurable. 



E: 



STE convencimiento vago, que gana poco a 
poco las conciencias mâs quisquillosas y aun los 
ingrates cerebros en que la lèche del saber se 
agria y cuaja en fioîio sentimentalismo, traerâ 
aparejado, al decantarse, un cambio radical en la 
apreciaciôn de las acciones y excelencias hu- 
manas. I^a Victoria del mâs fuerte no parecerâ 
ignominiosa como hasta aquî, sino altamente 
justa y saludable porque sera, en un momento 
dado, el triunfo de lo mâs vital, de lo que sirve 
mejor el ùnico prôposito discernible en las inten- 
ciones confusas de la Naturaleza. Es la voluntad 
de existir y dominar. Reconocida la fuerza como 
el elemento divino, gêner ador del uni verso ; esta- 
blecido el idéntico abolengo é ilustre prosapia 
de la Razôn y la Necesidad, del Factum y de la 



84 I<A MUERTE DEI. CISNE 



idea triunfante; en resumen, de lo que domina 
y se impone material 6 espiritualmente, la con- 
ciencia humana enriquecida por definitivas no- 
ciones de lo real, dilatarâ los horizontes de su 
concepciôn ética, teniendo por primera vez, una 
vislumbre justa del Bien y del Mal absolutos. 

Y aqui darîa principio el reino de lo divino 
natural. Cada excelencia séria una irréfragable 
manifestaciôn de él. Las criaturas, las cosas, las 
aimas, se graduarian en la escala de la vida poi 
la cantidad de virtud que almacenasen. lyO pe- 
quefio no pt)drîa ser lo grande, como acontece 
para burla y escarnio de nuestra pobre inteli- 
gencia ; ni lo débil lo robusto ; ni las aspiraciones 
mas nobles serian precisamente, por una estu- 
penda inversion de valores morales, las que mas 
deprimen y amengiian la voluntad de ser. Las 
superioridades, las verdades, los triunfos se im- 
pondrian sin demostracion, por si mismos, por el 
hecho de existir. Y las antinomias de lo que es, 
y de lo que debia ser, de lo objetivo y lo subje- 
tivo, â causa de las cuales tantas inquiétudes 
han atenaceado al hombre, acabarîan por 
reconciliarse para siempre en el regazo maternai 
de la grande razôn. 



F, 



ORMiDABi^ES testas han acometido la singu- 
larisima aventura de echar los cimientos de la 
fâbrica moral, no en la voluble razôn del espîritu, 
sino en la firme razôn de la materia, volviendo 
por tal arte à poner sobre sus pies a la huma- 
nidad aburrida de la parada de cabeza hegeliana. 
Pero ùnicamente el amable pensamiento de 
Guyau intentô poner de acuerdo la moral de la 
fuerza con nuestra moral; la expansion de la 
vida y los instintos interesados y agresivos, con 
el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, 
a decir verdad, los sentimientos expansivos y 
nobles que cita para descubrir la faceta social de 
la criatura humana y probar que « la vie comme 
le feu, ne se conserve qu'en se communiquant », 
solo son modalidades del instinto de soberania. 



86 I.A MUBRTE DEI. CISNE 

instinto que por medio del amor 6 del convenci- 
miento tiende a ocupar mas espacio en el aima 6 
la inteligencia de los otros, no es menos cierto 
que taies manifestaciones de la superabundancia 
de vida entranan, en su propia intensidad, un 
principio altruista que transforma el despliegue 
de la fuerzâ en lo que Uamamos sentimientos 
generosos 6 expansion hacia las demâs criaturas. 
Mas aùn. El poder ergotizante del filôsofo-poeta 
partiendo de la expansion de la vida como ele- 
mento active de la conducta, llega no solo a 
resolver la afligente antinomia de lo individual y 
lo social, sino a establecer a la manera del viejo 
idealismo, la supremacia del espiritu, precisa- 
mente porque este realiza el maximum de inten- 
sidad extensiva, es decir, de fuerza dominante. 

Una argucia ô vuelta de grupas de la misma 
indole, da nacimiento à la moral de las ideas- 
fuerzas de Fouillée, la cual, por otra parte, se 
apoya en hechos, en realidades y no en soportes 
religiosos ô metafisicos. « I^as fuerzas, dice, en 
acciôn en el mundo 6 en nosotros, cualquiera 
que sea su naturaleza intrinseca, concluyen por 
concebirse en nuestra conciencia y al conce- 
birse transformândose en ideas, juzgan lo real, 
lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas. » No 



I,A MUBRTE DKI. CISNE Sj 

Dor arte, pues, de birlibirloque, sino por las vias 
laturales de la experiencia, llega el represen- 
:ante del idéalisme francés a fabricar como 
juyau, con substancias materiales, los utiles 
Droductos de la voluntad de conciencia y el per- 
masivo supremo. Kn su tozudo afân de esta- 
)lecer la acariciada superioridad de la inteli- 
^encia, el neo-idealismo contemporâneo hace 
nuchos de estas sorprendentes excursiones al 
irsenal de Dionisos. Como Anteo para criar nue- 
ras fuerzas, vese obligado Apolo a sentar los 
livinos pies en la tierra. Solo que después de 
!ada nue va adiilteraciôn y embrollo, queda mas 
'.laramente dilucidado lo que podria llamarse el 
)rigen material del espîritu y la naturaleza agre- 
iiva de las morales. I^as ideas son transforma- 
iones de fuerzas ; las ideas-fuerzas, como taies, 
10 pueden establecer su imperio en los domi- 
lios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al 
îxterior sin combatir ni dominar. 



L 



fA larga y laboriosisima evoluciôn de laç 
morales interesadas 6 fisiolôgicas, de las quf 
desaparecen poco a poco los elementos divinoî 
y luego las substancias espirituales a medidî 
que la inteligencia humana se nutre y enriquec' 
de conocimientos positives, termina después d 
la grande revoluciôn de Darwin en la ciencia ; 
de Spencer en la biologîa, en el osado intento d 
Nietzsche y Guyau de construir el noble edifici 
de la moral sobre los formidables cimientos de 1 
fuerza, para darle a la conducta humana un 
base inamovible y en armonia con las leyes d( 
uni verso. 

Por otra parte, la reacciôn de los hebreos cor 
tra toda aristocracia, continuada por el cristiî 
nismo, los ideôlogos y los hombres sensibles d 



I^A MUERTE DEI, CISNE 89 

siglo XVIII, hasta florecer espléndidamente en 
los inmortales principios de la gran Revoluciôn, 
remata luego de acicalarse con los ensuefios, 
quimeras y utopîas sociales de los discipulos de 
Jean- Jacques, en el determinismo econômico de 
Vlarx, explicaciôn materialista de la historia, de 
la que el Oro, el heredero legîtimo de la fuerza 
en las sociedades, es el principio generador. 

Esta doctrina, antagônica del état pensant que 
vive fuera del Taller; este socialismo cientifico, 
destructor de lo que Uama con enojo y desprecio 
un discipulo de Marx la disociaciôn idéologie a 
ô irrealismo de la cultura greco-latina, traduce 
en luchas sociales por la riqueza, el mando y la 
dominacion del mundo las aspiraciones senti- 
mentales de los humildes que antano pretendie- 
ran establecer, en ebriedad generosa, el reino de 
Dios sobre la tierra. 

Acontece, pues, que de un modo ô de otro, por 

vias ocultas ô visibles, las actividades humanas 

concentran en el dominio los fuegos de la volun- 

tad, y resuelven en opresiones y tiranîas los 

idealismos mas desinteresados y puros. I^a fuerza 

itiende a ejercer su imperio por que es la fuerza; 

2ila vida tiende a dila arse porque es la vida. Bl 

[(jtiempo descubre infaliblemente, los principios 



90 T^A MUERTE DEI< CISNE 

actives de la conducta humana, que son idén- 
ticos a los de toda la actividad universal. Bn 
vano es desvirtuar con metafisicas mixturas su 
naturaleza combativa y dominadora. L^os hechosj 
muestran la garra felina. I^a trama y el reverso de 
los variados tapices de la historia, ensefian que 
un estado social es una cristalizaciôn de la vio- 
lencia, y que las reacciones contra él, aun las 
mas idealistas, terminan fatalmente en otras 
cristalizaciones sociales autorit arias y opresoras. 
LfOS sistemas de gobierno, las morales, las reli- 
giones mismas — propugnâculos y murallas qucj 
acaso no tienen otro objeto que protéger la con-, 
quista econômica, — obedecen a esa ley univer-j 
sal, porque lo universal son las transformaciones 
de la fuerza que constituyen a su turno los 
môdulos de la vida. Ved el cristianismo ; la reli 
giôn del amor, la piedad y el desprecio de los 
bienes terrenales. Cuando déjà de ser un reptil 
subterrâneo, sale de las tenebrosas catacumbas 
de Roma, quema vivos a los herejes, provocs 
mil guerras y persecuciones y oprime al mundc 
en un abrazo de mortal amor. lyos desheredados l 
los misérables, los enfermos; la escoria de 1^ 
sociedad, los oprimidos, en fin, pasan a ser opre 
sores, desplegando en sus luchas por la domina^ 



I,A MUBRTE DKI. CISNK 9I 

on un celo apasionado y cruel, una ferocidad 
aplacable, un furor divino que, no saciândose 
m el odio y la persecucion de los infieles y 
anados, inventa sutiles razones y refinadas tor- 
(iras para aprisionar y atormentar a su antojo el 
ma temblante de los adeptos. lya Revolucion, 
,, gran Revolucion, luego de cometer mil lio- 
endos crîmenes en nombre de la lyibertad, ter- 
dna en las tiranias de Robespierre y Napoléon. 
1 reino de la Razôn, résulta la locura trâgica 
û Terror. I^a eterna paz, guerra sin fin. Des- 
iiés... las indestructibles jerarquîas vuelven a 
îtablecerse con otras étiquetas. Â los pri vile- 
os de la nobleza suceden los privilegios de la 
Lirguesia; la aristocracia del dinero â la aristo- 
•acia de la sangre; el derecho burgués al dere- 
10 feudal ; la tirania del numéro â la tirania del 
îy, y la fementida formula en que se resumen 
'S Inmortales Principios y los Derechos del 
.'ombre, no inspiran mas respeto, ni tienen mas 
irtuosidad en el fronton de los edificios pùbli- 
')s, que los versiculos del Coran en los muebles 
■loriscos de los bazares exoticos. Pasada la 
Vomba niveladora, en el interior de Francia los 
^Dmbres y las clases se separan y ocupan el 
^tiiesto que les da su valor social, como los liqui- 



92 I<A MUERTE DEI. CISNE 

dos de densidad diferente se gradùan por su peso 
si dejan de ser agitados. En el exterior, la révolu- 
ciôn que acariciara el pretencioso intento de su- 
primir las fronteras y establecer la patria uni- 
versal, acierta solo a instituir el principio de las 
celosas nacionalidades y la formaciôn de las 
repùblicas americanas, donde las diferencias y 
las aristocracias sociales se acentùan mas cada 
dia, à pesar de las leyes democrâticas que las 
rigen. Asî que sus fuerzas expansivas lo recla-. 
man, el pacifico y modesto pais de Washington 
se convierte en la patria altanera é imperia-i 
lista de Roosevelt, por las mismas razones y de 
indéntico modo que la poética Alemania de loî 
claros de luna, de la grechens y del imperativc 
categôrico, en la utilitaria y temible nacion d« 
Bismarck y la filosofia de la historia. 

De hecho, pues, aunque encubierta por dis 
fraces varios, que reclamaban las necesidade 
subjetivas del hombre, no libertado aùn de la 
tiranias de la fînalidad ni de la sed de lo infinitc 
el reinado de la fuerza no ha dejado jamâs d 
existir en las sociedades salvajes ô cultas. I^a 
firmes columnas de su trono, son las leyes miî 
mas de la vida. Sea la primordial de esta < 
deseo de poder de Hobbes, 6 la lucha Darwinianj 



I.A MUERTE DEIv CISNE 93 



ila voluntad de dominaciôn de Nietzsche, 6 la 
oluntad de conciencia de Fouillée, 6 la expan- 
•ôn de la vida de Guy au, 6 la vida creadora de 

ergson ù otra ley no formulada aùn por labios 
lortales, el hecho brutal de la Fuerza triun- 

nte surge del disforme vientre del caos; ani- 
■a en el aima de todas las cosas, de las religio- 
'les, de las filosofîas y del amor mismo y es asi 
Dmo el fuego sacro del uni verso. Nadie, ni cosa 
Iguna, escapa al imperio de la terrible divini- 
ad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figu- 
an humildemente, los dioses del olimpo y los 
usanos de la tierra. 



-L/; 



fS un bien ô un mal ? En todo caso es una in- 
destructible realidad, contra la que, al punto à 
que han llegado las nociones positivas de las 
cosas, no cabe ni conviene revelarse. îQué ha- 
cerle? Las atenuaciones de la cultura idealista 
y las virtudes cristianas, que fueron en un prin- 
cipio indispensables para corregir la virulencia 
del egoismo nativo y contrar restar los abusos, 
naturales, pero anti-sociales de los poderosos, a, 
fin de hacer posible la vida comùn, parecen hoy. 
nocivas a las sociedades caducas, excesivamente^ 
domesticadas y cuyos apagados ardores para la^ 
accion y la lucha piden mas bien enérgicos revul-i 
sivos. I^as nuevas disciplinas morales tratan de| 
dârselos; obedecen a una alta necesidad. iQuq 
séria de los hombres y los pueblos que practi-i 



\ 



l 



hA MUERTE DKI. CISNE 95 

tasen el desinterés, el desprecio de los bienes 
nateriales, en esta época en que la superioridad 
kîonômica entrana todas las otras? I^as viejas 
ârtudes han perdido su poder. Fuerza es reco- 
locerlo. El exhausto é inane espiritualismo con- 
iésase impotente para forjar una nueva ilusiôn 
avorable a la vida. Las mentiras saludables, 
ue en otra hora fueron propicias al instinto 

ital para producir los espejismos encantados 
ue le daban a la existencia una razôn de ser y 
'a marcaban imperiosamente un derrotero, no 
ienen hogano ninguna virtud activa. I^a ciencia 
ondena implacable las aspiraciones subjetivas é 
lusiones metafîsicas en pugna con las verdades 

hipôtesis que ella establece friamente, sin pie- 
lad y sin rencor. La humanidad provecta, cura- 
La de locura juvéniles y ansiosa de bienes reaies, 
10 crée en los campos eliseos del edén ni en los 
aîsticos jardines del aima; prefiere las prosaicas 
lichas que satisfacen, sin las torturas de la 
^ala conciencia, su apetito de carne, su sed de 
ino. 

Perdida la ilusiôn fastuosa del Paraiso y de 
oda finalidad transcendente, sin excluir la del 
uperhombre, las actividades y aspiraciones hu- 
lanas van, como al caer la tarde las dispersas 



96 I,A MUERTE DEI. CISNE 

ovejas al redil, hacia la religion de la Vida, ele- 
vada y cruel en aquellos pensadores que, acep- 
tando los principios sélectives de la Naturaleza 
como necesarios a la evoluciôn progresiva, quie- 
ren la vida bella y dura como el diamante; ras- 
trera y fecunda en los que, rechazândolos y 
desdenosos de toda excelsitud, aspiran solo 
honestamente a la dicha comùn del mayor 
numéro. 

Es la antigua y luctuosa guerra del aristocra- 
tismo y del plebeyismo, Uevada sin embozos ni 
trapujos, al campo de honor de los intereses ma- 
teriales, donde las categorias idealistas pierden sus 
multiples y enganosos matices y se resuelven en 
deseo de poder y lucha por la riqueza entre los 
poseedores y los desposeidos. I^os primeros, 
individu alistas 6 no, sin exceptuar a la clase 
pensante, que tan sospechosa y antipâtica va 
pareciendo a los trabaj adores, son los mengua- 
dos descendientes, pero que llevan aùn en la 
sangre la pimienta del heroismo, de los jefes, 
hombres providenciales y cazadores forzudos 
delante del Senor que guiaron a los pueblos en 
su aurora; los segundos, solidaristas 6 àcratas, 
son los ensoberbecidos vâstagos de la turba- 
multa pasiva y rebanega, convertida en pueblo 



I.A MUERTK DBI. CISNE 97 

• 

soberano por la fuerza del numéro. Su oposi- 
cion es la oposicion de la parte caduca del pasado 
senoril, sibarita, ensonador, guerrero, y el pré- 
sente cientîfico, pacifista, prâctico, laborioso. 
Del choque nace el antagonismo y la anarquia 
de las ideas contemporâneas ; las trâgicas luchas 
sociales y el drama intimo de las conciencias : 
antros obscuros donde a ciegas rifien guerreros 
con sotana, senores vestidos de harapos y men- 
dicantes que ostentan valiosas plumas en los 
sucios y misérables chambergos. 

El espiritu clâsico, razonante y finalista, que 
reconoce un principio divino y la supremacîa de 
la inteligencia sobre el querer y el poder para la 
bella ordenanza del mundo, fué siempre amante 
'de las jerarquias bien establecidas, del orden, de 
la autoridad, de la sumisiôn a la régla; pero al 
mismo tiempo, por exceso de cultura literaria, es 
irrealista, picotero, iluso y, en suma, débili- 
tante, ya que perpétua con el desinterés y el 
altruîsmo, un engano, una mentira, un espejismo 
peligroso para las energias viriles de la inteli- 
gencia y del aima. A las veces por sensiblerîa 
y razones de justicia convencional, de esa jus- 
ticia compuesta con toda suerte de productos 
artificiales en las aulas de los ideologos, pica en 

6 



98 I,A MUERTE DEI. CISNE 

democrâtico y humanitarista, pero en el fondo, 
si déjà hablar su instinto profundo es un adorador 
de la fuerza idealizada — como corresponde a 
quien ha nacido con el aima gran dama y el 
espiritu gran senor, — y acata las copetudas ex- 
celencias y aristocracias morales que ella esta- 
blece a su capricho, de la misma manera que el 
espiritu moderno, un tanto macarrônico, a pesar 
de su ciencia, crée ùnicamente en la fuerza real 
y respeta solo las superioridades de hecho y las 
aptitudes que se imponen por su eficacia y uti- 
lidad inmediatas. 

Entre las brillantes, dispendiosas y desin- 
teresadas virtudes de los humanistas, causa efi- 
ciente ayer de poderîo y hoy de flaqueza, puesto 
que llevan al renunciamento, crimen monstruoso 
ahora como fué antes decantada virtud; y las 
industriosas y bataUadoras cualidades necesa- 
rias a la naciones para no ser vencidas en la 
contienda uni versai, no cabe pacto ni concilia- 
cion. Bs la lucha de dos mundos ; uno que nace, 
otro que muere; es la lucha inévitable y eterna 
de la tradiciôn conservadora y la educaciôn revo- 
lucionaria como dicen los fisiôlogos y que cons- 
tituye el fenômeno de la vida lo mismo en la 
naturaleza que en las sociedades. 



L 



A discordia que la antigua sabidurîa creyô 
suprimir entre los hombres, sin barruntar que 
con ella hubiese desaparecido la existencia mis- 
ma, of rece nuevas flores y nuevos f rutos en cada 
grado de la civilizacion. Son las novîsimas for- 
mas de la cultura, las modalidades del progreso, 
las manifestaciones de la vida. Cuanto mas 
avanza esta, mas se complica y refina la lucha no 
solo entre los hombres, sino entre las ideas, sen- 
timientos é instintos de cada hombre. loucha 
entre el idéal y la realidad, entre lo subjetivo y 
lo objetivo, entre lo individual y lo social, entre 
el capital y el trabajo, entre los opresores y los 
oprimidos, entre los que nacieron marcados con 
el signo radioso de la voluntad dominadora y los 
que vinieron al mundo Uevando en el cuello el 
coUar infamante de los esclavos. 



100 LA MUERTE DEr< CISNE 

Y en toda suerte de cosas, el triuiifo, tempo- 
rario siempre, es de aquello que interpréta me- 
jor, en un momento précise, les propôsitos im- 
pertérritos é incontrastables de la razôn uni- 
versal. 

I^a cuestion social que actualmente nos atri- 
bula, se resolverâ como todas las otras : por el 
dominio de los fuertes sobre los débiles. Bl comu- 
nismo evangélico, sofiado por ciertas ôrdenes 
religiosas y que ha tenido sus ùltimos destellos 
en el misticismo anârquico de Tolstoy; la Bdad 
de oro de los utopistas del siglo XVIII y la 
Federaciôn universal de los libertarios modernos; 
los idéales colectivos, por decirlo todo, punto 
extremo de la Economîa que prétende organizar 
la sociedad, vale decir la producciôn, cientifica- 
mente, es muy posible y aun probable que pue- 
dan arraigar en la âspera corteza del globo. Mas 
ello no sera porque los consabidos idéales sean 
justos, segùn nuestra universitaria justicia; no 
por las razones sentimentales que a todos nos 
impulsan a revelarnos contra lo que el instinto 
social, desarrollado por el influjo del ambiente 
humano à expensas del egoismo nativo, Uama 
iniquidades sociales, vias ocultas acaso de una 
justicia suprema; sino porque la evoluciôn eco- 



I.A MUERTE DEI. CISNE lOI 

nômica Uega a un punto culminante y preciso 
en que « la produccion colectiva reclama la 
reparticiôn colectiva », y, sobre todo, porque 
siendo las necesidades pecuniarias las primeras 
que hoy es necesario satisfacer para vivir tanto 
material como moralmente, fuerza es que arras- 
tten mayor numéro de aimas y tengan mas 
^ande influjo sobre las sociedades que el aristo- 
cratismo idealista, cuyos principios eficientes, 
cuasi mîsticos, no pueden ser impulsores sino de 
fas naturalezas muy cultivadas y finas. Y he aqui 
ptra prueba palpable de la relatividad y miseria 
ie las presuntuosas verdades salidas de la testa 
|iel hombre. Una simple modifie acion de las cir- 
:unstancias ambientes, vuelve las tornas de los 
/alores humanos : las cualidades excelsas trué- 
:anse en causa de inferioridad y los ineptos de 
lyer se convierten en los aptos de hoy. 

No ; la sociedad no ha sido nunca ni sera en el 
Dorvenir la obra santa del Bien, de la Justicia ni 
iel Derecho, sino el engendro diabôlico del ins- 
:into vital dominante, 6 como quiere Marx, el 
Droducto de la lucha de clases, engendrada, se- 
jûn él, por la evoluciôn de los intereses y que 
letermina, por anadidura, el proceso de la histo- 
la entera. Ks la parte cierta, salvo ligeras res- 

6. 



102 I.A MUBRTK DKI. CISNE 

tricciones, del socialismo cientifico ô criticista, 
que muy poco tiene que ver con las utopîas sen- 
timentales de Rousseau, del cura Meslier y de 
los ideôlogos, ni con las componendas burocrâ- 
ticas y fiscales 6 utopias de los cretinos, ni con 
otras formas puériles del socialismo vulgaris de 
que nos habla el docto lyabriola. Muy acerta- 
damente dice Marx : « El modo de produccion 
de la existencia material, détermina general- 
mente el processus social, politico é intelectual de 
la vida. No es la conciencia del hombre lo que 
détermina su manera de ser, sino, al contrario, 
su manera de ser social, lo que détermina su con- 
ciencia. El cuerpo creador se créa el espiritu 
como una mano de su voluntad », diria Zara- 
tustra. « I^a produccion primero, agrega por su 
parte Engels, y en seguida el cambio de los pro- 
ductos, forman la base de todo orden social. Esos 
dos factores determinan, en cualquier sociedad 
dada, la distribuciôn de las riquezas y, por con- 
siguiente, la formaciôn y las jerarquîas de las 
clases que las componen. Esto sent ado, si quere- 
mos encontrar las causas déterminantes de tal ô 
cual metamorfosis ô revoluciôn social, sera pre- 
ciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni 
en su conocimiento superior de la verdad y la 



DEI. lyA MUBRTE CISNE IO3 

justicia eternas, sino en las metamorfosis del 
modo de producciôn y de cambio, en una pala- 
bra, no en la filosofia, sino en la economîa de la 
época estudiada. » 

Bstos razonamientos pédestres son la antî- 
tesis del vértigo de las alturas, agria voluptuo- 
sidad de las excursiones metafisicas, pero pro- 
ducen la reconfortante impresiôn de la tierra 
firme después de un largo viaje marino 6 una 
ascension aerostâtica. Por fin los fenômenos 
sociales pueden explicarse positivamente, sin 
echar mano de sutiles recursos : son las aparien- 
cias, las superestructuras de la evolucion eco- 
nômica, la cual provoca la formaciôn y la lucha 
de clases y esta, a su vez, la enmarafiada urdim- 
bre de la historia. I^a ineficacia de las disciplinas 
idealistas en los sucesos del mundo, que tan 
hondos lamentos arrancô a Renan, queda expli- 
cada claramente. El modo de producciôn y de 
cambio, sometiendo a su influjo plasmante las 
manifestaciones todas de la vida social, créa el 
bien, la justicia y el derecho de cada época, que 
no son otra cosa, en ùltimo término, que « la 
expresion autoritaria de los intereses que han 
triunf ado », y dicta las relaciones de los hombres 
que solo son, en substancia, « relaciones de pro- 



104 ^^ MUBRTE DEI. CISNK 

duccion, correspondientes a un periodo dado del 
desenvolvimiento de sus fuerzas productivas ». 

Aun no ha llegado el momento, ni llegarâ aca- 
50 nimca por falta de documentacion histôrica 
précisa, de explicar, por medio del determinismo 
econômico, los mitos, las religiones, las morales 
como ha intentado hacerlo incauta y pueril- 
mente I^af argue. Mas ciertos hechos indiscuti- 
bles, aducidos con grande copia de comentarios 
por la escuela marxista, y la observaciôn, cons- 
tatada, en gênerai, de que las efervescencias y 
revoluciones humanas obedecen, en el fondo, à 
causas econômicas visibles ù ocultas, legitiman 
las pretensiones del materialismo histôrico y 
permiten interpretar, en conjunto, una gran 
parte del pasado. Y si bien se considéra, hasta 
los mas ayunos de doctrina, pueden comprender, 
con un poco de buena voluntad, que siendo las 
necesidades materiales las mas hondas y urgen- 
tes, debieron de inspirar en todo tiempo las 
metafîsicas, retôricas y reglas de conducta favo- 
rables a su satisf acciôn ; y que siendo el espiritu 
asî como la sombra del cuerpo 6 de la necesidad, 
las estructuras sociales se explican mas acabada- 
mente por la economia de cada época que por sus 
enganosos espejismos mentales. 



I,A MUERTE DEIv CISNE I05 

Antano podîan abrigarse dudas sobre la ve- 
racidad de tal anrmacion, que a muchos ingé- 
nies, y no de los mas romos, hubiera parecido 
descabellada : hoy no cabe hacerlo. Bl trabajo 
formidable y fatal de los fermentes econômicos 
se ha hecho visible en la edad moderna, cuya 
morfologia empezamos a conocer intimamente, 
sin que nubien los ojos veladuras idealistas ni 
misterios divinos. lya transformacion compléta 
de las sociedades por la manufactura comercial, 
la grande industria y el capitalisme, no dejan al 
respecte ni asemos de dudas. Mas que espiritu 
precipitade parece el mmido condensacion de 
egeîsme. En el Manifiesto Cemunista, y, sobre 
tede, en las luengas paginas del Capital, admira- 
bles de anâlisis y lôgica, muestra, con muy con- 
certadas razones, el pentifice del socialisme 
cientifice, côme les nuevos modes de producciôn 
y las fuerzas expansivas del cemercie rompieron 
las servidumbres, privilégies y relaciones pa- 
triarcales del munde feudal para dar origen al 
reine de la finanza y la grande industria, y cômc 
el agrupamiente de ebreros en las usinas y ta- 
Ueres para celaberar en el misme preducto, 6 en 
otras palabras, côme la producciôn colectiva, 
mina al présente los fundamentes de la apro- 



I06 I.A MUERTE DEIv CISNE 

piaciôn individual, 6 lo que es lo mismo, de la 
sociedad capitalista; roe sus soportes polîtico- 
juridicos y trata abiertamente de imponer los 
côdigos comunistas y la reparticiôn colectiva que 
corresponde!! à aquella produccion. De modo 
que, por la fuerza de las cosas, se efectuarâ, 
segûn los aruspices socialistas, la muerte de la 
sociedad burguesa, fundada sobre « la odiosa 
explotaciôn del hombre por el hombre », y el 
advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad 
idilica, en la que « el libre desenvolvimiento de 
cada uno, sera la condiciôn del libre desenvolvi- 
miento de todos. 



D 



uiyCES anuncios, capaces de tonificar la 
desmayada esperanza en el edenismo terrestre, si 
110 los hiciera sospechosos el endiablado paren- 
tesco con las amables sofisterias de Jean-Jac- 
ques y la hueca y rimbombante fraseologia jaco- 
bina ! Sin duda, hay mucho de verdadero en la 
abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones 
y aplicaciones prâcticas, como engendres del 
espiritu de sistema, intenciôn puéril de hacer 
entrar las realidades en los angostos casilleros 
de la abstraccion, parécenme sobrado artificia- 
les y, à la postre, ingenuas. Se comprende, sin 
grande esfuerzo, el papel principal y decisivo 
de la lucha econômica en la historia del mundo, 
}" que la sociedad comunista suplante a la socie- 
dad burguesa, como esta misma suplantô a la 



l 



I08 I.A MUERTE DEL CISNE 

feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo 
pidieron las leyes de la producciôn. lyO que es 
mas difîcil de digerir, a pesar de los jugos gâs- 
tricos de la dialéctica marxista, es cômo ha de 
impedirse la formaciôn de las clases sociales y 
el antagonismo de ellas, aun en el caso de supri- 
mir, lo que es ardua empresa, la lucha econô- 
mica, causa presunta de los maies que afiigen 
a la sociedad, pero al mismo tiempo causa cierta 
también del proceso historico de las sociedades. 
Sin la lucha economica, se dice, y lo que es su 
consecuencia, sin la lucha de clases, desapare- 
cerîan los privilegios burgueses, las desigualda- 
des inicuas, la dominaciôn de los pobres por los 
ricos. Mas para lograrlo, hace falta la destruc- 
ciôn de la propiedad — que es un robo, segùn 
reza el resobado aserto de Prudhon, — del capi- 
tal, del comercio, de la libertad, y, en fin, de las 
desigualdades naturales, porque si estas sub- 
sistieran en cualquier forma, las odiosas jerar- 
quias se establecerian nuevamente y con ellas 
el predominio de imos hombres sobre otros. 
lyUego hace falta para la organizacion cientifica 
de la humanidad, organizacion destinada a con- 
cluir con la guerra de los hombres y la anarquia 
capitalista, no solo la igualdad civil, sino la 



I 



I.A MUERTE DEI. CISNE lOQ 

igualdad econômica, siii la que, la primera y 

aun la democracia misma, es un puro fantaseo, 

y por afiadidura la igualdad moral, intelectual, 

todas las igualdades. Y como la lucha entre los 

hombres existiria aùn, mientras hubiera ambi- 

ciones y egoismos, habrîa que suprimir los 

egoismos y las ambiciones, 6 lo que es igual, 

habria que suprimir la vida misma. Es un punto 

de contacto curioso entre los ascetas y los comu- 

: tiistas de todos los tiempos. Cômo las cerezas, 

r que en tirando de unas vienen las otras detrâs, 

[as enormidades traen las enormidades. Es lo 

que acaece cada vez que la inteligencia, olvi- 

iando que es la servidora del instinto vital, se 

anza a construir castillos de abstracciones, en 

juerra abierta contra la fîsica del aima y la 

ôgica infalible de las realidades. 

Muchas y muy sérias objeciones cabe hacer 

la concepciôn marxista del dinero, de la mer- 

;ancia, del capital, y mas aùn, a las tendencias 

'atalmente niveladoras y utôpicas de la doc- 

rina que esta en vîsperas de desquiciar el mundo 

)urgués. Pero hay algo en que nadie ha par ado 

niantes y que se me antoja realmente imper- 

lonable en el sesudo Marx : es la incomprensiôn 

lel valor divino de la moneda, después de haber 

7 



IIO lyA MUERTE DEly CISNE 

comprendido su valor fisiolôgico, digâmoslo 
asi, en el desarroUo orgânico de las sociedades. 
Y, sin embargo, â lo que se me alcanza, solo 
admitiendo que el Oro es el substratum social 
de la voluntad de dominaciôn y que como tal, 
se créa la ética que le conviene, es que podria 
aseverarse que la filosofia y las instituciones 
son las superestructuras de la economia, como 
lo afirman, sin empacho, Marx y Engels; solo 
reconociendo, con estoica resignaciôn, que el 
Oro es el signo de la diosa guerrera, creadora 
y destructora de la sociedad, y por lo tanto el 
acicate del deseo de poder, es que puede resul- 
tar cierto, y a que todos los brotes del carâcter 
son obra de aquella, que la lucha de clases sea 
la historia del mimdo, como el planeta, la vida, 
el hombre y el pensamiento mismo son el pro- 
ducto maravilloso de una lucha sin tregua ni 
fin. 






D 



E modo, pues, que la Federaciôn Buropea 
del sueno feérico y prosaico à un a de Hipolito 
Dufresne, no se realizarâ por otros medios que 
los empleados hasta ahora por las clases triun- 
fantes para consolidar sus conquistas y estable- 
cer su dominio; ni eliminarâ la vitanda lucha 
entre los hombres, aunque suprimiera la lucha 
econômica ; ni los libertarâ de esclavitudes fata- 
les; ni por el hecho de equilibrar los bolsillos, 
iiivelarâ los cerebros y las aimas. La sociedad 
futura, en donde el gobierno de las cosas reem- 
plazarâ al gobierno de las personas, gobierno 
técnico y pedagôgico, reino ecuânime y omni- 
nodo de la ciencia, que podrîa terminar como 
^1 reino de la Razôn, prépara ya en las sombras 
os instrumentes de tortura y disena las jerar- 



112 IvA MUERTE DEI. CISNE 

quias del nuevo imperio. En el altar de la diosa 
Igualdad, a los pies del idolo populachero, empie- 
zan a depositarse, como costosas ofrendas, las 
suspiradas libertades 3^ los derechos sagrados 
por los que ardorosamente combatiô la huma- 
nidad, tan presto ilusa como desenganada. El 
nivelamiento comùn, hecho al rasero de lo mas 
inferior; la pobreza forzada y el trabajo obli- 
gatorio, fundamentos fatales de la nueva orga- 
nizaciôn colectivista, sobre relajar, como la 
ética cristiana, los resortes de la voluntad, 
matando el interés y el egoismo, y producir la 
degeneraciôn y envilecimiento de la criatura 
humana, dividiria la sociedad en dos ejércitos : 
uno de funcionarios, la nueva aristocracia, y 
otro de trabaj adores, el nuevo proletariado, sin 
peculio, ni esperanza de obtenerlo ni libertad 
de procurârselo. El Estado, con este ù otro nom- 
bre, pensaria por todos, obrarîa por todos, acu- 
mularia las magras riquezas que nadie tendrîa 
interés verdadero en producir, porque « el hom-. 
bre puede amar a su semejante hasta morir, 
pero no hasta trabaj ar para él », como asegura 
el mismîsimo Proudhon. Y aquellas riquezas 
serian repartidas luego, segùn lo entendiera 
una plaga de administradores, interesados, 



I,A MUERTE DKlv CISNE II3 

como es natural, en quedarse con la mejor 
parte. lyos odiosos privilégies de las aristocra- 
cias, le serian conferidos al Estado forzosa- 
mente; a la omnipotencia de los mandarines, 
seguirîa la omnipotencia del moiistruo frio, mas 
absoluta aùn ; 3^ a la anarquia capitalista, otras 
anarquias, otras pasiones invasoras, otras ambi- 
ciones feudales, otros egoismos acaparadores, 
otios intereses egoistas, otras formas de la 
Voluntad, en conclusion, la que suministrando 
secretamente los materiales para todas las socia- 
les construcciones, y pasando al través de todas 
las cribas de la lôgica, seguirâ trabajando, como 
hasta aquî, la masa humana, por la guerra de 
todos los instintos é intereses : el camino de 
perfecciôn mas corto y cierto quizâ, para 11e- 
gar prontamente a los movimientos ordenados 
y la armonîa que, en medio de una lucha colo- 
al, reina en la Naturaleza. 



E 



1, esfuerzo trâgico de la humanidad por 
acordar las leyes del universo a los deseos ardien- 
tes del corazon, no puede menos de terminar un 
dia por la obediencia y adaptacion humildes 
del corazon al universo. Mas ello sera, a todas 
luces, el franco y decisivo advenimiento de la 
moral de la Fuerza. Falta saber quién obede- 
cerâ mejor sus reglas inflexibles : si el darwi- 
nismo social y el idealismo nietzsquiano, sacri- 
ficando las generaciones présentes a las futuras, 
las masas a los aristos, y los débiles y lacerosos 
a los robustos y viriles para embellecer a la 
humanidad y llegar al superhombre, 6 el pia- 
doso humanitarismo, luchando bravamente 
contra la crueldad de la Naturaleza y de los 
hombres de rapina, a fin de asegurar la vida 



I,A IVUTERTE DBI. CISNB II5 

y el bienestar de todas las criaturas, sin excluir 
â los tristes depositarios de la fealdad, vileza 
y degeneraciôn humanas. 

Ambas sendas son lôbregas, temerosas y 11e- 
nas de incertidumbres. Â cada paso surgen como 
fantasmas, dudas torturantes. iBn virtud de 
que ley, ya que el mundo, segùn todas las apa- 
riencias no tiene ningiin fin racional ni le es 
dado â la razôn imponérselo, puesto que ella 
misma ignora adonde se dirige; en virtud de 
que ley, repito, el présente, la ûnica realidad 
sabrosa é indiscutible, sera sacrificada â un 
futuro brumoso y metafisico, al modo que 
antano los bienes terrenales â las promesas 
célestes y las dichas quiméricas del otro mundo ? 
^Bs posible que el genio de la especie 6 los mis- 
mos mandatos de la diosa fiera, le impongan a 
la humanidad aquel cruento deber? j^Cabe espe- 
rar una nueva concepcion religiosa de la vida, 
semejante â la gran ilusion cristiana, ô un idéal 
neo-romântico que surja del descreimiento como 
la pintada mariposa del gusano vil? Por otra 
parte, léi triunfo probable de las utopias socia- 
listas, en pugna con la sapiente crueldad de la 
Naturaleza, no sera efimero y, en resumidas 
çuentas, danoso para el aima? iha relajaciôn 



Il6 I.A MUERTE DKlv CISNB 

del egoismo y los resortes del querer, fatales en un 
organisme social que suprime el instinto de domi- 
naciôn concentrado en el Oro y al propio tiempo 
la lucha de clases, signos de salud y robustez, no 
traerâ aparejadas la decadencia, la podredum- 
bre y, à la postre, la explosion de otros egoîs- 
mos, tanto mas viles cuanto mas hipôcritas? 
^Cuando el globo sea harto pequeno para con- 
tener holgadamente a la Federaciôn Universal, 
el hombre impulsado por las duras necesidades 
de la existencia, no tornarâ a ser el enemigo y 
el cazador del hombre? ^Y reduciendo tanta duda 
y zozobra â lo esencial : la razôn frivola y volu- 
ble puede reducir los apetitos y servirnos de 
rodrigôn, siendo ella misma la esclava del deseo, 
la victima de los sentidos y la proyecciôn de la 
necesidad, ô es mas seguro ombrâculo y guia 
el egoismo intégral, lobo hambriento convertido 
en pastor del rebano? 

He ahi los arduos problemas en que se ejer- 
citarân en adelante la ciencia finita y la pacien- 
cia inagotable de los sociôlogos. lyO visible por 
el momento, para todo aquel que no tenga tela- 
ranas en los ojos, es la lucha de los egoismos, 
los cuales cambian de formas, pero no de esen- 
cia, y la invariable é irrésistible propension de 



LA MUERTE DElv CISNE II7 

las clases a dominai. Siempre fué asî, aunque 
los hombres lo ignorasen à veces, pero hoy es 
asî con pleno conocimiento del hecho erigido en 
ley. Poderosos y humildes glorifican la violen- 
cia y pugnan por ejercerla, espiritualmente los 
tinos, positivamente los otros. Ivos héroes de 
Carlyle, las bestias de presa hiperbôreas de 
Nietzsche, los eugénicos de I^apouge, los doli- 
cocéfalos de los antropôlogos, los idealistas 
anârquicos al modo de Gourmont, los indivi- 
dualistas de cada época celosos de su yo, y, en 
fin, los ungidos de los dioses de todos los tiem- 
pos, tenderân fatalmente à apoderarse del 
mundo y liacer de la vida « quelque chose de 
fou et de divin )). Los pobres braquicéfalos, los 
humildes marchands de marrons, los débiles 
poseedores del triste don de las lâgrimas, los 
que nacen esclavos de si mismos antes de serlo 
de los otros y suman sus abulias para fabricarse 
una voluntad, los que practican la moral del 
caracol que esconde los cuernos para que no se 
los rompan, y, en resumen, los hijos espiritua- 
les de Rousseau y Marx, formarân la turba- 
multa, sin freno religioso que la domine y âvida 
con toda razôn, de justicia social, calma, goces 
y bienes materiales. lyos unos defenderân con 



Il8 lyA MUERTE DEt CISNE 

las unas y los dientes sus conquistas econômi- 
cas y con ellas los privilégies del Poder y la 
alta cultura ; los otros pugnarân por destruir las 
murallas de la construcciôn capitalista y asal- 
tar los castillos de puentes de oro guardados 
por los monstruosos dragones de Mammon. 
Al pie de aquellos se librarân las grandes bata- 
llas del porvenir. 

El signo de los tiempos présentes, y lo que 
puede servir al pensador de tela de juicio para 
presagiar los partos del futuro, es que la dicha 
y fortaleza buscadas por los hombres continua 
y afiebradamente en las religiones, filosofias 
y morales, a sabiendas ô no, impulsados ya por 
el instinto materialote, pero seguro, y a por la 
razôn vaporosa, pero inconstante y falaz, las 
esperan hoy del jugo del planeta como a la 
riqueza llama un filôsofo idealista. Inùtil es 
indignarse... literariamente, a la manera de los 
fraseadores de oficio, grotescos alucinados cuyo 
destino lamentable es el de vivir confundiendo 
eternamentelas vejigascon las linternas. Aquella 
verdad salta a los ojos indiferente, inconmo- 
vible, indestructible. Antes, pues, de prorrum- 
pir en anatemas, tan furibundos como vanos, 
y adoptar indignadas y teatrales actitudes, sera 



LA MUBRTE DEL CISNE IIQ 

bien preguntarse si no existen poderosas, supe- 
riores y aun metafisicas razones para que asî 
sea, y si, todo bien pesado y medido, no es mas 
saludable que sea asî. Hase dicho que el anhelo 
intimo y la porfiada voluntad del corazôn 
humano, no es la ventura, sino la dominacion, no 
la paz, sino la guerra, y que esta sola da vado 
a los instintos invasores de aquél y le sirve a 
una de hito y resorte propulsor. Aun pensadores 
de légitima cep a rousoniana, reconocen con- 
tritos la indole batalladora del excelso antro- 
poide, y loan la violencia como una excelente 
é insuper able disciplina moral. Y el Oro es el 
habitâculo misterioso de la voluntad de domi- 
nacion de los hombres y los pueblos. Como tal, 
merece el respeto de las cosas sagradas. Esta 
consideraciôn les brinda, aun a los espiritus mas 
delicados y ansiosos de soluciones transcen- 
dantes, la filosôfica ocasiôn de purificarse de 
anejos prejuicios y reparar una grande injusti- 
cia. Y si a tal consideraciôn se agrega el conven- 
cimiento de que la lucha econômica transporta 
por artes mâgicas al seno de las sociedades, 
las condiciones ambientes del medio natural, 
satisfaciendo con esa estupenda industria, los 
instintos mas profundos y sanos de la especie 



120 



XA MUERTE DElv CISNK 



humana, acabarân de disiparse las ùltimas nie- 
blas del craso error, y hasta los peor dispuestos 
comprenderân, sin asomos de dudas, por que « la 
riqueza es moral », como decîa Emerson; por 
que « la riqueza es la ocupacion de todos », 
como asegura el puro Gladstone, y por que « el 
comercio gobierna al mundo », segùn afirma el 
amillonado Carnegie. 



SEGUNDA PARTE 



METAFl'siCA DEL ORO 



î 



I 



u. 



N (( veneciano del estilo » — como Pela- 
dân llama pintoresca y acertadamente à Saint 
Victor, quien figura entre los contadîsimos escri- 
tores que tuvieran de la significaciôn de la 
Riqueza y la Finanza algunas exactas vislum- 
bres — dice con su verba briosa, gallarda y mas 
rica en valores subjetivos de lo que comùn- 
mente se crée : « vSi la Economia politica tuviera 
sus poetas, éstos podrîan cantar el largo y duro 
martirio que ha sufrido el Dinero antes de 11e- 
gar a la dominaciôn de la tierra. » 

Todas las instituciones é industrias humanas 
pasaron por largos cautiverios y terribles pnie- 
bas, antes de ensefiorearse del mundo. Basta 
observar las multiples metamorfosis, penurias 
y malandanzas del mas humilde arte, comercio 



124 ^A MUERTE DEI. CISNE 

6 prâctica afieja, para percatarse de las infini- 
tas depuraciones que sufren las cosas en los 
hornos de la alquimia social, antes de merecer 
la aprobaciôn solemne de la Vida. Pero el mar- 
tirologio de la Riqueza, desde el pobre capital 
inventive del homo Mousteriensis Hauveri, hasta 
el acumulado en su castillo de las « Mil y una 
noches )> por el mago de Menlo Park; las tor- 
turas de la Finanza, desde los morosos cambios 
de armas, especias, maderas olorosas y prcduc- 
tos raros de paises remotos, hasta las vertigi- 
nosas operaciones bursâtiles actuales; desde las 
sitibundas caravanas de camellos que ponian en 
contacto, tal cual vez, â los pueblos comercian- 
tes, hasta las serpientes de métal y monstruos 
marinos que ponen en circulaciôn las mercancias 
de las ciudades y aldeas, y por medio del trâfico 
las une â todas entre si mas intima y estrecha- 
mente que pudieron hacerlo la sangre ô la reli- 
gion, no tiene igual. lya historia de Mammon es 
la mas aventurera y dramâtica de la historia de 
los dioses. I^as maldiciones divinas y los anate-j 
mas humanos, llovieron sobre él. Crueles flage-' 
los ensangrentaron sus robustos lomos de pales- 
trista. Sus devotos fueron en toda la redondez 
de la tierra perseguidos, execrados ô expoliados 



I 



I,A IVIUERTE DEI. CISNE I25 

I siempre como représentantes tipicos del egoîsmo 
y enemigos natos de la fraternidad. Y en el 
fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la 
gran falsifîcaciôn idealista, no se equivocaban : 
navegantes osados, astutos mercaderes, usu- 
reros voraces poseîan los secretos del lucro, de 
la dominaciôn y tendîan, como los grandes capi- 
tanes por medio de las armas 6 los sofistas por 
medio del discurso, a acaparar y oprimir. Ivos 
peligros de los mares ignotos, los azares de las 
rutas inciertas y temerosas, las luchas del comer- 
cio les afinaba la inteligencia y el sentido de lo 
real, robustecîa los mùsculos en mil peliagudas 
gimnasias y hacia de ellos concurrentes temibles, 
y como taies, odiosos. Bran como los fermentos 
del mal en la levadura del pan eucaristico; los 
depositarios vnlgares de la fuerza interior, que 
segùn Ferrero, « obra continuamente en las 
disposiciones intelectuales y morales de los hom- 
bres », y los obliga en cada época a crear nuevas 
riquezas é ideas, y a destruir los estrechos casi- 
lleros de las viejas costumbres, en que no enca- 
jan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Ksa 
fuerza interior misteriosa, que otros nombraron 
antes, sin conocer su esencia ni explicarse su 
papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo 



126 I.A MUBRTE DKlv CISNK 

inconsciente, formas y derivaciones, en suma, 
mas ô menos complejas y sutiles de lo que les 
modernos mecanistas llamarian acaso la ener- 
gîa, es la que se concentra en el Oro, aunque no 
se den cata de ello Marx y Engels al hacer de 
las luchas econômicas el principio generador de 
la historia... 

Con aquellos mercaderes, entraban y se hacîan 
cada vez mas prépondérantes en las colmenas 
humanas, las substancias explosivas de las revo- 
luciones sociales : las ambiciones de gozo, lujo 
y dominaciôn, que Tito lyivio, el viejo Hora- 
cio y Séneca en Roma, como antes en Grecia 
Theognis, Aristôfanes y Platon tuvieron y con- 
denaron por corruptoras, puesto que destruian 
los usos y sentimientos consagrados por innù- 
meras generaciones ; pero que el mundo moderno, 
necesitado de actividades productoras y cons- 
tante transformaciôn, se inclina a considérât, 
en conjunto, como elementos gêner adores de 
progreso, a causa, precisamente, de que despier- 
tan los apetitos dormidos, espolean las energîas 
y son venero de producciôn de riquezas y reno- 
vaciones saludables, sin lo cual, es cosa sabida, 
que las sociedades consumen sus ahorros y 
declinan fatalmente. 



L 



rAS virtudes tradicionales de los pueblos 
pobres y austeros, virtudes destinadas a fla- 
quear como la inocencia paradisiaca de nues- 
tros primeros padres al pie del Arbol del saber, 
no habîan terminado su cometido y tenîan 
algo que pergeiiar aùn, cuando los factores eco- 
nômicos hicieron su irrupciôn bârbara y empe- 
zaron a modelar a su antojo y abiertamente las 
80ciedades. Bn secreto lo habîan hecho siempre, 
porque siempre los hombres rineron por un 
trozo de pescado crudo, cocido 6 en salsa. Pero 
los antiguos no podian reconocer de buen ta- 
lante el advenimiento oficial de Pluto, del dios 
revolucionario, que amenazaba destruir las 
instituciones civiles y religiosas, y a la par de 
ellas, los privilegios de las aristocracias secula- 



128 Î.A MUERTE DElv CISNE 



res. Era « el vencedor, cubierto de sangre y que 
arrastra en su cortejo triunfal, un rebafio de 
vencidos y esclaves, encadenados a su carro de 
guerra. » Llegaba produciendo mil cataclismos 
y desquiciândolo todo : destruia las viejas jerar- 
quîas, libertaba a los esclaves, ennoblecîa à los 
plebeyos, envilecîa a los nobles y daba pâbulo 
a mil actividades desconocidas, a mil costum- 
bres nuevas y a una nueva mentalidad. No hay 
sino considérai las reformas de Solôn y Servius, 
para darse cuenta de la magnitud de las revo- 
luciones sociales que siguieron à la apariciôn 
del dinero como Majestad en Grecia é Italia, 
cinco 6 seis siglos antes de nuestra era. Aun 
resuenan, repercutiendo de edad en edad, los 
lamentos é invectivas de los poetas contra la 
confusion de razas que traîa consigo las bodas 
de los nobles arruinados con las plebeyas adi- 
neradas. Bntonces, como en la magnifica corte 
del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido repe- 
tir en ciertas ocasiones la graciosa y cînica frase 
de madame de Grignan disculpando à su hijo 
de haberse casado con la rica heredera de un 
fermier : « las mejores tierras necesitan, de 
tiempo en tiempo, un poco de abono ». La 
riqueza empezaba a conferir los ranges y las 



I.A MUERTK DEI< CISNE 129 

dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, 
como antes la religion y la sangre. Un personaje 
de Euripides, a quien le preguntan de que ori- 
gen es cierto sujeto, contesta : « Rico, son los 
nobles de hoy ». Y lo eran de fijo, los plutôcra- 
tas que sabîan enriquecer las ciudades con el 
comercio y defender las riquezas en los campos 
de batalla ; lo cual no fué parte à impedir que los 
Polibios y Cicérones lamentasen acerbamente la 
relajaciôn de los lazos sociales, la perversion de 
las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la 
avaricia, y, mas tarde, las sangrientas luchas, 
terminadas a veces por terribles hécatombes y 
degollinas, entre senores y esclavos, patricios 
y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se 
inicia el reinado del dios que habîa de ser luego 
tan amante de la paz. Séneca, moralista estoico, 
no exento, sin embargo, de concupiscencia ni 
codicia, clamaba airado : « Es el dinero que revo- 
luciona los forums, que précipita las turbas hacia 
los tribunales, que arma a los hijos contra sus 
mayores y fabrica los venenos; por él los reyes 
roban, mat an y, à fin de descubrirlo entre las 
ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de 
esfuerzo levantaran ». 

Resistiendo à su influjo, en apariencia funesto, 



130 I.A MUERTE DEIy CISNE 

aun sin traer a colaciôn los horrores de la guerra, 
pues que destruîa las augustas construcciones 
religioso-militares, los moralistas defendian el 
patrimonio social, la civilizaciôn propia contra 
las invasiones de los bârbaros que pretendian 
imponer la suya. Por razones faciles de com- 
prender, solo percibian los miasmas deletéreos 
que la riqueza produce al estancarse y que es 
como el exceso del bien, semejante, en cierto 
modo, a los excesos no menos malsanos de la 
cultura, la moralidad 6 del arte. I^a economia 
politica y la ciencia social estaban por nacer, 
y la severa Clio en panales no habia descubierto 
todavia los genios que presiden el misterioso 
trabajo de las civilizaciones, ni las leyes que 
rigen la producciôn y el cambio de las riquezas, 
verdaderos sistoles y diastoles del corazôn del 
mundo. A esto sera bien agregar, que el hijo de 
Jasiôn y la blonda Demeter, « engendrado en 
una tierra très veces labrada )>, no producia 
entonces, como ahora, el desarrollo de tantas 
actividades benéficas. I^as hechuras de Pluto, 
las ambiciones voraces, aparecîan como con- 
trarias al orden social establecido y la tranqui- 
lidad de las clases dirigentes; las voluntades 
que, endurecidas y afiladas en el comercio y la 



I,A MUERTE DEI. CISNE I3I 

f I industria, iban derechas a dominar, incomoda- 

ban y constituîan una amenaza, un peligro : no 

fieran fraternales, traian la discordia, la guerra 

il y contrariaban la obra pacificadora y ener- 
, î vante de la civilizaciôn, quintaesenciada en los 
préceptes galanos que, plâcidamente, caminan- 
do por prados floridos, caian de la boca de los 
maestros y recogîan, avides de amoroso saber, 
efebos graciles y desnudos. 



c 



'0NSIDERAND0I.0 atetitametite, ocurre pre- 
guntarse si quizâ el odio a la Fuerza invencible y „ 
su heredero el Oro, en que rematan las religiones, I 
filosofîas y morales después de Platon, a quien 
tan duras invectivas le merecieron las clases 
adineradas, no es el sîntoma tipico, aunque inad- 
vertido para el poeta de « Zaratustra », de la 
reacciôn de los débiles contra los fuertes, dic- 
tada por la urgentisima necesidad, de que nos 
da senales inequivocas la doctrina cristiana, 
de atenuar la virulencia del egoismo nativo y 
corregir los abusos naturales, pero anti-sociales 
de los poderosos, a fin de hacer posible la vida 
comùn y la santidad de la existencia. 

El amor de la riqueza, la Riqueza en si, es 
la objetivaciôn condensada y cabal del egoismo, 



LA MUBRTE DEIv CISNE I33 

hostil al renunciamiento, a la generosidad inû- 
til, a los idéales humanitarios ; hostil a lo que 
no sea el interés genuino y vital de las criatu- 
ras. Bsto explica de sobra los maies que causa 
y su condenaciôn por los santos varones, sobre 
cuyas testas sin fiebres y que ignoran la razon 
fisiolôgica de los fenômenos sociales, desciende 
majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca 
paloma del espîritu de Dios, cuando el hombre 
simple, por un prodigio de la fe, hace resplan- 
decer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso 
sagrado del Graal. Pero el egoîsmo, por otra 
parte, es la fuerza, el nervio, el jugo de la volun- 
tad; es, en cierto modo, la virtud humana, lo 
:ual explica, no menos cumplidamente, su 
triunfo en el mundo y rehabilitaciôn por los 
fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo 
:riunf ante y creador . Mas esto atane a los sociô- 
ogos de novisimo cuno, excitadores y organiza- 
lores de los egoîsmos desvirtuados por las dul- 
:uras de la civilizaciôn, no a los moralistas de 
ieja cepa, de industria adormecedores, cuando 
10 destructores de aquellos egoîsmos, como 
umplia, hasta cierto pimto, en las épocas en 
[ue el animal humano era demasiado bravio 
' acometedor. , . 



134 ^^ MUERTE DEI^ CISNE 



lya obra del cristianismo, como antes la del 
budismo en la India, fué amansarlo, introdu- 
ciendo en el tumultuoso corazôn de la bestia 
el desinterés y la piedad. Y en efecto : la anti- 
patîa hacia las voluntades sobrado dominado- 
ras se acerba, acrecienta y desborda como un 
rîo que recibe copiosos é inauditos afluentes, 
después que Jésus ensena el estrangulamiento 
del deseo y el horror de los bienes terrenales. 
« Vosotros no podéis amar al mismo tiempo a 
Dios y a Mammon », dice en el « Sermon de 
la Montana », y tal repiten contritos, apôsto- 
les, frailes descalzos y doctores de la Iglesia en 
la larga noche medioeval, noche de pesadillas 
tenebrosas y macabras, de visiones terrificas, 
fugaces luminosidades de fuegos fâtuos y peren- 
nes sombras, cuyo misterio aumentan el mur- 
mullo de las plegarias y los gemidos dolientes 
al pie del confesonario. Diriase que, llenando de 
liorrores y pavuras la existencia, iban a desce- 
par del aima el sentimiento de las realidades y 
el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabian 
en el mismo plato. Uno era la negaciôn, el otro 
la afirmacion del mundo que urgia destruir 
como hechura del demonio. 

La mala conciencia, como un murciélago fati- 



I,A MUBRTE DEI. CISNE 135 

dico, revolotea en torno de las aimas. « Êpoca 
exquisita y dolorosa para los artistas », asegura 
Huysmans, un fino conocedor de la voluptuo- 
sidad del pecado y del cilicio. Se vive en una 
pur a y angustiosa zozobra, con los ojos vueltos 
hacia las soledades del cielo, y las flacas y pâ- 
lidas manos se juntan unanimes en demanda 
de perdôn. El goce, el amor, la vida, y, particu- 
larmente, el Oro, en el que se resumen todas las 
concupiscencias, son engendros satânicos. An- 
sias locas de purificarse y morir, agitan los pe- 
chos hundidos por la devociôn y las peniten- 
cias. Y asi, como esos lirios que brotan en las 
sepulturas, nacen en las conciencias atormen- 
tadas, el desdén de las realidades, el desprecio 
de los bienes positivos y la economîa céleste, 
que solo régula las relaciones misticas de las 
criaturas con el Todopoderoso sin curarse de 
nada mas. ^iPara que? I^o importante es la salva- 
ciôn de las aimas : el resto, es asunto de poca 
monta. I^as sociedades hambrientas se nutriran 
como los pâjaros, « que no siembran ni recogen», 
de lo que Dios les dé. El estado idéal sera la 
pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia de 
todo deseo egoistico y de todo apetito carnal, 
bien que a veces, apurados por necesidades terre- 



136 I.A MXJERTE DEI. CISNE 

nas y fatalidades fisiolôgicas, papas âvidos y con- 
cupiscentes, como los del siglo VI; ambiciosos 
patriarcas, como los de Alejandria, y caballeros 
andantes, como los templarios, se dieran en 
cuerpo y aima a la conquista de la riqueza y al 
demonio de la dominaciôn. Papado, guerras reli- 
giosas, polîtica eclesiâstica y los concilios, que 
se transforman en campos de batalla de los ardo- 
res menos mansos y evangélicos, muestran la 
flagrante contradiccion de la metafisica cristiana 
y las necesidades de la existencia. Solo tran- 
sando y deformândose mùtuamente, han podido 
vivir codeândose durante el largo periodo que 
empieza con la revoluciôn mistica del cristia- 
nismo contra el materialismo pagano y con- 
cluye impensadamente con la revoluciôn mate- 
rialista de los proletarios contra todas las teo- 
diceas, éticas é ideologîas. Ayer las miradas y 
las aspiraciones, atravesando la pupila ojival, 
iban al cielo como las gôticas fléchas de las cate- 
drales; hoy la humanidad, anemiada por los 
ayunos y penitencias y deseosa de retemplar 
su ânimo con la alegria de vivir, vuelve los apa- 
gados ojos hacia la tierra fecunda que produce 
las flores aromadas y el rubio trigo. \ Dramâtico 
contraste ! El explica lo que va del Dio« ciego 



I,A MUKRTE DKI. CISNE I37 

y ventrudo, satirizado por Aristôfanes y lyU- 
ciano en sendos poemas, al magnifico Pluto de 
Goethe, cuyo carro triunfal conduce la « Pro- 
digalidad, la Poesîa; lo que va del bonete irri- 
sorio del judîo, escarnecido y confinado en la 
prisiôn del Ghetto, como una alimana vil 6 
sanguijuela chupadora de la sangre noble, a la 
corona de oro macizo de los reyes yanquis, que 
tiran millones al viento con el majestuoso ade- 
mân del sembrador lanzando la simiente, y 
hacen brotar ciudades y vergeles en los desier- 
tos âridos; lo que va de Shylok y Harpagon a 
Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la 
sociedad de niendigos de San Juan Crisôstomo, 
el amor de la Pobreza del serafin de Asis y la 
vida pénitente de los anacoretas y ermitanos al 
determinismo econômico, las doctrinas nietze- 
quianas y la religion de la Vida. 



A. 



.UNQUB en realidad fuera el primer incen- 
tivo del deseo, teôricamente el Oro es la cosa 
maldita. Durante luengos siglos el desprecio de 
los bienes terrenales, que apunta en las viejas 
religiones, exceptuando las que fiorecieron con 
los olivos de Grecia, informa los morales idealis- 
tas, pasa al arte, a la literatura, à todo lo que 
toca â la inteligencia y el aima, y se dirige fran: 
camente contra lo mas impuro y terrenal, por 
ser, sin duda, la materializaciôn de los deseos, 
pasiones é instintos mas intrinsecamente huma- 
nos. Si; teôricamente el dinero es la cosa mal- 
dita. Kspecular, enriquecerse, son invenciones 
de Mara, segùn los discîpulos de Buda; inven- 
ciones de Satan, para los cristianos : un pacto 
con el demonio, para todos las criaturas hiimil- 



I,A MUERTK Dm, CISNE I39 

des y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el 
Oro el enemigo del Amor. « Saldrâ de la obscura 
tierra iina cosa que pondra a toda la especie 
humana en peligro de muerte; que inspirarâ 
infinitas traiciones, robos y perfîdias, arrebatân- 
dole la libertad a las ciudades y la vida a los 
individuos. iCuânto mejor no séria que volvieras 
al infierno, oro, monstruoso elemento ! » clama 
el gran I^eonardo con el ciego furor de un apôs- 
tol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, 
tuvo tan luminosos atisbos y fué sabedor de 
tantas cosas. Y como él, nadie barrunta las fuer- 
zas maravillosas que duermen en el corazôn 
del dios ciego como Kros, esperando la voz tau- 
maturga que le ordene producir los modernos 
milagros. Bl desinterés de los filôsofos y sacer- 
dotes de la falsificaciôn idealista, corre parejas 
con el inflamado ascetismo de los monjes que, 
por pura penitencia y mortificacion de la carne, 
se emparedan, viviendo entre inmundicias de la 
limosna pùblica, déjanse desecar los miembros 
ô comer por los piojos, los gusanos y la mugre. 
Vivir en el desprecio del mundo es el pinâculo 
de la sabiduria; desdeîiar las riquezas y las 
actividades renumeradoras, es vivir fîlosôfica- 
mente. Hasta muy entrada la edad moderna, 



140 lyA MUKRTK DEI. CISNK 

el pùlpito, la câtedra, el libro vomitan airados 
las mas rotundas invectivas contra la sed de 
lucro y las ambiciones interesadas. El dinero 
no pierde su olorciUo de azufre. Poetas parasi- 
tes de los grandes senores; hidalgos orgullosos 
y famélicos; los inutiles de todas las profesio- 
nes y los incapaces del largo y paciente esfuerzo 
que exigen los favores de la Riqueza, la insul- 
tan y escarnecen llenos del secreto rencor de 
los amantes desdenados. Y la sempiterna incom- 
prensiôn de la engolletada y casquivana Ivite- 
ratura, llega hasta nuestros dias con la maldi- 
ciôn de Alberich, a pesar de tener delante las 
maravillas realizadas por la virtud del Oro, 
entre las que podrian contarse, aunque inaca- 
badas, la paz del mundo y la union del génère 
humano. 

I/OS miseros vâstagos de Bucaret, Harpagon 
y Mercadet pululan en las piezas de teatro y 
novelas contemporâneas, y, sobre todo, en la 
producciôn literaria francesa, como correspon- 
dia, por légitime é indiscutible derecho, al pue- 
blo mas idealista, razonante y amoroso de la 
pluma caballersca de Bnrique IV y del penacho 
fantasioso de Cyrano de Bergerac. « I^as peque- 
nas fortunas se hacen de vilezas, las grandes 



I.A MUBRTE DKI. CISNE I4I 

de infamias », decia en serio el admirable Bec- 
que. Afirmaciones semejantes, y aun mas subi- 
; I' das de punto, son el pan cotidiano entre las gén- 
ies de letras. A creerlos, todo comercio séria 
una maniobra obscura y vil; todo hombre de 
negocios, un truhân vendedor de negros, como 
el respetable personaje de « La Petite Noémi ». 
Es cosa admitida que, « on ne devient riche 
sans se salir un peu », y que, como quiere Bloy, 
« el Dinero es la sangre del Pobre ». Huys- 

I mans, otro monje iracundo, prétende que es 
un elemento misterioso, cuyo poder sobre las 
aimas no puede explicarse sino atribuyéndole 
una naturaleza diabolica. Y en esta catôlica 
concepciôn se complacen, no solo los poetas, 
mas los filôsofos como Finot, que compara los 
halagos de la riqueza, que no satisfacen jamâs, 
a las caricias glaciales del diablo, cuyos besos, 
segùn confesiôn de las embrujadas, hielan de 

I espanto. 



L, 



(OS adobes y afeites de la literatura, le pres- 
tan empaque mefistofélico al rostro simple y 
bonachôn del comerciante, y hacen de este, que 
tiene mas de Sancho que de Borgia, la antitesis 
de las virtudes cristianas, la encarnaciôn de los 
apetitos groseros, el espiritu del mal. Sin em- 
bargo, los viles mercaderes permanecen sujetos 
aùn a las reglas y cadenas morales de que ale- 
gremente se libertaron ha tiempo los artistas. 
 muchos les sorprende, sin duda, que los reyes 
de la Boisa no traspasen ostias sagradas haciendo 
cabalisticos signos, ni sacrifiquen tiernos infan- 
tes los viernes santos, como sus congénères los 
perros judios de antano, perseguidos en todos 
los paises, robados, sacrificados por millares y 
quemados en todas las hogueras, mas que por 



I,A. MUERTE DEIy CISNE I43 

herejes, por conocer los secretos del lucro, su 

gran hechiceria. 
|[ lyos curiosos é infantiles personajes de « I^es 
' Effrontés » « I^es Corbeaux », « I^es affaires 

sont les affaires », y « I^' argent » ensenan que 

el patron literario del financista no ha variado 
i|desde Shakespeare, Molière, I^e Sage y Balzac 
ijâ Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un 
^1 ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, 
h de la extraordinaria ininteligencia de los reto- 
i res para comprender y aquilatar la fuerza y 

ilhermosura del ùltinio sîmbolo. Bien es verdad 

1. 

que el literato, fuera del mundo de la ficciôn, 

es un hombre incomprensivo y estùpido. Diriase 

[que, à fuerza de vivir con el 01 do atento a las 

ij misteriosas campanas de la Ys interior, hubiera 

perdido la facultad de entender los himnos gozo- 

sos de las realidades, que pasan como una teo- 

ria de sonrientes virgenes, cargadas de frutos 

T coronadas de flores. Esta inferioridad, esta 

; ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando 

se trata, no de filosofos ajenos a los vanos rui- 

dos del mundo 6 de poetas embebecidos en sus 

encantadas imaginaciones, sino de moralistas 

de teatro, mundanos y escépticos; que compren- 

den y disculpan las flaquezas humanas, sonrien 



I 



144 ^^ MUERTE DEr< CISNE 

benévolos a la voluptuosidad y al vicio y solo 
se vuelven intratables al juzgar los pecados aus- 
teros de los adoradores de Pluto. Tal el amable 
Capus, que cito precisamente, por no tener nada 
de un severo moralista, ni ser un sistemâtico 
detractor de los vientres dorados, como el obtuse 
y puéril Fabre. Su comedia « I^es Deux Hom- 
mes )), nos muestra para condenar à una y enal- 
tecer la otra, la oposiciôn de dos morales : la 
del delicado Delange, quien a causa de su tem- 
peramento poco heroico, en verdad, gusto del 
pasado y educacion caballeresca, se siente ven- 
cido antes de luchar, y espéra noble y elegan- 
tamente que los apaches vengan a arrancarle 
los ùltimos sous que le quedan ; y la del arrivista. 
Champlin, sujeto vulgar, envilecido, como no 
podia menos de ser, segun el prejuicio literario 
por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. 
Y bien, hablando con franqueza y lealtad, 
Delange, el noble Delange, el personaje simpâ- 
tico de la pieza, pertenece a aquella dilatada 
estirpe de idealistas imbéciles que otro idealista 
de mas enjundia y garra, Barrés, aconseja 
enviar al matadero. Bs precisamente lo que 
hacen los hados cuando el sibarita décide, en 
un viril arranque, bajar a la arena, lanzarse a 



LA MUERTE DEI. CISNE I45 

la lucha, envilecerse en la Boisa. Parece resuelto 
â ser un hombre terrible. Sin tomarse otro tra- 
bajo que el de seguir las indicaciones de un mal 
consejero, interesado en arruinarlo, el buen 
Delange hace una jugada infeliz y pierde, como 
era lôgico, obrando con tan poco seso, lo que le 
resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha 
hecho todo lo que habîa que hacer para ablandar 
la esquiva suerte; ya ha dado la medida de sus 
fuerzas y toma una actitud resignada para 
morir. Como se ve, la odisea de su energîa no es 
muy famosa. Champlin es harina de otro costal. 
Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, 
gozar y, como el doctor Fausto, « ver a sus pies 
la nave rota y hundida ». A pesar de todo, no es 
tan bajo ni ruin como parece. I^a ganga de sus 
sentimientos groseros, contiene las particulas 
de oro de una ambicion generosa y audaz. Co- 
rregido de sus vicios, la humanidad podrîa espe- 
rar algo de él. Su egoîsmo puede ser fecundo. Bl 
desinterés de Delange sera siempre estéril. 
Harta razon tiene Champlin cuando le dice al 
que, entre paréntesis, prétende arrebatarle, no 
la boisa, sino la mujer lo cual, a lo que parece, 
es mas Hcito y noble : « Con vuestras ideas no se 
trabaja, no se obra, no se funda nada, no se créa 

9 



146 I,A MUERTE DEI. CISNE 

nada; solo se llega a ser un inùtil y un egoîsta ». 
Bien dicho. Sin embargo, después de esta inu* 
sitada vislumbre, el autor rinde parias nueva- 
mente al prejuicio literario y al sentimentalisme 
del pùblico. I^a pieza termina asi : « Champlin 
sera rico : j pobre muchacho ! » Por donde se 
colige que )a riqueza es una especie de maldi- 
ciôn. 



Y, 



el sentimiento es gênerai. No recuerdo 
haber leîdo novela de la indole de « Un homme 
d'affaires » de Bourget 6 de « ly'Or » de Margue- 
ritte, sin contar muchos tomos de la « Comedia 
Humana »; ni visto pieza, como « I^a Question 
d'argent », donde la filosofia del autor se tra- 
duzca de otro modo que enalteciendo a los sen- 
timentales y condenando a los viriles (i). Por- 
que lo vituperable é innoble, como en el teatro 
de Fabre, résulta que no es la ambiciôn exclu- 
siva de lucro, la torpe avidez de los hombres de 
iiegocios; mas la ambiciôn en si, la voluntad 
dominadora, el espiritu de empresa, el amor de 
I.a lucha y la aventura y lo contrario de las vir- 



(i) Estas paginas fueron escritas antes de aparecer « I^e Trust > de 
P jLdam. 



148 I.A MUKRTE DEIy CISNB 

tudes élégantes, contemplativas, que merecen 
los aplausos de las aimas nobles. 

Aunque simple y pecador, paréceme que esta 
suerte de propaganda, digna del poeta de las 
Florecillas 6 de los ascetas de la India, que aùn 
se acuestan sobre colchones de clavos y viven de 
la pùblica caridad, es la que menos conviene 
a un pueblo excesivamente galante, sentimen- 
tal, artista, pero nada sobrado hoy de energîas 
viriles, j Mas que séria, sin taies arrestos de desin- 
terés, del amor de las actitudes estéticas y de 
los bellos discursos que tanto amamos los lati- 
nes; particularmente los mas enfermos de ese 
mal misterioso y baladi que se Uama la litera- 
tura ! He ahi por que el viejo prejuicio contra 
las actividades interesadas y especialmente con- 
tra el lucro, desvanecido en casi todas las cla- 
ses sociales, signe arraigado 3^ vivaz entre las 
gentes de letras. Ya se sabe que ello es pura 
retorica; tema susceptible de dar pie a elocuen- 
tes volteos verbales ; pero aun asî, tanta ceguera 
y obstinada persistencia en un error, compren- 
sible en la antigiiedad, donde la riqueza era a 
veces corruptora, pero sin disculpa en las civi- 
lizaciones actuales, que han menester de los 
alados pies de Hermès para no quedarse reza- 



I.A MUKRTE DEI, CISNE 149 

gadas, debe de obedecer a razones profundas, 
aparté de indicar la poca aptitud de los irrealis- 
tas para comprender el mundo moderno y tra- 
ducir la acerba inquina de los hombres de pluma 
por los hombres de espada, de los rêveurs por 
los agisseurs. Bs una especie de odio sacerdotal. 
Quizâ retores y liumanistas, représentantes 
tipicos del espiritu clâsico y de la disociacion 
ideolôgica, se sienten amenazados en sus privi- 
legios de clase pensante — como antes las aris- 
tocracias histôricas por las actividades econô- 
micas que tendian a destruir el dominio secular 
de aquéllas — y lamentan la agonîa de un mundo 
encantado que, como hechura propia, les era 
tan dulce y favorable; quizâ niegan las aptitu- 
des que no poseen y contra las cuales no pueden 
luchar victoriosamente. En cualquier caso, la 
condenaciôn implicita 6 categorica de la vida 
moderna y las virtudes necesarias del momento, 
tan nobles y utiles como lo fueron en el suyo las 
encomiadas en la « Imitacion de Cristo » 6 los 
libros de caballerias, implica en los que la for- 
mulan de una ù otra manera, la incapacidad de 
adap tarse al nuevo ambiente, y es como la dolo- 
rida protesta de los que van a morir... 



A 



pesar de la manifiesta kostilidad de los 
représentantes del intelecto, la Vida, disfrazada 
con los mil antifaces del deseo y de la necesidad, 
seguia incubando la formaciôn de la Riqueza, y 
esta, a su turno, en secreto, pero tenazmente, 
modelaba las aimas con sus dedos de oro y reu- 
nîa en una lucha trâgica, sin tregua ni término, 
los inmensos materiales de las grandes civiliza- 
ciones. I^a Riqueza, aunque por modos invisi- 
bles a veces, fué y signe siendo la musa del 
mundo. El salvaje que descubre los primige- 
nios secreto s del fuego y de la simiente, de la 
industria y la agricultura, y el ingeniero que 
aplica la quimica a la agricultura y la industria, 
obedecen a la misma ley é idéntica inspiraciôn. 
Estas van mas alla de los limitados horizontes de 



i 



IvA MUERTE DEI. CISNK 151 

la lucha por la existencia, del interés de los uti- 
litarios y del mismo placer de los epicùreos; 
arrancan de la noble ambiciôn de conquistar 
el iiniverso, a que obedecen por naturaleza y 
secretamente los elementos, las flores, los hom- 
bres, las sociedades. I^a cosa maldita, la cosa 
vil : la Riqueza, es acumulaciôn y conservaciôn 
de voluntad, como la ciencia es acumulaciôn y 
conservaciôn de pensamiento. El poder diabô- 
lico del dinero, aborrecible é inexplicable para 
los moralistas, viene, sin duda, de que es el 
signo de aquella voluntad preciosa. Por eso 
delante de él, quieras que no, todo obedece, y 
hasta los mismos dioses bajan la cerviz y doblan 
las rodillas. Y por la misma causa seguramente, 
cuando una clase social como la burguesia, se 
hace, por instinto, la ejecutora del deseo de poder 
impuro, pero fecimdo, contenido en el Oro, 
remueve y transforma, como por encanto, la 
inteligencia, el corazôn y el aima del hombre; 
triplica sus facultades y alientos con el acicate 
de todos los apetitos; rompe las cadenas feu- 
dales, murallas de la China y diques religiosos 
opuestos à la expansion soberbia de la fuerza 
humana, y lanza millones de voluntades, antes 
pasivas y estériles, al rudo y mortal combate... 



152 I.A MUERTK DEI. CISNE 

que produce los bienes de la tierra y las magni- 
ficiencias de la vida. Espoleada por su calentu- 
riento afân de posesiôn, que muchos llaman 
torpe y funesto y que habria que llamar di- 
vino, la burguesîa, la clase mas revolucionaria 
y por lo mismo la mas progresista, perfora ô 
parte las montanas, que muestran sin dolor 
la carne viva de sus filones de piedra; abonda 
y ensancha el cauce de los rios ; surca el planeta 
de carreteras pulidas como la plata y venas de 
hierro por las que corre la rica sangre del mun- 
do, y vivientes alambres, y liquidas caminos de 
zafiro y esmeralda, llevando por doquier, junte 
con las mercancias, la competencia y la lucha 
econômica, las ideas, los sentimientos y las 
esperanzas de los paises mas remotos. Asi se 
fecundan mùtuamente las aimas de los pueblos 
que no se conocen. Es la guerra, pero también 
es la paz : la burguesia suprime las fronteras y 
une à los hombres. Nada le résiste. En un peri- 
quete destruye las antiguas formas de la pro- 
ducciôn que, insegura y torpe, arrastra los pies 
como una vieja centenaria, y a la par de ellas 
destruye también las relaciones humanas por la 
produccion establecidas en gran parte. Y créa 
los prodigios de la grande industria, los milagros 



I,A MUERTE DEI. CISNK 153 

del maquinismo, el mercado universal, donde, 
fuerza es confesarlo, todo se vende y todo se 
compra, sin exceptuar las funciones mas cons- 
picuas y vénérables, pero donde todos saben 
también a que atenerse por conocer el precio de 
las cosas, sin excluir el precio deldesinterés... 
Nadie pide cotufas en el golfo de los egoismos 
humanos, que es mejor admitir 3^ conocer que 
no disfrazar hipôcritamente, pero ello no veda 
' canalizar estos ùltimos hacia el altruismo, — 
que es una forma superior de aquellos — y el 
bien de las sociedades. Sin embargo, moralistas 
y sociologos hay que imputan a la burguesîa, 
entre otros horrendos crîmenes, la falta de idéa- 
les generosos y el haber reducido los lazos de la 
familia y las relaciones de los hombres a puras 
operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido 
el magnifico idéal de la abundancia de pechos 
inagotables ; el culto de la vida intensa, desbor- 
dante de fuerza y hermosura; la moral de la 
lucha, que fortifica y ennoblece. No ella, sino 
la ciencia, la filosofia y la historia han hecho 
ver la urdimbre de sentimientos interesados que 
constituyen la trama de la vida. lyO que hizo la 
burguesîa, empujada por fuerzas fatales, fué 
sustituir la franqueza a la hipocresîa, desen- 

9. 



154 ^A. MUKRTK DEI, CISNB 

mascarar los intereses, libertar los egoîsmos, dar- 
les libre escape ô juego a los instintos domina- 
dores, los mas vitales y sanos en el fondo, para 
domenarlos, servirse de ellos sabiamente, como 
los marinos se sirven de las corrientes y los vien- 
tos, y convertirlos en colaboradorcs suniisos 
del progreso universal. Gracias a la virtud 
mâgica de esos egoismos é intereses, condena- 
dos con palpable contradiccion por los mismos 
profetas del determinismo econômico, desapa- 
recen de la tierra los desiertos hostiles y tam- 
bién los pâramos donde reina la Muerte blanca ; 
los atajos ariscos y temerosos, se convierten en 
carreteras arboladas; las chozas humildes, en 
palacios suntuosos; las aldeas misérables y 
somnolientas, en ciudades inmensas como el 
mar y bullentes como él. Comparândola a otras 
edades que conocieron los espectros del Ham- 
bre, de la Peste y del Terror, la era capitalista 
transforma la miseria en riqueza, el dolor en 
alegria, la esclavitud en libertad. BUa ha puesto 
al alcance de los humildes una gran cantidad 
de bienes y goces que antes les estaban veda- 
dos. Sus mismas imperfecciones y vicios llevan 
en si los gérmenes de futuras reivindicaciones 
sociales. Estas se producirân a su tiempo y 



I,A MUERTK DKI. CISNE 155 

quizâ de un modo contrario a lo previsto por los 
arùspices de la ciencia social : de un modo anti- 
racionalista y anti-humanitario. I^a acumula- 
ciôn capitalista produce ya, sin quererlo, la 
asociaciôn, la cooperaciôn, la reparticiôn de 
capitales; la lucha de clases, tan maldecida, el 
vigor de todas ellas y la liber acion lenta, pero 
segura de las explotadas. Pero la burguesîa 
hace mas : su gran obra, su obra diabolica, su 
misiôn divina, es la de convertir precisamente los 
sentimientos vagos, los deseos puériles y las 
nostalgias enfermizas del idealismo en ambicio- 
nes audaces, en voluntad concreta de dominio, 
en afân de lucro, en fiebre dorada, que se comu- 
nica, como el fuego griego é inflama al mundo, 
engendrando mas fuerzas y produciendo mas 
maravillas en solo un siglo, que pudieron acu- 
mular juntas las pasadas gêner acionea en los 
siglos restantes. 

He ahi su crimen radioso, su vergiienza y su 
gloria. 

Y todo ello, no por razones sociales, sino por 
razones metafisicas : por haber escuchado los 
eternos mandates de la Divinidad en el aima 
heroica d«l Gro. 



s 



IN caer en alambicadas sutilezas ni picar en 
sofista, podrîa aseverarse que el tenebroso paren- 
tesco de la fuerza y lo divino, existe tambien 
entre el Oro y la Fuerza. Como esta, de quien 
es legitimo heredero, el Oro inspira el santo ho- 
rror y la fatal atracciôn del arcângel desterrado 
del Paraîso, pero que ha hecho de la tierra su vasto 
imperio. I^as religiones lo maldicen como a Satan 
trismegisto ; los poetas lo execran como al sim- 
bolo de la prosa vil; los irrealistas lo aborrecen 
como à la encarnaciôn perfecta del egoîsmo, de 
kl impureza humana; pero las voluntades, ser- 
vidas à maravilla por un instinto inequivoco, 
lo desean ardientemente, lo aman con pasion y 
lo esperan en suenos, como la bella del Bosque 
durmiente al Principe Charmant. Es el prome- 



I,A MUERTK DKI. CISNB 157 



tido. I/lega, las coge de la mano, dulce 6 vio- 
lento, y las conduce por caminos de rosas ô 
espinas, lo mismo da. I^as bellas obedecen sumi- 
sas los caprichos del principe terrible y delicioso, 
y en sus brazos suspiran lânguidas y desfalle- 
cen de amor. El, consciente de su poder diabo- 
lico sobre las aimas, dicta leyes y estas son aca- 
tadas por los mismos que lo maldicen a sabien- 
das... y lo adoran y obedecen sin saberlo. En su 
altaneria senoril, no oye los insultos de los 
vasallos rebeldes : los somete 6 anonada sin pla- 
cer ni dolor, y signe su camino imperturbable, 
sonriendo desdenoso al bien y el mal que causa. 
Yen esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce 
su origen olimpico, su esencia divina. 

Parece cosa de encantamiento que la humani- 
dad no haya sospecbado nunca la excelsa genea- 
logia del Oro, ni reconocido en su virtud pro- 
digiosa de oponer hechos à la gârrula palabreria 
de los retores, un signo infalible de la fuerza 
inmortal. I^as entidades metafîsicas, huyen 
medrosas de las realidades vivientes que él créa ; 
las falsificaciones del Kspiritu, se desvanecen 
como fantasmas al contacto de los hechos que, 
por su fuerza vital, él impone. Él solo es verî- 
dico; él solo sabe, quiere y puede. Y no es 



158 I,A MUERTE DE*^ CISNE 

extrano : todas las potencias servidoras de la 
voluntad de vivir residen en el Oro, y a que, por 
vias caôticas, por misteriosos medios, por 
extranas condensaciones, la inteligencia, las 
virtudes, los deseos, los egoîsmos, las quintas 
esencias de lo humano, han ido a reducirse y 
extractarse en las duras y âureas entranas de la 
moneda. 



s, 



ociôi^oGOS y economistas loan, sin esfuerzo, 
la complejîsima funciôn social de la moneda 6 
del billete, que son para la economîa del mundo, 
lo que la palabra para el pensamiento del hom- 
bre; reconocen, de buen grado, los beneficios 
de que las sociedades les son deudoras, entre los 
cuales podria citar, entre otros mil, el haber 
hecho évaluables y circulables comercialmente, 
6 lo que es lo mismo, ligeras y sùtiles como los 
copos de nieve que empuja el viento, las cosas 
mas pesadas é inamovibles de la tierra : los 
campos, los bosques, los filones de métal; algu- 
nos van hasta admitir ciertas analogias no orto- 
doxas, entre el punto de vista matemâtico y 



l6o I.A MUKRTE DKI. CISNK 

el punto de vista pecuniario, entre la ciencia 
que, para ser mas comunicable se matematiza, 
siguiendo su propia ley, y los bienes materiales 
que, obedeciendo a los designios secretos de la 
vida, se monetizan para hacerse mas sociables. 
« Bl imperio'de las matemâticas », dice Tarde, 
dejândose elevar por las alas levés y énormes 
de los raptos de la imaginaciôn, ajenos al fas- 
tidioso raciocinio de los economistas, « se | 
extiende sin césar, cada vez mas lejos en el I 
mundo del pensamiento como la moneda en el 
mundo de la accion )>. Otros, creen descubrir 
misteriosas similitudes entre la evoluciôn de 
la fuerza y la evoluciôn de la moneda, entre la 
mecânica y la economîa; pero solo se trata de 
parentesco material y epidérmico; nadie sos- 
pecha el parentesco divino, digâmoslo asi, 
por donde el Oro adquiere, sin embargo, su 
poder, seducciôn y misteriosa virtud existente 
y ordenadora. Portjue el amor del Oro, como el 
instinto de dominaciôn con el cual se confunde a 
menudo, es una forma sutil del egoîsmo, de la 
vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse 
indefinidamente, estableciendo por doquier su 
imperio y jerarquias, es que se aduena de todo 
lo humano y no se satisface jamâs. Y la virtud 



I,A MUBRTE DKlv CISNE l6l 

benéfica de aquel calumniado amor, estriba 
j quién lo dijera ! en la facultad milagrosa de 
mantener siempre ansioso el Deseo, satisfacien- 
do a la par los apetitos que provoca en cada 
etapa de la vida. 



D. 



ESDE taies alturas, dficil es desconocer la 
virtualidad suprema del Oro," ni su influencia 
decisiva y suma en la historia de las sociedades. 
I^os que lo niegan, no lo conocen, no han pe- 
netrado su aima : son los observadores super- 
ficiales que solo perciben las formas contingen- 
tes y deleznables de las cosas, sin descubrir 
jamâs con ojo profundo, su esencia intima y 
eterna. El temor religioso y goce diabôlico que 
embargan la conciencia obscura del avaro ô del 
misérable a la vista de la moneda, brillante 
y fascinadora como la mirada de la serpiente, 
se me antojan sentimientos mas robustos, le- 
vantados é hijos de una comprensiôn mas mu- 
sical del sîmbolo, que el desdén artificioso y 



I.A MUERTE DKI, CISNE 163 

obtuso del dinero, puesto de moda un dia como 
signo cierto de espiritualidad y nobleza de aima. 
Los torpes materialistas, los espîritus grose- 
ros son, a mi entender, los que ùnicamente 
aciertan a descubrir ima fuerza impura en la que, 
en realidad, es el substratum de la volimtad 
humana. Contempladlo larga y religiosamente. 
Ese diminuto redondel de rubio métal, que fué 

'I en ciertos pueblos cucliillo ô cimitarra, como 
la zapeca china, antes de perder la hoja morti- 

Ij fera y convertirse en moneda — hermoso sim- 
bolo de su excelsa alcurnia, — es el habit dculo 
misterioso de la^voluntad de dominaciôn de los 
hombres y los pueblos. Todas las virtualidades 
de la raza, han ido a extractarse en su audaz 
corazôn. Actos heroicos y vilezas, castidad y 
Injuria, penas y goces, realidad y poesia, desen- 
canto é ilusiôn : la vida social, en fin, esta con- 
tenida en el disco brillante y prodigioso, y por 
medio de él se transmite de imas à otras genera- 
ciones, como la vida fisiolôgica humana esta 
contenida en el Hcor precioso, que transmite de 
tmos a otros hombres la herencia de todas las 
edades. 

I Vida y Oro se reproducen y se heredan ! 
Esta sugerente similitud permitiria afirmar 



164 I/A MUKRTH DEI. CISNE 

al menos dotado de imaginaciôn metafîsica, 
que la herencia econômica es, bien considerada, 
iina especie de prolongaciôn de la herencia fîsio- 
lôgica, lo cual servirîa para defender la Riqueza 
de los ataques furibundos de la critica marxista 
y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende 
bien, después de lo asentado mas arriba, por 
que, si es legîtimo heredar una neurosis 6 una 
dispepsia, hijas de la disipaciôn paterna, no es 
legitimo heredar una fortuna... producto de la 
paterna prévision y economîa... En cualquier 
caso, el Dinero participa de la inmortalidad del 
plasma germinativo : el deseo eterno y la impe- 
recedera esperanza se reproducen y heredan por 
medio de él; y es al propio tiempo la cosa viva 
y espiritual por excelencia, ya que anade a la 
virtuosidad présente y sin fiii, la virtualidad 
extractada del pasado infinito. De ahî que repré- 
sente, antes de todo y por encima de todo, valor 
moral. En medio del escepticismo regalado y 
licencioso de las clases afinadas por la cultura, 
y el grosero descreimiento de las masas, liber- 
tadas de todos los frenos, él, como un dios ùnico, 
benigno y todo poderoso, mantiene firmes las 
voluntades é impide la corrupcion gênerai. I^o 
que no pueden hacer ya las religiones ni las 



I<A MUBRTE DEI. CISNE 165 

morales con sus aventados préceptes y dogmas, 
lo hace él, descubriendo a los 03 os âvidos de las 
muchedumbres, no fementidos paraîsos, mas 
los goces, los placeres, los bienes reaies de la 
vida. Es por conquistarlos en rudas batallas, 
que el hombre se disciplina metôdicamente, 
doma sus impetus bârbaros, obedece a la ley, 
exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa, 
obra y suena. El labrador, que lucha a brazo 
partido con la fatalidad; el banquero, a quien 
mil comhinaciones impiden dormir en su lecho 
de plumas; el inventor, que enloquece a fuerza 
de pensar, y el millonario, que prefiere los cui- 
dados é incertidumbres de la especulacion a la 
tenta tranquila y segura, dejarian de ser, deja- 
rian de obrar, dejarian de vivir, convirtiéndose 
en corchos muertos y podridos sobre las ondas, 
si Mammon no les pusiera en el aima una pi- 
mienta fuerte, el grano de sal divina que enar- 
dece la voluntad y da el gusto de la aventura 
y la conquista. \ El Dinero ! Su acciôn estimu- 
lante sobre las conciencias impide que el mundo 
caiga en letargo mortal. De varios modos, con 
mil alicientes y encantados espejismos, él créa 
y premia las aptitudes que la vida moderna 
reclama y sin las cuales perecerian las socie- 



l66 I^A MUBRTK DEL CISNE 

dades. JVIirândolo, sin injustas prevenciones, él, 
el corruptor, es una gimnasia para los mùscu- 
los y una disciplina moral. Bl gran pecado es no 
amarlo con bastante ardor; pero si se ama ar- 
dientemente, purifica y ensena a vencer. Esa es 
la razôn de que el nieto de Themis, la cual que 
junto a Zeus vêla por el orden del uni verso, tenga 
mas adoradores que todos los dioses juntos. En 
las Boisas, sus templos colosales, se enfervorizan 
los ânimos abatidos y golpean el pecho los peca- 
dores. Fuerza, aynàâ y consuelo se le piden al 
dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo 
como Dionisos. Su lengua es uni versai; su reli- 
gion pasa por encima de f routeras, desiertos y 
mares, estimulando por doquiera las energîas 
creadoras, los egoismos acaparadores, las ambi- 
ciones combativas, los deseos, las esperanzas y 
también los intereses sôrdidos, que por su misma 
crudeza se convierten en altruismo. Son las 
virtudes que gozan de gran predicamento en la 
corte del dios blondo, y ellas deciden del triunfo. 
Hasta los pensadores ofuscados por el pre- 
juicio espiritualista, lo confiesan : las fuerzas 
productoras priman sobre todas las otras y 
tienen influencia decisiva en los destinos de 
los pueblos por ser, sin duda, las formas mas 



I,A MUERTE DEI. CISNE 167 

universales del instinto de dominaciôn, corréla- 
tive de la vitalidad. Es un hecho contra el cual 
se estrellan, como las olas contra el enhiesto 
peiiôn, las airadas y espumosas declamaciones 
del pùlpito y la tribuna. No cabe dudar. I^a 
superioridad de un pueblo se concretaba antano 
en el ejército ; este era algo asî como el substra- 
tum de las virtudes y excelencias nacionales : 
hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, 
ni industrias, ni escuadras, ni fuerza, ni hermo- 
sura. Sus altas y bajas determinan las mareas 
sociales. Un descubrimiento industrial, un cam- 
bio en la forma de la producciôn, la oscilaciôn 
de los mercados, tienen mas hondas y dilatadas 
repercusiones en el mundo, que las ideas 6 suce- 
3OS, al parecer, mas culminantes y transcenden- 
:es. Bsto sin contar que la historia entera, sin 
ïxcluir la del pensamiento, puede considerarse, 
m gênerai, como el producto de la lucha de 
:lases, determinada por la evoluciôn del factor 
îconômico. Y como de esta dériva todo en las 
îociedades, como de la diosa del duro corazôn 
3ende todo en el uni verso, no es mucho que el 
?oder abandone los tronos y castillos y siente 
ius reaies en los despachos de los banqueros, en 
,as usinas y los mostr adores. De esta suerte el 



l68 I.A MUKRTK DKI. CISNK 

Oro se democratiza, porque liberta a los escla- 
ves que obtienen sus favores, y establece la 
ùnica igualdad positiva. A la vez se ennoblece 
y, por decirlo todo, la ùnica aristocracia real es 
la suya : las otras, son aristocracias convencio- 
nales, que viven de prestado y a la sombra pro- 
tectora de la verdadera Majestad. 



p 



OR tantas y tan profundas razones, como 
brinde a una el laurel y la corona de rosas, 
franca 6 hipôcritamente, los pueblos se preparan 
para la conquista del vellocino de oro, que y a 
Jasôn fué a buscar a la remota Côlquida y 
Colon a la sonada Cipango. I^as actividades, 
aun las senoriles y desinteresadas, si se escu- 
driîia un poco, verase que se dirigen a la riqueza 
y por ella se aperciben y acicalan para la lucha. 
Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filo- 
Qes auriferos explotables y que se explot an. Poi 
tal arte, el dinero viene a ser el principio active 
de la conducta, y las aptitudes mas preciadas, 
las que su culto viril desarrolla. Implicitamente 
.0 afirman educacion é instrucciôn, cuando se 
proponen sistematicamente arma-r hombres para 

10 



170 LA MUERTE DEL CISNE 

la vida, para la lucha econômica, en la cual, de 
buen 6 mal grado, toman parte todas las volun- 
tades. I^a Vida es actualmente la gran revolu- 
cionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido 
en los laboratorios, pasa a la filosofîa, con Nietzs- 
che, Guyau y Bergson; a las religiones, con el 
pragmatismo ; a la moral, con la vida intensa; 
a la politica, con el imperialismo econômico, y 
se traduce en las costumbres, con la moda y 
privanza de los déportes atléticos y juegos olim- 
picos. Bl arte mismo pierde la hieratica impasi- 
bilidad y déjà repercutir en su lîrico corazon 
las pulsaciones ritmicas del corazon del mundo. 
Los manifiestos literarios de las nuevas genera- 
ciones de poetas, que pregonan en Francia la 
vuelta al paganis'mo y las virtudes de Zaratus- 
tra, 6 glorifican en Italia el peligro, el hâbito 
de la energia, la temeridad no parece sino que 
fueran una especie de Declaracion altisonante 
de los derechos estéticos de la Fuerza y la Vida. 
« Todo lirismo es un arranque, luego una fuer- 
za », dicen unos; « no hay belieza sino en la 
lucha, ni obra maestra sin un carâcter agresivo » 
claman otros. Y templando ardorosos las liras 
de siete cuerdas, ima para cada pecado capital, 
le arrojan el guante à los astros y se aprestan a 



I,A MXJBRTE DEly CISNK I71 

cantar : la guerra, higiene del mundo, el gesto 
destructor de los anarquistas, el salto peligroso, 
el golpe de puno y el desprecio de la inmovili- 
dad pensativa, el moralismo y lo femenino. 

Y he aqui como el amor fatal de la lucha y de 
fuerza, mantenido cuidadosamente por el Oro 
en los corazones a hurto de la religion y la filo- 
sofia, se légitima, se ennoblece, se hermosea y 
transforma en religion uni versai. 



r 



P 

Xm 



Lero Mammon, como todos los dioses, es 
altivo y cruel : castiga 6 destruye sin asomos 
de piedad a las criaturas 6 las cosas que se opo- 
nen a los tenaces propôsitos de su testa olim- 
pica. Como Zeus tiene en sus manos el rayo que 
fulmina, y como Médusa la mirada que petri- 
fica. Sin embargo, es mas generoso y menos te- 
rrible que las otras divinidades. Junto al Poder 
torvo y al Derecho sanudo, parece un apuesto 
galân rendido a los pies de la Vida. Por lo gêne- 
rai obra lentamente, dejando tiempo a las volun- 
tades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento 
es la lucha y la selecciôn econômicas que en la 
sociedad han suplantado a la lucha y la selec- 
ciôn naturales. Mas aùn : aquella parece ser el 
compendio y quinta esencia de las otras selec- 



ii 



I,A MUERTE DEIy CISNE I73 

clones, porque todo esfuerzo, toda conquista 
y toda excelsitud, se convierten, de alguna 
manera, en jugos vitales dentro del énorme 
vientre de la producciôn. 

Las sociedades que aceptan diligentes las 
condiciones impuestas por el nuevo idolo, y 
se adaptan sin césar a las transformaciones 
continuas del medio ambiente, provocadas por 
el trabajo formidable del dinero, fortifican los 
mûsciilos en titânica gimnasia, prosperan, ex- 
tienden su dominio : son las sociedades veni- 
das al nmndo a su hora, robustas y bien arma- 
das para la inévitable concurrencia imiversal; 
las que no, decaen cualesquiera que sean los 
méritos que sustenten, degeneran, y no tardan 
en ser absorbidas 6 esclavizadas : son las socie- 
dades débiles ô enfermas, en las cuales la volun- 
tad de dominaciôn desaparece como la savia de 
las ramas que empiezan a marchitarse. 

Las analogias de ambas selecciones dan testi- 
monio de su excelso y comùn origen. Del mismo 
modo que la selecciôn natural, la selecciôn eco- 
nômica es implacable para los que no saben 6 
pueden luchar y vencer. La grande razon la 
guia : es una fatalidad, une fuerza cruel, como 
todas, desde el punto de vista humano, necesa- 

10. 



174 I^A MUBRTE DEIy GISNE 

rio y noble desde el punto' de vista divino. lyos 
débiles, los ineptos, los enfermos, los inactua- 
les, son condenados, juntamente con su proie, 
a la perpétua derrota ô à desaparecer sin legarle 
al mundo los tristes vâstagos de la miseria y del 
dolor. Otros depositarios de la vida, marcados 
en la frente con el signo luminoso y a los cuales 
la selecciôn economica presta invencibles armas, 
ocupan los huecos dejados por los vencidos, por 
los superfluos, y, en resumidas cuentas, la huma- 
nidad avanza un paso, gana un punto en la 
evoluciôn progresiva a que la empuja ruda- 
mente el instinto vital. De donde résulta que, 
contra los viejos prejuicios de la moral espiri- 
tualista y los côdigos sentimentales, el Oro es 
un purificador, un educador de las energias mas 
preciadas del hombre, un venero de virtudes 
sociales, aunque, como esencia y jugo de la 
fuerza y del deseo humanos, Ueve en si conden- 
sadas todas grandezas y todas las impurezas de 
la vida. 

I^s sabios lo ignoran, pero los pueblos lo 

saben por instinto y obran como si de ello tuvie- 

ran plena conciencia : en los talleres, universi- 

dades y gimnasios se arman los hombres para 

a conquista del Oro, no solo porque él ofrece 



I.A MUBRTE DEL CISNB 175 

â los apetitos âvidos los goces reaies y la pose- 
sion efectiva de las bellas cosas de la tierra; no 
solo porque el Oro es la posihilidad inmediata, 
al decir del escéptico France, mas principal- 
mente por razones ocultas : porque représenta 
valor humano, subtancia animica, la virtud 

, extractada de las generaciones que fueron y es, 
en resumen, algo asî como la semilla de la volun- 
tad, el germen misterioso que atesora en poten- 
cia todos los actos del pensamiento y todas las 

|realizaciones del deseo. 

I i Que mucho que lo sea todo y lo pueda todo, 

Ijque atraiga y domine ! 
! Lejos de ser mia cosa muerta que pesa sobre 
las aimas, como quieren algunos, constituye, 
|al contrario, el estimulante mas enérgico de la 
jccnducta, y es de hecho, el querer latente y 
realizable, la dominaciôn : el elemento divino 
de las sociedades como la fuerza es el elemento 
divino del uni verso. 



S: 



'i bien se mira y considéra lo dicho, cualquier 
quisque puede predecir que en las sociedades 
productoras de los tiempos futuros, el Oro pre- 
miarâ todas las excelencias y sera, por entero, 
lo que es hoy en parte tan solo, al menos visi- 
blemente : la medida de la capacidad social. 
^Como oponer a sus virtudes reaies, patentes, 
eficaces, las virtudes decorativas 6 histriônicas 
del idealismo 6 el amor de la mentira del arte? 
(îCômo oponer a la necesidad, que no discute, 
sino que ejecuta, el capricho y la fantasia volu- 
bles de nuestra puéril razôn? Vano intente. 
Aqui, en el terreno econômico, aparece visible 
el antagonismo brutal de las aptitudes desin- 
teresadas de los retores y los humanistas, y las 
aptitudes prâcticas de los sociôlogos. Y fuerza 



I.A MUERTK DElv CISNK I77 

es confesar el creciente desprestigio de las pri- 
meras : son bellas é inutiles como esas damas 
criadas para regalo de los ojos, a quienes cuna 
y educaciôn prohiben como vil cosa el lucro, y 
que prefieren prostituir su cuerpo en infâme 
comercio a estropearse las pulidas manos en 
una tarea honesta y renumer adora. 

l'Es, por Ventura, la muerte de lo espiritual y 

de toda andante caballeria? Â decir verdad, la 

orientaciôn materialista del pensamiento y el 

. predominio indiscutible de las naciones utilita- 

rias, inducen â sospecharlo. I^a espada de San 

lyuis y la lanza del buen Quijano, se mellan y 

rompen contra los escudos de Pluto. I^as nacio- 

! nés que van haciendo del mundo su vasto patri- 

1 monio, no son las mas caballerescas, ni las mas 

cultas, ni las mas religiosas, sino las mas activas, 

^ industriales y pujantes en el mercado mimdial. 

1^0 certifican de modo irréfutable Inglaterra, 

Alemania y los Bstados Unidos, paises que con 

dif erentes instituciones, distinto gobierno y cuasi 

opuesta ciiltura, pero vigorizados â la par por la 

misma enjimdia economica, prosperan material é 

^ intelectualmente, y extienden cada vez mas sus 

[. zonas de influencia politica, lo que prueba, con- 

f tra el fetichismo de las imiversidades, que no 



178 I.A MUERTE DEI, CISNE 

son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ô cual 
mentalidad lo que asegura el triunfo de unos 
pueblos sobre otros, sino su capacidad produc- 
tora, su avidez, su egoîsmo, su instinto de domi- 
naciôn que se objetiva y hace carne en la lucha 
comercial. Este convencimiento obscuro, nebu- 
loso, pero firme es lo que acaso produce en la 
evoluciôn de las ideas, las reacciones contra la 
supremacia de la inteligencia sobre la volimtad, 
y en la prâctica de la vida, el retorno, que losl 
mismos gobiernos tratan de favorecer, de las 
carreras libérales, almâcigos de mandarines, 
plumiferos y rectores sin don ni utilidad, al 
comercio y la industria. I<a flamante novedad de 
la pedagogîa es la formaciôn de voluntades auda- 
ces, no de idiotas sahios 6 melenas apolinicas. Y 
las virtudes sociales que se premian, no son las 
contemplativas 6 românticas del noble, pero 
caduco idealismo; tampoco la humildad, el 
renunciamiento, el desinterés del ascétisme 
cristiano, mas el contrario : la ambiciôn insa- 
ciable, la combatividad, el amor de los bienes 
de la tierra, la f acultad de arriesgarse, las virtu- 
des activas é interesadas, en conclusion, que la 
lucha econômica desarrolla fatalmente, des- 
truvendo à la vez el sentimentalismo, la sensi- 



I,A MUERTE DEIy CISNE 179 

bleria y todo lo que en el aima es artificial, 
superflue, desinteresado, inmoral... Bl mundo 
parece en vîsperas de convencerse de que el 
egoîsmo sano, es mas provechoso para la eco- 
nomia social que el enfermizo desinterés. Aquel, 
por su propia fuerza expansiva, suele convertirse 
en altruisme; este, cuando no tiene tal origen, 
'es un sentimiento ambiguo, inùtil para el que lo 
expérimenta y, a la postre, perjudicial para los 
'otros. Mientras que « en el pomo de un sable ô 
'en una moneda de cinco francos hay inteligen- 
=cia siempre », podrîa decirse que en el desinte- 
rés no hay nada, 6 solo hay vanidad, cuando no 
mentira. Tengo observado que en la prâctica el 
desdén aristocrâtico del lucro, destruye el sen- 
timiento de las realidades y lleva a la insinceri- 
"dad. La aptitud econômica al contrario, y esa 
28 quizâ, en gran parte, la causa oculta del buen 
sentido, la viril franqueza y robustez de algunos 
pueblos, y del irréalisme, la frivolidad y flaqueza 
de otros. Mammon es veridico. Como la diosa de 
voluntad diamantina, no comulga con las patra- 
tias ni las falsificaciones espirituales, ni se déjà 
5educir por carantonas ni embelecos femeni- 
iios. Cuando tercia en el juego de la vida social, 
acaba la comedia, concluye la farsa, caen los 



l8o I,A MUBRTE DEIv CISNE 

antifaces y cada cosa vuelve a su ser y adquiere 
su fisonomia propia. Un politico inglés, que 
ténia mucho del senorio de Byron, algo del para- 
do j al Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me 
decîa en cierta. ocasion mientras nos alejaba- 
mos del I^ouvre, que él visitaba religiosamente 
en todos sus viajes a Paris : « Yo amo por igual 
el arte y la vida... pero no los confundo. Cuando 
visito un museo, me pongo mi monôculo de élé- 
gante; al salir, dejo caer el monôculo como uû 
telon entre dos mundos y me coloco en su lugar 
una moneda de veinte dolars. Al través de nin- 
guna lente se ve mejor que al través del vil 
métal, la verdadera naturaleza de las cosas. » Y 
al hablar asî, bajo las antipâticas apariencias 
de un materialismo torpe y grosero, expresaba 
acaso una verdad profunda y sutil. 



E. 



N el desinterés solo hay vanidad cuando no 
supercherîa. « I^os judios no me han burlado 
jamâs en mis negocios : los sentimentales siem- 
pre » solîa decir también mi famoso I^ord. Por 
mi parte, prefiero con mucho, en determinadas 
' circunstancias, à los hombres y pueblos franca- 
mente egoîstas y utilitarios : hablan un lenguaje 
claro y preciso; uno se entiende a maravilla; 
las palabras tinen tm valor real, no enganan, 
ni disfrazan las intenciones como las rosas el 
punal de Caserio. Ademâs, por caoticas razones, 
no sometidas aùn al bisturi de los psicôlogos, 
taies hombres y pueblos son prâcticamente, aun- 
que parezca contradictorio, los mas idealistas 
y cap aces de acciones generosas. Es el lujo de la 
fuerza, que Ueva al deber, al olvido de si mismo 

11 



l82 IvA MUBRTE DKlv CISNE 

y al sacrificio por los otros, como querîa Guyau. 
No hay sino comparar para convencerse, la 
filantropîa principesca y las funciones cuasi 
oficiales de los potentados yanquis, con la cari- 
dad parsimoniosa y las actividades pacatas y 
egoîstas de sus congénères del nuevo y del viejo 
continente, 6 mejor aùn, la obra y el carâcter 
de las dos Américas. I^a inspiraciôn protestante, 
el utilitarismo ardiente y austero de los purita- 
nos de la « May Flower », supo imponer en los. 
negocios pùblicos à los colonos de la America 
anglo-sajona, las soluciones pacificas, convenien- 
tes al trabajo, y evitô, de ese impensado modo, 
la guerra civil, el caciquismo, la supersticiôn 
gubernamental y la poUtica alimenticia, mise- 
lias y lacras que con su orgullo hidalgo, desde- 
noso de las actividades utiles, llevaron à la 
America espanola los vasallos de Carlos V, 
disertos y casuîstas. Y el tal utilitarismo, an- I 
dando el tiempo, habia de permitir las mes : 
beUas floraciones de la inteligencia y la energia 
como cumplido remate de la abundancia y corq» i 
namiento de una civilizaciôn propia, castiza, 
elaborada con los instintos mas egoistas y, por ! 
consiguiente, los mas vitales de las agrupacio- 
nes humanas. Por el contrario, el fétichisme i 



t 



I,A MUERTE DEL CISNE 183 

politico, la idolatria de las leyes, los idealismos 
prestados y nebulosos no podian meiios de traerle 
a las repùblicas de cepa espafiola, como reac- 
ciones del egoîsmo irreducible, las luchas arma- 
das por el Poder, la palabrerîa gârrula de los 
practicones de la cosa pùblica y el sanchopan- 
cismo de xina vida sin nervio ni liermosura ni 
grandeza. El resnltado es la inmensa superiori- 
dad, no solo economica, sino moral é intelectual 
de los yanquis, asombro del mundo por su genio 
mercantil, inteligencia politica y valeroso idea- 
lismo. Ksos rudos pioners son los pastores poe- 
tas que, 'sin miedo, « conducen por entre ris- 
cales y abismos el rebano radioso de las quime- 
ras )). Si, a pesar de nuestras pretensiones de 
caballeros andantes del idéal, las tierras de los 
soberbiosos virreyes y finchados hidalgos espa- 
noles no han producido hombres universales 
como Washington y Franklin; filôsofos como 
Emerson y James; moralistas tan esforzados ni 
de aima tan blanca como el Apôstol negro; poe- 
tas como Poë y Whitman; artistas, hombres de 
ciencia, archimillonarios capaces de los magni- 
ficos arrestos filantrôpicos de Morgan y Car- 
tiegie, ni esos reyes de la Finanza que, desde sus 
.terres feudales de veinte pisos, extienden su 



184 I/A MUBRTE DEI. CISNE 

influencia a todos los âmbitos del mundo. Son 
los Anteos de la fâbtda, vigorizados al contacto 
de la tierra madré; las criaturas que, guiadas 
por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan 
a vivir en perfecta é intima comuniôn con ella. 
Natura les ha revelado su volimtad sécréta de 
esfuerzo y lucha, de egoismo y rapacidad. j Y des- 
dichados los hijos para quienes la Madré per- 
manece muda ! A pesar de los idealismos orna- 
mentales y los perifollos de la retôrica, caen en 
la corrupcion, se envilecen en la pobreza, pasan 
hambres sin fin y mueren como el hidalgo man- 
chego, confesando su generosa locura de justi- 
cia y razôn humanas. 

Bs digno de meditarse, como ejercicio espiri- 
tual al salir de los templos y los museos, lo que 
la incapacidad econômica, que trae a la grupa 
todas las otras, ha hecho de aquella naciôn que 
fué un dia senora del orbe, y es aùn hoy emporio 
de energias y virtudes, por desdicha inutiliza- 
bles. Cumplio arduas y gloriosas empresas 
cuando se dejo guiar por sus instintos y apetitos 
de conquista y posesiôn. Extender sus domi- 
nios por medio de la espada, era la funcion fisio- 
logica propia de un pueblo guerrero y fandtico 
en un mundo religioso-militar. Pero los alientos 



I,A MUERTE DElv CISNE 185 

de los soldados y aventureros de Carlos V, no 
inflamaron los pechos de los mercaderes de la 
lyonja, timidos, perezosos é incapaces, como 
escorias que eran de la sociedad. I^a evoluciôn 
de los intereses primero, y después el reinado 
de la Finanza, pedian los grandes capitanes del 
del comercio y la industria. Los conquistadores 
tenian las rodillas sobrado duras para doblarlas 
ante la nueva Realeza. El vampiro del orgullo, 
el fanatismo religioso y la caballerîa les chupô 
la sangre y los tuétanos, y hoy sus descendientes 

I no tienen fuerzas para empunar la lanza, ni 
emprender nuevas aventuras, ni defenderse, 
siquiera, contra los mercaderes que los apalean 

I y despojan en los caminos reaies y aun en la 
propia casa. 

Y como Espana, a j)esar de sus relevantes 
méritos, excelencias y glorias, dan sintomas de 
lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é 
inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa 
Francia. 

Acaso se han adormecido escuchando el canto 
del ruiseîior. 



TERCERA PARTE 



LA FLOR LATINA 



p 



ARA los sibaritas del pensamiento y de la 
emociôn, no existe en toda la redondez de la 
tierra ningùn espectâculo tan elocuente; nin- 
guna estaciôn de psicoterapia tan propicia à las 
meditaciones filosôficas ô mundanas; ningùn 
jardin espiritual tan curioso ni soberbio como la 
gran capital latina, lecho muelle y suntuoso 
donde la antigua sabiduria, después de haber 
amamantado al mundo en sus opimos pechos y 
robustçcido tantos idéales de pâlida tez, ago- 
niza entre pompas y esplendores, conservando 
orgullosamente la belleza del gesto. Kl bri- 
llante y amable espiritu de la Hélade y del I^a- 
cio, muere entre encajes y sederias como un 
viejo marqués Pompadour exquisito y crapu- 
loso, cruel y sensual. 

11. 



igo I,A MUERTB TUSX, CISNB 

Por muchos conceptos la flor de la dulce 
Francia, la Ciudad lyuz, Paris es el simbolo y 
el término de la civilizaciôn greco-latina ; el 
ôptimo fruto de la cultura espiritualista, orna- 
mento de los pueblos, caballerescos, refinados, 
sentimentales, galantes. Su vida intégral, mul- 
tiforme y complejisima, es asi como el extracto 
ô substancia psiquica de aquella concepciôn pla- 
tônica del universo, que y a en los albores, Ue- 
vaba en las entranas los gérmenes fecundos del 
amor de la razôn y la belleza, y sus forzosos deri- 
vados : las elegancias intelectuales y los refina- 
mientos de la sensibilidad. I^a metrôpoli de 
las perspectivas armoniosas, delata, aun a los 
ojos menos expertos y hasta en los mas infi- 
mos detalles, la élégante preocupaciôn del siba- 
ritismo mental. No solo es voluptuoso el corazôn 
sino también el cerebro. De los boulevards 
magnificos, hirvientes y sonoros de afiebrada 
muchedumbre, y de las calles modestas en que 
los anticuarios exponen sus costosas baratijas; 
de los inmensos museos, verdaderos panteones 
de las civilizaciones fenecidas, y de las Iglesias 
viejas y milagreras como reliquias de edades 
santas ; de los mil exposiciones de arte, que avi- 
van el deseo de la riqueza y los gustos costosos, 



tA MUBRTÏ) DEI. CISNÊ IQI 

y de las bosques encantados, que repiten gozo- 
samente las escenas de Watteau; de las cancio- 
nes, de los teatros, de las fiestas, como de los 
gestos ritmicos de las damas arrebujadas en 
cebellinas de cien mil francos, ô del tocado sim- 
ple y encantador de las modistillas, que mues- 
tran al atravesar el arroyo las piemas mas 
picantes é inteligentes del mundo ; de todo trans- 
ciende, al modo que el incienso del vaso sagrado, 
el culto de la forma, el sentimiento de las pro- 
porciones, el placer de pensar, la pasiôn de vivir 
voluptuosamente. I^o mismo en las salas del 
lyouvre, donde reinan lyancret, Fragonard y 
Pater, que en los jardines de I^e Nôtre, donde 
susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los 
ruisenores de Ronsard y Verlaine; que en los 
grandes coliseos ô en los pequenos cabarets, se 
aprende à sentir y amar la vida bella y risueria. 
lyos escaparates dan lecciones de buen gusto, 
ni mas ni menos que las perspectivas majestuo- 
sas de los Campos Bliseos, ô las maravillas en 
piedra labrada como los ébanos y los marfiles, 
ô los parques deliciosos, poblados de amorci- 
llos traviesos y ninfas desnudas. I^as mujeres 
que pasan son como cuadros firmados por I^a 
Gândara y Boldini. En un coche va el amor. 



192 I,A MUERTE DHL CISNK 

Bl placer se respira. Mas, de vez en cuando, una 
impresion fuerte, una mole gloriosa : el Arco dd 
Triunfo, la columna Vendôme, dan el escalo- 
frio heroico de la Revoluciôn ô de las âgui- 
las impériales, y hacen pensar que los galos 
tomaron siempre a pechos el ser valientes y el 
desdenar la vida, y que desde muy antiguo 
supieron « caer, sonreir y morir ». 

Cuando Emerson dijo que « el mundo era 
una precipitaciôn del espiritu », pensaba, sin 
duda, en el dulce pais de Francia. Palacios 
encantados de reyes galantes y favoritas pom- 
posas; cortes de las Margaritas de Navarra; 
marquesas de Montespân y de Pompadour; 
heroismo de la Pucelle ; risas rabelasianas ; lâgri- 
mas ardientes de Juan Jacobo; peregrinajes de 
las Charmettes y de la Malmaison; valles rien- 
tes, florestas embalsamadas, montanas de la 
Saboya de flancos cubiertos de verdura y cuyas 
calvas cimas coronan los oros del sol ô disimu- 
lan las pelucas empolvadas de las nubes, \ dulce 
Francia ! Ningùn pueblo hizo lo que tu por 
accordar las inexorables leyes del uni verso a los 
deseos caprichosos del corazôn. \ Tu historia es la 
mas sentimental, noble, romântica y à una la 
mas femenina y heroica ! ; Amable I^utecia ! 



I,A MUERTE DBI. CISNE IQ^ 

j Qmén puede resistir a la sugestiôn de sus ideô- 
logos, al encanto de sus poetas, al prestigio y 
magia de sus artistas ! I^as ideas francesas, aun 
las frivolas, nos seducen por su coqueterîa y 
travesura como esas petites femmes blondes ves- 
tidas por Paquin. Son ideas apasionadas y cari- 
ciosas, que amamos cuasi camalmente y con 
todas las debilidades de los corazones amoro- 
sos, cual à las mujeres venidas al mundo bajo 
el signo de Venus, nacidas para encantar, y que 
continuan pareciéndonos buenas y deliciosas 
hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo 
que, cuando las peregrinaciones por el mundo 
del pensamiento alejan a los Don Juanes del 
saber de los boudoirs rococôs, aun poseyendo a 
la ansiada verdad en suntuosos lechos, se déplora 
no haber permanecido fieles a las idéales damas 
que han ejercido en la sociedad entera la misma 
suave influencia que en Francia las preciosas 
del Hôtel de Rambouillet. Elias se obstinan en 
la amable companîa del arte, de la literatura 
y del amor, y contra el imperialismo teôrico y 
prâctico de todas las clases, en desarroUar como 
antano, casi exclusivamente, el espiritu y la 
emotividad. De ahi un pueblo de razonadores 
y artistas ; de f raseadores y voluptuosos ; de ahi 



K. 



194 I^A MimRTlS DBI, CISNB 

el erotismo floreciente en la vida y las letras, y 
las hemorragias de la palabra, que caïman las 
fiebres sentimentales de la humanidad y debt- 
litan las energias viriles de los franceses; de 
ahi la sociabilidad francesa, porque la sociabi- 
lidad « es cosa que nace de la mezcla dichosa 
de la inteligencia y la sensibilidad ». Y como en 
sociedad lo primero es la mujer, esta ha tenido, 
y signe teniendo, dominante influjo sobre las 
ideas y costumbres, dulcificando las unas y las 
otras y prestândoles à los dos un encanto 
femenino, y como femenino, voluptuoso. 



• j 



No 



o ha menester vasta ciencia histôrica ni 

i mayor penetraciôn psicolôgica, para constatar 

la importancia de los materiales f emeninos intro- 

ducidos en la arquitectura del aima francesa, 

desde Clotilde, la cristiana esposa del bârbaro 

i Clodoveo, y Eloîsa, la apasionada amante del 

bello y castrado Abelardo, hasta la falange de 

las favoritas reaies, las lieroinas de la Revolu- 

ciôn y las condesas porta-liras, que reinan 

' actualmente en el Pindo francés y le commii- 

i can à la juventud sus fiebres liricas y embria- 

gueces dionisiacas. 

I I^a llama erotica de Eloîsa, a cuyo sepulcro 

han ido a recoger florecillas todas las gêner acio- 

nes românticas, se comunica a los fornidos 

pechos medioevalcs; los calienta, enternece y 

prépara, en cierto modo, para recibir el pan 



igô I.A MUERTE DEIy CISNE 

eucarîstico de las costumbres galantes y el espal- 
darazo de la caballeria. I^as esclavas del rudo 
senor salen del encierro de los almenados cas- 
tillos, incrustados en las rocosas cumbres, hos- 
cos y solitarios como los nidos de los buitres, y 
empiezan a presidir, prodigando las gracias que 
inflaman el coraje y encienden los apetitos, las 
justas, los torneos, lascortes de amor. Ivos pajes 
suspiran ; los caballeros quiebran lanzas por los 
ojos ensonadores de las damas 6 madrigalizan 
a los pies de ellas, hincada la rodilla en cojines 
de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen 
cosas tiemas y sutiles. Asi se amansa la braveza 
de los instintos, ablandân los caractères duros 
y rijosos y elaboran los sentimientos delicados 
que luego pulen y refinan reinas amables, mar- 
quesas amantes de las cosas del espiritu, favo- 
ritas fastuosas, protectoras de las artes y las 
letras y cortesanas que por ser muy conversa- 
bles y donosas, reunian en torno suyo como 
Safo y Aspasia en la antigiiedad, lo mas granado 
de la nobleza y la flor y nata de los ingenios. 

lya sociabilidad francesa, con su carâcter y 
matices propios, es la obra casi exclusiva de la 
mujer : su expresion mas culminante y acabada 
son los salones. Gracias a ellos la influencia 



I.A MUKRTE DEI. CISNE I97 

femenina se ejerce, no solo en las artes y las 
costumbres, sino también en las ideas y hasta 
en la politica. I/OS Saint-Simon, los Michelet, 
les Concourt, los Du Blet nos dicen al respecto 
cosas muy curiosas y amenas. Bn las minùscu- 
las cortes de la marquesa de Rambouillet y las 
preciosas que recogieron la herencia de la f amosa 
chambre bleue, donde Corneille leyô el Poliuto 
y pronunciô Bossuet su primer sermon, se forma 
el buen gusto y adquieren las bellas maneras, 
elegancias sentimentales y gracias, en fin, que 
transforman el trato en don de gentes, la con- 
versaciôn en arte, la fria urbanidad en graciosa 
politesse y en talento en esprit. Y esprit, poli- 
tesse, don de gentes y arte de la conversaciôn, 
llegan a hacerse cualidades genuinamente fran- 
cesas, acrisoladas bajo la égida de la mujer, y 
que bien observadas podrîan explicar, por la 
sociabilidad y todo lo que ella entrana y de 
ella se desprende, las virtudes y vicios, las flaque- 
zas y heroîsmos, la vanidad y el amor del género 
humano de la antigua Galia, naciôn de vanos 
tumultos, como la llamô César, y tan amante 
de la sociedad y los bellos discursos, que a uno de 
sus dioses se le representaba aprisionando a los 
hombres con las cadenas que salian de su boca... 



p„ 



ERO antes del invento del salon, las Marga- 
ritas de Navarra, la Mignonne de Francisco I, 
autora de innumerables poesîas y del picante 
« Heptamerôn », y la adorable Margot, la esposa 
repudiada del caballeresco Enrique IV, escribian 
sus versos y sus prosas rodeados de amigos y 
admiradores ; sociedad amable y brillante, que 
impone sin violencia el gusto y las modas â las 
cortes de los reyes, y en la que figuran, para 
realzar su prestigio, los espiritus selectos de la 
época : poetas, artistas, filôsofos que se agru- 
pan en torno de las reinas galantes, como luego 
« lya Fontaine, Molière, I^a Rochefoucauld y 
tantos otros en torno de la sin par Ninon. Y lo 
que son para las letras, las artes y el amor — 
cosas que anduvieron siempre juntas y en muy 



T,A MTJKRTïJ DETv CISNE I99 

buena armonia, — la divina Diana de Poitiers 
en el Renacimiento, la demoniaca Montespân 
en la corte de lyuis XIV, la Pompadour en el 
siglo XVIII y madame Tallien en el Directorio, 
lo son para sus tertulianos y protegidos, las mar- 
quesas de Rambouillet y de Sevigné, las I^en- 
cios, y mas tarde las Warrens, las de Genlis, las 
Staël y hasta la misma Theroigne de Méricourt, 
la famosa patriota, cuya casa frecuentaban 
les principales hombres de la Revoluciôn, y a 
\ quien una maquinaciôn diabôlica de sus riva- 
j les, una azotaina en pùblico a sayas levantadas, 
cortô su heroica carrera y hundiô para siempre 
cubierta de oprobio, en las tinieblas de la locura. 
lyos salones honran las artes y las letras, y 
, antes que las academias, depuran y afinan la 
expresiôn por medio de la causerie y consagran 
la gloria de los escritores. Dulcisimas senoras 
ponen con sus blancas manos el laurel en la testa 
de los vates y artistas ; lanzan a los cuatro vien- 
tos de la fama los nombres y los libros, y dan 
pâbulo y libre curso de mil maneras à la emo- 
tividad romântica y las modas sentimentales 
que, andando al tiempo, hacen estallar las revo- 
luciones. Sin la sensibilidad femenina preparada 
prolijamente por las preciosas y la literatura, 



200 I.A MUERTK DEIy CISNE 

por las conversaciones amatorias y el hechizado 
influjo de les Amadises, las Astreas y las Cartas 
du Tendre, donde se aprende la geografia del 
corazôn y les bizantinismos galantes ; sin las 
blanduras emotivas de las novelas de Melle, 
Escudery, ni las endechas, ni les madrigales, ni 
la atmosfera sentimental creada por la casuistica 
amorosa y los discreteos filosôficos de los salo- 
nes, es muy dificil que la « Nueva Bloîsa « y 
el « Contrato Social, hubieran tenido tan hondas 
repercusiones en el siglo xviii. Pero este es un 
siglo en el que reina la mujer en absoluto, y 
con ella el sentiment alismo, el capricho y la 
pasion; gérmenes de la sensibleria y el misti- 
cismo social que habian de florecer lozanamente 
en el aima femenina de Juan Jacobo, encon- 
trar luego su formula politica en los principios 
de la Revoluciôn y la expresiôn poética en d 
romanticismo y sus retonos. 



N< 



o déjà de ser una coincidencia curiosa, que 
entre los amigos de la mismîsima Pompadour, 
en el propio Versailles, en el pequeno departa- 
mento del Dr. Quesnay, médico de la favorita 
y privado del Rey, se discutiesen los problemas 
sociales y econômicos menos ortodoxos y expu- 
siesen en violentas diatribas, las doctrinas mas 
amenazadoras para la religion y la realeza. j Iro- 
nia de las cosas ! Bajo el techo de la cortesana 
real, pero al mismo tiempo de la amiga de Vol- 
taire y los filôsofos, se oyen los primeros runio- 
res de la tormenta revolucionaria. Luego las 
cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que 
Rousseau habia fondus et liquéfiés, acogen incau- 
tas en sus salones à la Revoluciôn como habian 
acogido a la Bnciclopedia, segùn la exacta frase 



202 I.A MUERTE DEl. CISNE 

de Concourt. Minùsculas guillotinas, manejadas 
por afilados dedos cubiertos de sortijas, cortan 
en esfinge, antes que M. Samson, la cabeza de 
Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal 
mojan los panuelitos de batista en la roja y 
olorosa sangre que brota del cuello de los nioni- 
gotes decapitados. Son las mismas fragiles, irre- 
flexivas y apasionadas muîiecas que aprenden 
en el « Bmilio » y la « Nueva Bloisa » el amoi: 
del pueblo y la bondad natural del hombre; 
hacen bonitos bijoux con las piedras de la Bas- 
tilla derrocada, y oyen y discuten las arengas que 
han Se pronunciar sus contertulianos en la Asem- 
blea nacional y en los clubs revolucionarios. Cada 
salon es un ardiente foco de ideas subversivas, 
Bncumbr adas burguesas y hasta linaj udas damas, 
siguen la vertiginosa corriente de la moda, sin 
curarse poco ni mucho de las predicciones, hoy 
tenidas por posteriores a los hechos — bien que 
acaso no lo fueran en su espiritu al menos, — que 
I^a Harpe ponia en boca de Cazotte sobre el 
prôximo reinado de la Filosofia y la Razôn, al 
fin de un banqueté opiparo y jovial : el verdugo 
para Condorcet, Chamfort, Bailly, Malesherbes 
alli présentes; el verdugo, sin confesor, para la 
duquesa de Gramont que reia, creyéndose por 



ït 



I,A MUBRTB DBly CISNE 203 

SU sexo al abrigo de aquel terrible vaticinio; el 
verdugo para el rey de Francia... I^as repulidas 
damas de las cortesîas I^uis XV y de los lunares 
postizos, solo piensan en el retorno a la natura- 
leza idilica, en la dicha universal, acaso en el 
amor libre. Ouien no recuerda el salon de ]\Ia- 
dame Necker, donde discutian con la hija de la 
casa, la autora de Corina, el abate Sieyes, Parny, 
Condorcet ; el salon de Mme. de Beauharnais, 
autora de erôticos libros, y cuj^os tertulianos ocu- 
pan los vénérables sillones en que antes sona- 
ron Jean Jacques, Mably y Bufîon; el salon de 
Mme. Helvetius, electrizado porlaverba ardiènte 
de Chamfort y Cabanis. En taies cenâculos no 
reinan ahora las amables musas que inspiraron 
las gavotas y los minués, sino las furias de la 
elocuencia revolucionaria, excitadas por el sen- 
timentalismo de las cabecitas locas. BUas infla- 
man aturdidamente el espîritu de la Revolucion, 
como mas tarde, sin saberlo, très merveilleuses 
ligeras de cascos y de no mucha sal en la mo- 
llera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un 
salon del Directorio, el envîo de Bonaparte a 
Italia, con lo que terminé la tirania de la liber- 
tad y cambiô la faz del mundo. 
■ lya frase de Michelet : « I^a mujer es la fata- 



204 I.A MUKRTB DEI. CISNE 

lidad )) no es mia mera frase en la apasionada 
historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes 
senoras, virgenes y cortesanas tuvieron, aun 
haciendo caso omiso de la polîtica de oreiller, 
y del prestigio social, pùblica y decisiva influen- 
cia en tan graves convulsiones como la Reforma, 
el Renacimiento, la Revolucion, por no citar 
sino los acontecimientos mas universales; ô 
inspiraron personalmente, como la imperialista 
Pompadour, voluntad heroica en débil cuerpo 
femenino, todo un arte y toda una politica 
internacional, aquella célèbre politica, fracasada 
en la desdichadisima guerra que tanto amenguô 
a la Francia, y que la divina marquesa seguia 
ansiosamente en un mapa, marcando las posi- 
ciones estratégicas con sus lunares postizos de 
engomado tafetân. 

Con eso y con todo, la influencia honda y 
durable de las virgenes sages 6 folles, no es la 
visible, la que se ejerce en el areôpago de la 
plaza pùblica, mas la oculta é intima; la que 
afemina el sentimiento rudo de los hombres por 
medio de las gracias de la conversaciôn, dulzu- 
ras de la amistad, hechizos amorosos é influjo 
del arte, que ellas inspiran y que se dirige prin- 
cipalmente a ellas. En achaques de belleza son 



I 



I.A MUKRTE DEI^ CISNK 205 

a la vez musas, Meceiias y pdblico, el pùblico 

sonado por los artistas, porque el arte es cosa que 

atane a la emotividad, no à la inteligencia, y 

ellas, por instinto, prefieren el sentir al pensar, 

el ensuefio a la acciôn, el arte a la vida. I^as cria- 

turas débiles en los asperos dominios de la rea- 

lidad, adquieren por sus mismas flaquezas natu- 

rales, misteriosa gracia y extrano poder en el 

reino del sentimiento y la ilusiôn. Su mimdo 

propio es el de la sensibilidad y la quimera, y 

como los mil matices de la ternura, los deseos 

vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores 

le los sentidos, todo lo que contribuye a des- 

arrollar, en ùltimo término, la facultad del des- 

larramiento interior, es fuente de liricas efusio- 

les y velados erotismos, no es mucho que en 

û pueblo sociable por excelencia sea ese extracto 

ie lo femenino que se llama la parisiense, la 

îterna inspiradora de poesîa y la maestra de 

as sensibilidades artîsticas y aun podria decir 

nasculinas, ya que a su contacto y por su virtud 

mas y otras se pulen, quintaesencian y con- 

/ierten en prodigiosos receptâculos de emocio- 

les. 

Muchos géneros literarios, aparté de la poe- 
îa lirica, el drama y la novela, que directa ô 

12 



206 I,A MUERTE DElv CISNK 

indirectarnenle inspira sienipre la inujer, iiacen 
como las Memorias, Correspondencias, Diarios 
y Confesiones de la dulce necesidad de darl 
suelta a los sentimientos afectuosos y conversa 
con elegancia, adquirida en el ambiente amable 
de los salones. Por esto y por lo asentado arriba, 
una buena parte de la literatura y, en gênerai, 
el temperamento artistico, vienen a ser asi como 
los grandes y maravillosos espejos en que la 
inujer se mira y que reflejan la imagen de la 
seduccion. El poeta, su hermano y gêner almente 
su obra, es un a modo de intermediario entre 
ella y el resto de la humanidad, que por él conoce 
los secretos de alcoba de la mujer, y a la que él 
inocula el virus de las debilidades y seducciones 
de esta, j Curiosa colaboraciôn ! Este consorcio 
de lo femenino y del arte, induce a pensar obs- 
tinadamente en las afinidades del artista y de la 
mujer — ambos son criaturas débiles, apasiona- 
das y quiméricas, especie de andrôginos que, por 
partes iguales, participan de los mismos defectos 
y las mismas excelsitudes de aquellas dos natu- 
ralezas y condiciones, — y sugiere la sospecha 
de que tal vez constituye una séria amenaza 
para el porvenir de un pueblo, el que predomi- 
nen en él los elementos morales, de que Platon, 



r.A MUBRTB DBI, CISNB 207 

juzgândolos turbadores y débilitantes, queria 
purgar enérgicamente a la repùblica. IvO que 
parece indudable es que la influencia femenina 
y la influencia literaria se confunden, compene- 
tran y asocian para introducir sutilmente en la 
formaciôn del aima francesa, la literatura por 
medio de lo femenino y lo femenino por medio de 
la literatura. Kso explica muy cumplidamente 
el triimfo manifiesto de la mujer y del arte en 
la « Ciudad Luz », y este fenômeno curioso y 
sin précédente en la historia : la supremacîa de 
la mujer en las bellas letras. 



I 



T 



.AI.ES hechos, producto del connubio secular 
de Apolo y Afrodita, parecen las floraciones esté- 
ticas de una civilizacion dulce como las mieles, 
suave y grata como la piel de los cebellinas. Son 
las opulentas rosas y las turbadoras orquîdeas 
que solo podian brotar en el jardin de Francia, 
en una tierra preparada por las exquisiteces 
sentimentales de muchas generaciones para 
sentir, pensar armoniosamente y créer con fer- 
vor en el culto del aima y la religion de la belleza. 
Desde abajo a arriba de la escala social, el 
arte, la literatura y ese lujo de la inteligencia 
que se llama el esprit, por medio de los mil espec- 
tâculos pùblicos, diarios, revistas, conferencias, 
causeriez, exposiciones de toda indole y libros 
de toda suerte, refinan a porfia las sensibilida- 



I,A MUERTE DEI. CISNE 209 

des y desarrollati la faciiltad de comprender. 
Los clichés literarios son de uso corriente en 
todas las clases. lyos términos escogidos han 
pasado al patrimonio comùn del lenguaje vul- 
gar. I^as modistillas pizpiretas y las pesadas 
porteras liablan con las repnlidas expresiones 
y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV, 
y las marquesas escriben con tanto donaire y 
travesura como madame de Sevigné. La estética 
de los boulevards, las canciones tiernas 6 liber- 
tinas, las cortesanas que pasan, dejando tras 
de si como una estela de élégante sensualismo, 
hacen en el pueblo lo que en la crema de la socie- 
dad la ùltima comedia de Capus, la mùsica dis- 
locadora de Pelleas y Melisanda 6 los templos de 
la rue de la Paix. No creo que en ninguna parte 
ni en época ningima, la facultad de sentir sin 
esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los 
ojos y expresar fâcil y graciosamente hayan 
llegado nunca a tan rara perfeccion. Chistes/ 
alusiones, sutilezas; matices de la ironîa y del 
sentimiento, nada escapa al pùblico que en los 
domingos populacheros 6 en las soirées de gala, 
nvade los grandes 6 pequenos teatros de Paris. 
A.ntes que las palabras hayan concluido de salir 
ie la boca del actor ô del conferenciante, ya 

12. 



210 LA MUERTE DEI. CISNE 

han sido cogidas al vuelo y a veces comentadas 
con un chiste, una exclamaciôn oportuna ô una 
sonrisa graciosa y escéptica, mientras que los 
ojos, siempre inquietos y burlones, descubren 
los flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, 
mofios y perendengues de toda la sala. Bs un 
pùblico, sobre todo si abunda el bello sexo, eru- 
dito y alerta, que conoce al dedillo los autores, 
los géneros, las obras, clâsicas y modernas, las 
ùltimas novelas, « I^as Flores del Mal » y las 
« Fiestas Galantes » ; y que habiendo macerado su 
corazôn en ese artificio literario y mezclado toda 
esa literatura a la vida, se ha hecho extremada- 
mente comprensivo, vibrante y extrasensible 
a las manifestaciones de lo bello. ' 

Mas como « la belleza es toda la mujer », la 
emociôn estética, después de pasar por los mil' 
filtros del cerebro y del aima, hacia la mujer 
va callada 6 ruidosamente, como el agua dd 
deshielo corre de las yermas alturas a los valles 
floridos. El Arte y la I^iteratura la glorifican y 
viven postrados a sus pies. Bl uno es su paje, la 
otra su esclava. 



E: 



fiy amor de la forma, puede decirse que rema- 
taba entre los helenos en las lineas armoniosas 
de la criatura humana, en el desnudo ; el mismo 
amor entre los parisienses se hace gênerai y con- 
creta en las elegancias del tocado femenino. I^a 
religion de la belleza se transforma en religion 
de la mujer; sobre todo de la mujer élégante, de 
la que pasa su vida en casa de los modistos, 
joyeros y toda laya de fournisseurs) y duerme 
con guantes ô careta para afinar el cutis, y se 
amasa cruelmente, y martiriza el estômago y 
el cuerpo, y gasta millones para componerse 
una silueta propia, realzar su belleza por todos 
los medios, y darle al mundo la peregrina sen- 
saciôn de la elegancia, de una elegancia que es 
pomo el perfume delicado de un viejo vino, la 



212 I,A MUERTE DEly CISNE 

flor encantada y efimera de una civilizaciôn 
secular. 

> I^os sabios, los moralistas austeros no saben 
apreciar tan grandes sacrificios ni las transcen- 
dencias de la toilette. Son hombres eminente- 
mente cultivados, pero sin fineza ni distinciôn 
moral. lylaman desdenosamente vano y puéril 
al arte que se sirve de todos los otros y pone a 
contribuciôn las mas peregrinas aptitudes para 
encantar; sentimiento del color, de la linea y 
del matiz; gusto seguro de la alhaja y del mono; 
ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud; 
dominio perfecto de las elegancias estéticas que 
constituyen el chic, imaginaciôn y osadia en el 
arte de plaire, y por medio de la armonîa de los 
colores y la cadencia del pliegue, plasmar la 
voluptuosidad del cuerpo, la coqueteria del espî- 
ritu y las gracias del aima. I^o que parece pura 
frivolidad, es asunto gravîsimo : una religion 
misteriosa, que obedece a muy hondas necesi- 
dades éticas y que tiene sus templos, ritos, sacer- 
dotesj^y pitonisas. Paris es la Meca de esa reli- 
gion ligera y sutil. La tiendas de los modistos, 
joyeros, fabricantes y vendedores de articulos 
femeninos, son las capillas ardientes del gusto 
de Francia, y los pontifices: la muchedumbre de 



I.A MUKRTE DEIy CISNE 213 

escritores, artistas, industriales y obreros que 
trabajan en la realizaciôn de la belleza mas per- 
ceptible y necesaria acaso a la especie : aquella 
, que entra por los ojos y golpea las puertas de la 
sensualidad. 

Es el mundo de la Gracia dentro del mundo 
del Esfuerzo, y que explota y esclaviza a este. 
De los rincones apartados y huranos del globo, 
de los bosques salvajes, de las entranas del pla- 
neta, del fondo de los mares, de las estepas hela- 
das, de las arenas candentes, de las cumbres 
solitarias, de los talleres populosos como ciuda- 
des; salen las piedras de irisados colores, las 
pieles costosas, las perlas pâlidas y dulces como 
ninas anémicas, los corales, marfiles, las maderas 
olorosas, las telas y sederias, y los encajes tan 
primorosos, tan sutiles que dirianse hechos de 
suspiros y de suenos; y todas esas preciosida- 
des de la naturaleza y la industria vienen a 
depositarse à los pies de la parisiense, la cual con 
lin arte infinito é inagotable invenciôn las com- 
bina de mil maneras, las dispone sabiamente y 
anima de una vida extrana y voluptuosa, como si 
le comunicara a los materiales bellos, pero inertes 
tl calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos 
oiateriales, dociles a la magia de las manos dimi- 



214 IvA MUERTE DEly CISNE 



nutas, operan el supremo milagro de hacer pal- 
pables todos los aspectos de la hermosura feme- 
nina, transfigurândola en una perpétua metamor- 
f osis que, al multiplicar los encantos y seducciones 
de la mujer, dilata su imperio estético y éleva 
la frivola coqueterîa a la dignidad de un sacer- 
docio. 

Ella lo sabe. BUa sabe que los élégantes toca- 
dos y la atmôsfera encantada de lujo y refina- 
miento, son las investiduras y el ambiente 
sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la 
Belleza. No ignora tampoco que solo la ciencia 
del chiffon satisfarâ plenamente su ingénita 
necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carre 
de guerra de su hermosura triunfante. Respetos 
sociales y homenajes masculinos le vendrân 
de la fama de élégante, porque ser élégante es 
uno de los privilegios y titulos envidiables a 
los ojos parisienses. I<a soberania de la elegancia 
no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo 
les casques dorés, jdi que por medio de ella, como 
los pintores por medio del color y de la linea, 
provocan las sensaciones que les pide un publiée 
de émotives y sibaritas, y expresan elocuente- 
mente lo que son, lo que quieren, lo que pue- 
den... 



tA MUERTE DEIy CISNE 215 

I lyas magnificencias de Paris foriiian el ornado 
imarco que mejor cuadra a la belleza viviente, 
la mas costosa y artificial. Hasta la luz suave, 
'xomo pasada por filtros de âmbar y ôpalo, 
1 parece que fué hecha para disminuir la crudeza 
de los colores, la rigidez de las lineas y envolver 
la silueta femenina en una penumbra misteriosa. 
Millares de criaturas presas en talleres sombrios 
y sordidos tugurios, trabajan y aguzan el ingé- 
nie para herrnosearla y hacerla fina y eterea. Es 
la obra nacional. Grandes y chicos contribuyen 
à ella mas 6 menos direct amente. Todo espec- 
tâculo es un pretexto para el torneo de las Gra- 
cias. Toda fiesta una ocasiôn de afirmar el 
imperio de la Elegancia y del Gusto, y estable- 
cer la renida supremacia de Faquin, Doucet 6 
Redfern : monarcas del figurin que se disputan 
^1 cetro de lyuis XIV y el globo de Carlomagno. 



L 



fo fùtil, el detalle nudo y vacuo al parecer, 
pero lleno de psiquica jugosidad si se observa 
con ojo experte, révéla a veces lo que no descu- 
bren hechos importantisimos, libros vénérables 
ni mamotretos de copiosa ciencia. Decia un 
gran pintor que « el verdadero arte comienza 
allî donde pequenos toques producen grandes | 
cambios ». Acaece algo semejante en las cosas 
de la vida y no es muy zahori el observador de 
ella a quien lo infimo no sugiere lo transcen- 
dente, ni ve en lo frîvolo el cristal, que dejar 
suele en las costumbres, la ebulliciôn y luego el 
enfriamiento de las grandes causas. Es por este 
orden de razones que no me parece despro- 
visto de sal ni miga el espectâculo curioso, aun- 



I.A MUERTE DEI. CISNE 217 

:jue nada ajeiio al ambiente de los meetings spor- 
:ivos, que tuve la fortuna de presenciar en el 
lipôdromo de Trouville. 

Bra una gozosa confusion, un mareante vai- 

^én de trajes vaporosos, sombreros como canas- 

as de flores y blanquisimos zapatos que co- 

rian como albos conejitos de la India sobre el 

-erde riente de las pelouses. I^a donosa y opuesta 

luchedumbre giraba en torno de los resplande- 

ientes atletas del turf, bestias finas, artificiales 

como tallados primorosamente en maderas 

uras, é invadia luego las casillas del Pari- 

Eutuel, donde a cambio de algunos francos, 

asta a los humildes mortales les era dado sos- 

mer un trâgico cuerpo a cuerpo con el Destino 

gustar un minuto la vida intensa de los héroes 

los dioses... Pero de pronto se produjo un 

miulto extrafio y luego una especie de remolino 

i curiosidad que atraia a un punto del padock 

pùblico disperso. lyas gentes acuden presuro- 

.8, las cabecitas de Helleu se apinan, los labios 

'jos como fresas murmuran un nombre y los 

os agrandados por el kohl, se abren extâticos 

•mo ante una apariciôn celés tial. ïQué era? 

ra madame Paquin, la Kmperatriz de la Moda, 

le aparecîa por primera vez en pùblico des- 

is 



2l8 I,A MUERTE DEI. CISNE 

pués de la muerte de su bello y perfumado 
esposo. Vestîa de medio luto, traje blanco ador- 
nado de terciopelo, tricornio negro con triun- 
fal pluma blanca : el conjunto una maravilla 
de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de 
punto por las garrafales perlas de las orejas y; 
el collar de quinientos mil francos. Sonriente, i 
segura de sus impecables actitudes y prestigio 
ùnico sobre las imaginaciones femeninas; sa- 
biendo que todas sus esclavas le pedian algo 
sumisamente, dejâbase contemplar al desgaire 
prodigando a uno y a otro lado principescas 
sonrisas, mientras con la falda recogida en una 
mano y en la otra la sombrilla, cuyo puno de 
azabache conservaba con un gesto de virgen 
pùdica a la altura de la boca, avanzaba lenta y 
rîtmicamente, elevando las piernas a la manera 
clâsica de los mannequins para posar luego los 
pies con mimo sobre la verde alfombra. Y cada 
movimiento y cada nueva actitud eran como 
una lecciôn prâctica de estilo y encantadora 
fragilidad. I^as duquesas, las archimillonaria^ 
yanquis, las artistas célèbres, las cortesanas de 
alto cotunio y, finalmente, los hombres se incli-; 
naban a su paso. Allî no habîan méritos ni titu- 
los que no se eclipsaran, ni testas que no se 



I.A MUERTE DKIy CISNE 21 9 

abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza 
femenina. Ella imper aba sola. 

En medio del oro de la tarde, aquella escena 
tomo de subito a mis ojos la augusta significa- 
ciôn de un simbolo : el de la Francia deposi- 
tando sus ofrendas a los pies de la Voluptuosi- 
dad. 



s 



'i «la belleza es toda la mujer », 6 como dice 
Gourmont : « la belleza es una mujer y la mujer 
es la belleza », pero como la mujer es el amer 
este es el término fatal del estetismo parisiense. 
i Que mucho que el nino ciego impere como ùnico 
dios en la gran ciudad latina ! Mas no se trata 
del infante terrible que disparô sus fléchas en 
las ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, 
sino de un amorcillo muy civilizado y donoso 
que lleva su carcaj repleto de romances, epigra- 
mas y madrigales. Cômo habîan de resistir les 
lîricos corazones al Tentador que se sirve para 
encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la 
Poesia. No cabe sino que triunfe, y en realidad 
triunfa soberano en la literatura y la vida. Una 



LA MUERTE DEIy CISNE 221 

comedia sin conflictos amorosos ni tocados élé- 
gantes no dura en los carteles; las novelas sin 
dramas pasionales 6 picantes escenas de alcoba 
no se leen; los versos sin erotismo no llegan al 
aima; la mùsica sin embriagueces ni escalofrios 
voluptuosos no prende sus liricos garfios en los 
oidos. De esta suerte el nino desenfadado dicta 
las modas sentimentales. Kl teatro, el arte y los 
Libros son como academias de voluptuosidad 
y escuelas de casnistica amorosa en las que se 
ensena a percibir doctamente los variados mati- 
ces de la sensualidad, desde el travieso flirt, 
les passionettes y las dulzuras de la amitié amou- 
yeuse, hasta los desatados impulsos del corazôn 
Y los bizantinismos galantes. Como comple- 
mento y remate de esta educaciôn sentimental, 
también se aprende de una manera no menos 
iocta ni prolija, la ciencia de la expresiôn câline 
y el arte de la caricia endormante. Y este arte y 
iquella ciencia constitu3^en, lo mismo que el 
'Mo, uno de los monopolios de la fin a sensibili- 
iad y linda imaginaciôn de la parisiense, alada 
maginaciôn que ha enriquecido la lengua con 
ma cantidad de desmayadas expresiones y do- 
:ado la plâstica de gestos y actitudes que son 
:omo las grandes iniciales del breviario erôtico. 



223 IyA MUERTE DEI. CISNE 

Asî, pues, la cultura como la moda, parece 
que no tuviera otro objetivo que embellecer 
la voluptuosidad y endiosar el amor. Bn un 
ambiente tan propicio a las emociones blandas 
y regaladas y que por tan varias maneras favo- 
rece la cristalizaciôn de las sensibilidades artis- 
tas, cae de suyo que estas predominan y quel 
los sentimientos austeros y viriles sean formas 
secundarias de la emotividad francesa, esen- 
cialmente literaria y erotica. No Uegaré al ex- 
tremo de decir, como la indignada yanqui de 
Huret que « un francés, es una funciôn sexual », 
pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros 
sentimientos, y particularmente el de la belleza 
y los mismos apetitos materiales, degeneran en 
apatencia de la mujer, se subordinan al amor 
y son como preludios de la gran orquestaciôn 
amorosa. Es el negocio pùblico, como la belleza 
femenina es la industria nacional, y no podia 
menos de ser asi en el encantado jardin de la 
tierra donde la sociabilidad de las gentes, la 
agilidad del espiritu, la rapidez de los movi- 
mientos del aima y la molicie del medio, hacen 
que, hasta los mas austeros, se coronen de rosas 
y se apresten a gozar de la vida en comùn y 
tiernamente. I^a etema canciôn se oye lo mismo 



I,A MUERTE DEI. CISNE 223 



i 



en las espaciosas avenidas del Bois que en los 
salones; en los musical-halls donde impera el 
desnudo, como en los teatros, hipodromos 5^ 
paseos élégantes donde el vestido, después de 
, haber realzado osadamente las curvas y pro- 
tuberancias tentadoras de la mujer, las suprime 
para darle a esta el encanto picante y equîvoco 
de los donceles afeminados. 

U No vaya a creerse por lo dicho que la licencia 
y el libertinaje echados en cara por los extran- 
jeros a los franceses, sin percatarse de que taies 

, manifestaciones de tolerancia moral son acaso 
el producto del exceso de inteligencia y el reverso 
de cualidades muy nobles y humanas, reviste 
la forma grosera de las saturnales del Direc- 
torio conducidas por Mme Tallien y las Mer- 
veilleuses. Ks menos y es mas, por que es como 
la disipaciôn de los hombres mundanos, una 
especie de elegancia del aima, una sensualidad 
estética. I^as directoras de los orgiâsticos coros 
son las Musas de Paris. Coronadas de laureles 
conducen la lirica bacanal. La formula poética 
de las blanduras sentimentales, de la voluptuo- 
sidad, de lo femenino, no podia menos de ser 
un feliz hallazgo de la femenina inspiraciôn. 
Nadie mejor que las Safos habian de ofrecerle 



224 ^A MUERTE DEI. CISNE 

al mundo la manzana de Bva y los misteriosos 
secretos de Afrodita. lyO logran con desnudarse, 
y en efecto se desnudan, y poseîdas del delirio 
sagrado, absorben por la âvida boca de los ocho 
sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda 
y la ofrecen como un vino embriagador en el 
ânfora de sus cuerpos trémulos. Al grito bâquico 
de libertad y con un impudor que los lirôforos 
no conocîan, ensenan las carnes atormentadas 
por el divino Deseo, por el exasperado sensua- 
lismo de innùmeras generaciones esclavas de la 
razôn y sumisas a la castidad. I^as hijas espiri- 
tuales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado 
Vogue llama las musas de la Revoluciôn, can- 
tan, en verdad, como Jean-Jacques, Bernardin 
de Saint-Pierre, Senancour y los grandes român- 
ticos, los derechos de la pasion, la soberania del 
instinto, la rebeliôn del individuo contra la 
sociedad y el amor panteista de la naturaleza 
en que se traduce su frenético erotismo. Todas 
dicen : 

« Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées, 
Je mangerai Tété comme un gâteau de miel ! » 



o 



« Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés, 
Un vase d'Orient où brûle une pastille. » 



l 



I,A MUBRTE DEI. CISNE 225 

ô aun : 

« Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux. 
Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux 
Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes ! » 

Pero mejor aùn cantan en versos de una rara 
perfecciôn, mas sinceros y profundos que los 
de Hugo y tan dulces y musicales como los 
del pobre lyelian, la cancion de Bilitis, « el arte 
delicado del vicio », el amor del amor, la reli- 
gion del placer, la conciencia del mal, los siete 
pecados capitales de la Injuria. Aquello que los 
poetas, menos sensitivos y vibrantes, solo podian 
balbucear torpemente, ellas lo formulan con pere- 
grina virtuosidad; lo que ellos no acertaban a 
discernir, ellas lo revelan con pasmosa claroviden- 
cia é imâgenes magnîficas y aladas. Su pénétrante 
anâlisis recorre âgilmente el misterioso teclado de 
las molicies del cuerpo y del aima. Tal lucidez en 
las cosas del amor y las flaquezas de la volun- 
tad, es la causa oculta del triunfo de las moder- 
nas bacantes en la gaya ciencia. Kllas poseen el 
término justo y dichoso para expresar todo lo 
que es desma^'o, caricia y ensonaciôn. I^a mùsica 
desfalleciente y enervadora de sus versos y las 
nostalgias innnitas de su poesîa, que mejor que 

13. 



I 



226 I^A MUERTE DEI, CISNE 

cualquier otra « es sensualidad transformada 
en eretismo mental », responden al sibaritismo 
del corazon y del cerebro y constituyen la tipica 
manifestaciôn de la recrudescencia, fâcil de 
prever, sin embargo, de lo que antes se llamô el 
mal del siglo, de lo que un filôsofo llama hoy 
el mal romântico, que es en suma, el mal de 
vivir : la ineptitud para la vida, la repugnan- 
cia de lo real y la moral anarquia en que, â 
vueltas de tantos idealismos y refinamientos 
sentimentales, suelen caer las naturalezas mâs 
finas y cultivadas. 



s 



'esudos autores sospechan que el Roman ti- 
cismo es, en el fondo, un a insurrecciôn del sen- 
timiento y del instintp contra la razon, contra 
el sometimiento a la régla dictada por la expe- 
riencia de las sociedades, y pretenden que la 
sensibilidad romântica y el espîritu revolucio- 
nario derivan, unos, como Taine, del mismo 
espîritu clâsico, otros, y son los mas, de Rous- 
seau y sus secuaces. Harto ligeramente echan 
los ûltimos en olvido que la furia de la Revolu- 
ciôn fué la Razôn misma, y que Rousseau y 
los ideôlogos fueron los descendientes legitimos 
del idealismo y de las abstracciones de los filô- 
sofos, empefiados lo mismo en Egipto y la India, 
que en la Francia del siglo xviii, en construir 
tm hombre idéal, un hombre de museo, para lo 



228 I,A MUERTE DEI. CISNE 

cual hacîa falta arrancarle las entranas y relle- 
narlo de metafîsica estopa; de les filôsofos que 
impelidos por la soberbia de la mente, creyeron 
posible sustituir la idea a la realidad, la abstrac- 
ciôn al hecho, la teoria a la historia, la presun- 
tuosa razôn de Descartes, que a pesar de sus 
titulos en apariencia indiscutibles a la hegemo- 
nia sobre lo humano, no conoce los fenomenos 
sino histôricamente, es decir, después que han 
dejado de producirse y cuando ya no tienen nin- 
gima acciôn sobre los fenomenos présentes, des- 
conocidos a su vez, al instinto vital, que obra 
siempre en el sentido favorable a la expansion 
de la vida porque él es ya el principio de su 
expansion. No ha de confundirse este instinto 
vital con el instinto, el sentimiento y la natura- 
leza de los revolucionarios, vislumbres obscuras 
de la imperialista condicion humana. Tengo para 
mi que el sentimentalismo romântico no es 
otra cosa que una interpretaciôn descarriada 
de la legitimidad, entrevista im instante, de las 
pasiones y del egoîsmo nietzsquiano. Y se me 
ocurre, aunque parezca espantable sacrilegio, 
que si por la bondad nativa del hombre se hu- 
biera entendido la gravitacion sobre si y el deseo 
de poder, la Revoluciôn habria tenido consecuen- 



I,A MUBRTE DEI. CISNE 229 

cias harto mas provechosas para la humanidad 
y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo pro- 
clamô la excelencia del hombre natural no co- 
rrompido aùn por la civilizaciôn, reaccion légi- 
tima en el fondo, contra el artificio del orden 
social y el racionalismo de la Bnciclopedia ; 
pero lo que triunfa en los héroes românticos no 
es el egoismo sano del salvaje, que las necesida- 
des sociales pueden convertir en virtud y amor 
hacia las demâs criaturas, sino el egoismo pato- 
lôgico del hombre sensible, que muy luego 
remata en anarquia moral. Razon cartesiana ô 
predominio absoluto de la inteligencia sobre el 
instinto, y primitivismo, ô retorno a la natura- 
leza, se transforman respectivamente gracias 
al desconocimiento de la fisiologia humana y 
los devaneos de la literatura, en racionalismo 
demagogo y sentiment alismo roman tico, dos 
pestes. Pero no pudo ser de otro modo. No se 
conocia bien, a pesar del amor propio de I^a 
Rochefoucauld, el fondo imperialista de la 
humana naturaleza; ni se tenian nociones del 
darwinismo social; ni de las leyes que rigen 
la evoluciôn de las sociedades; ni Comte habia 
dicho « que solo son buenas las verdades que 
nos convienen », vaciando de ese modo en una 



230 I.A MUKRTK DKIy CISNE 

frase la esencia del utilitarismo y del pragma- 
tismo, iconoclastas de la verdades absolutas y 
del bien en si. Filosofia, literatura y arte se 
encaminaban directamente a refinar el senti- 
miento y combatir rudamente la animalidad, 
los instintos dominadores, el pecado original 
de los cristianos. ho mismo los autores del 
siglo XVII, hidrôpicos aùn de teologia, que las 
admirables, pero incomplet as intuiciones de 
Buffôn 3^ Condillac, que la pseudo-ciencia his- 
tôrica del noble Condorcet, que el misticismo 
social de los utopistas y la lôgica rectilinea de 
los jacobinos, convergian por distintos canales 
a la maravillosa y ridicula concepciôn del hom- 
bre abstrato, esa quinta-esencia del irréalisme 
que nos embriaga todavia. Siguiendo atenta- 
mente el curso de las ideas se cae en la cuenta de 
que no existen verdaderas soluciones de conti- 
giiidad ni irreducibles antinomias entre el espi- 
ritu realista y viril de Corneille y I^a Fontaine 
y el espiritu afeminado y quimérico de Juan 
Jacobo y Senancour, como no las hay entre 
el retorno â la naturaleza de los precursores 
del romanticismo politico y el rein ado de la 
Razon de los revolucionarios. Racine poseia ya 
como los românticos, el triste don de las Id^ri- 



I,A MUERTE DEir CISNE 23I 

mas, y antes que por Saint-Preux, Pablo y Vir- 
ginia y Obermann los nervios habîan sido extra- 
sensibilizados por la caballeria y las costumbres 
galantes, por los Amadises y las Astreas. Clasi- 
cismo y romanticismo se ofrecen al entendi- 
miento como manifestaciones antagônicas en 
apariencia, pero fratenias en realidad, del mismo 
proceso evolutivo y de la misma falsificacion 
idealista, si se entiende por clâsico no lo racional, 
sine lo espiritual, el esfuerzo hecho por someter 
las leyes de la Naturaleza a nuestras aspiracio- 
nes subjetivas. En este sentido el uno encaja 
en el otro; ambos entranan una concepciôn 
que admite y pregona la supremacia de la inte- 
ligencia 6 la del sentimiento, y ambos se oponen 
al espiritu moderno, realista y utilitario y que 
es la résultante de una filosofia basada no sobre 
el instinto ni lo subconsciente, especie de neo- 
romanticismo, sino sobre la voluntad. 

En verdad la sensibilidad romântica y el 
I irrealismo, ora ingénuo, ora docto y terrible del 
pueblo francés antôjaseme la obra de toda la 
cultura francesa y particularmente del exceso de 
cultura literaria y de la influencia femenina en 
el arte y las costumbres. En dosis exageradas la 
literatura y lo femenino intoxican. El lirismo 



232 I<A MUKRTE DKI. CISNK 

social tiene sus quiebras. Filôsofos enamorados 
de la razôn y del idéal y que creyeron devota- 
mente en la omnipotencia de la inteligencia 
desde Descartes y Cousin hasta Comte y Fouil- 
lée; ideôlogos y utopistas fervientes no de un 
derecho, de una libertad, de un bien, sino del 
Derecho, de la I^ibertad, del Bien, fabricadores 
entusiastas de las Salentes, Ciudades futuras 
y Bras de oro de la humanidad, desde Fenelôn 
a Fourrier; briosos poetas como lyamartine, 
Chateaubriand, Hugo, I^econte de lyisle que 
pretendieron substituir el ensueno a la realidad 
y convertir sus encantadas imaginaciones en 
dulce paz campesina, primitivismo patriarcal 
y edenismo terrestre; artistas de la estirpe de 
Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen 
de la civilizaciôn ô muestran en immortales 
frescos sus visiones paradisiacas ; estetas, dra- 
maturgos, noveladores, ironistas y diletantis 
que a nombre de la dicha de la humanidad ô de 
la religion de la belleza condenan iracundos el 
maquinismo, la finanza, las energîas viriles, las 
actividades productoras, lo vital de la vida 
moderna, en fin, todos concurren a formar la 
atmôsfera de estufa favorable a las quimeras, 
ensuenos, molicies, sensualismos y embriagueces 



I,A MUËRTK DEIv CISNE 233 

de amor y de ventura que el choque contra los 
duros ângulos de las realidades resuelve infa- 
liblemente en ironia, escepticismo y mal de 
vivir. 



p 



ORQUE es lo mas insôlito que las exquisiteces 
de la sensibilidad y elegancias mentales, teni- 
das hasta ayer por signos ciertos de superiori- 
dad y dorada cùpula de las civilizaciones selec- 
tas, sean causa y venero de toda suerte de egois- 
mos y enfermedades del aima. Si se para mien- 
tes en ello verâse a poco andar que el sentimen- 
talisme y la sensibleria, el entusiasmo y el lirismo, 
el amor del hombre y de la sociedad universal 
de los hombres sensibles, los delicados y los 
estetas se transforman, si pasan del piano de la 
literatura al piano de la vida, en acritud y 
amor propio feroz, soberbia y aridez de aima, 
aversion de los hombres é imposibilidad prâctica 
de vivir en su compania y de adaptarse a nin- 
gûn medio social. Asi fueron Rousseau, Bernar- 
din de Saint-Pierre, Senancour, eternos judios 



I,A MUERTE DEI< CISNE 235 

errantes del pais de las quimeras, y de la misma 
estofa son los hellos tenebrosos, la larga y maltre- 
clia falange encabezada por Saint Preux, el 
aristocrâtico René y el inconstante Adolfo, 
cuyos descendientes enfermos y desesperados 
desde Rolla y Sorel a Monsieur Venus, parecen 
algo asî como la columna vertébral de la neuro- 
sis de un siglo al que llenan de sus clamores y 
perversidades. 

Y los poetas, escritores y artistas; los eternos 
niîios que un augusto prejuicio consideraba como 
dechados de perfecciôn y arquetipos humanos, 
tienen algo y aun mucho de sus engendros espi- 
rituales. Conocida es su ligereza y vanidad pué- 
ril que los Ueva, entre otros extremos ridiculos, 
a vivir constantemente en la estâtica postura 
del bello Narciso; conocido el amoralismo y 
las depravadas costumbres de los estetas, de 
quienes son acabados spécimens esos compli- 
cados embelecos que se llaman des Ksseintes, 
Phocas, lyord I^elian; conocida la debilidad 
femenina, el ningùn poder de gobernarse y la 
perversion de los exquisitos, admiradores fer- 
vientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. Bn resu- 
men, parece una gran mentira la panacea de la 
cultura literaria, y puede que los refinamientos 



236 I.A MUERTE DEI. CISNE 

de la sensibilidad y la inteligencia, 6 el arte y 
las letras, como queria Rousseau, en vez de 
ennoblecer a los hombres los haga antisocia- 
bles é inhumanos. Cultura é individualismo, ô 
lo que es équivalente, condenaciôn de la socie- 
dad, son sinônimos. Acaso es mas humana y 
sociable la bondad natural, solo que por esta no 
habria de entenderse la que tal creyô el sensible 
é incauto Juan Jacobo, sino al rêvés, el egoîsmo 
puro, resorte propulsor de las aimas viriles y lo 
contrario de las languideces sentimentales y 
flaquezas del carâcter que disenan el perfîl 
moral de los voluptuosos. Bsto explicarîa aca- 
badamente la oposiciôn y disparidad que el 
solo nombre evoca entre sensitivos y viriles, 
idealistas y utilitarios; la escasa virtuosidad de 
sensitivos é idealistas en el dominio de las rea- 
lidades prâcticas y, al contrario, su preeminen- 
cia en el pais de los suenos, esto es, en las acti- 
vidades sub-conscientes que rebajan al hombre 
disciplinado por el ejercicio de la voluntad, 
dueno de si y adaptable por su hâbito de gober- 
narse a las variaciones del medio y lo ponen a 
la altura de la mujer y del nino, en los que domina 
el capricho, la fantasia y es mas debil el juicio 
y menos robusta la facultad de querer. 



I,A MUERTE DEI, CISNE 237 

El infantilismo y sugerente parentesco de las 
sensibilidades artistas y las sensibilidades feme- 
ninas; la emotividad exagerada que hace tan 
irascibles y quisquillosos a los sentimentales; 
la ineptitud social y escepticismo disolvente de 
los fieles de la religion del aima; el pesimismo 
y la ironîa de aquellos a quienes tortura el vicio 
sutil de pensar, no son precisamente seguros 
indicios de virtudes sociales ni demuestran que 
la humanidad anduviera muy acertada al ele- 
gir como ayo y Mentor al amable y picotero 
Espiritu, tan desdenado à menudo por la vida. 
Prometeo le decia a un sàtiro que habiendo visto 
por primera vez el fuego y deslumbrado por su 
resplandeciente hermosura, queria besarlo : 
« Sâtiro, llorarâs tu barba si lo besas, porque el 
fuego quema al que le toca », alegoria cuyo 
sentido expresan, a la par del viejo mito del 
fruto vedado, muchas fabulas, sentencias y 
discursos que indican la sospecha 6 revelan el 
conocimiento de la cualidad anârquica y disol- 
vente de poetas y artistas, y dejan que se colum- 
bre la oposicion del sentir y del obrar, del saber 
y del poder, de lo que Uamaria Nietzche la lucha 
del instinto vital que créa y del instinto de cono- 
cer que destruye. Hay mucho de verdad en 



1 



238 I.A MUERTE DEI. CISNE 

todo ello. Mas que los libros y las doctrinas, el 
comercio de los hombres induce à créer a pie 
juntillas que las clases demasiado afinadas por 
el influjo afeminador de las artes y las letras 
caen en el escepticismo, cuando no en otros 
maies peores, y pierden los brios de la voluntad 
y la virtud de amar la vida y gozar de ella, como 
si vida interior y accion se excluyesen, indivi- 
dualismo y humanidad se rechazasen, lirismo 
y realidad no cupieran en el mismo plato. Des- 
quite del egoismo : sofocado por la cultura dégé- 
néra en esas enfermedades misteriosas de la 
voluntad y la inteligencia que debiHtan à los 
delicados, los desarma y obliga à tender el 
cuello a las ambiciones materialotas, pero vi- 
vientes y sanas de la plèbe. 



Xoi 



ORQUE es muy cierto que esa actitud desde- 
nosa de las naturalezas muy finas y cultivadas 
freiite â la sociedad que se Uama la ironîa, « flor 
funeraria que florece en el recogimiento solita- 
rio del j'o »; esa actitud critica y rebelde que 
impide tomar parte activa en la tragi-comedia 
humana é incorporarse con mansa resignaciôn 
al paciente rebario de Panurgo, es destructora 
como el individualismo anârquico del que solo 
es vigoroso brote, de las virtudes y energias 
sociales, y, por consiguiente, de toda robustez 
moral. I^a conciencia del profunda desacuerdo 
entre pensamiento y accion é individuo y socie- 
dad de que nos ofrecen lamentables testimonios 
la helada indiferencia de Benjamin Constant, 
el orguUo solitario de Vigny, la melancolîa de 



240 I.A MUERTE DEI. CISNE 

Amiel 6 el cinismo de Stendhal, corta las alas 
al deseo de poder é impide vivir, porque no se 
puede tomar en serio un espectâculo fatalmente 
absurdo, eternamente grotesco y al que asisti- 
mos por fueza y pagamos con nuestra desdicha. 
I^a sonrisa oculta la mortal desilusiôn, las heri- 
das del flagelado orgullo y nos venga del mundo 
y su tejido de contradicciones. Bs como un des- 
quite de la personalidad, conveniente en dosis 
moderadas para corregir el optimismo tonto 
de los simples, de lo que llamarîa Schopenhauer 
el filistinismo hegeliano, pero pernicioso cuando 
de las clases pensantes desciende la ironia a las 
masas y se convierte en descreencia, burla y 
cinismo, porque entonces destruye implacable- 
mente las mentiras é ilusiones necesarias que 
forja el instinto vital de las sociedades, con el 
robusto fin de que estas perduren en el mudable 
imperio de Cronos y le pongan su cuno al espa- 
cio. Que una cosa sea verdadera ô falsa desde la 
torre de marfil del pensamiento, iq\iè importa?: 
lo que importa es que sea util a la vida. Acontece 
en esto lo que con esas verdades religiosas, erro- 
neas cientificamente, pero ciertas y eficaces 
desde el punto de vista de la religion ô de las 
costumbres, en las que James echa los nue vos 



I,A MUERTE DEI. CISNE 241 

fundamentos del viejo pragmatismo : iqné mas 
da que sean puras patranas y burdas enganifas 
si curan y dan razones de existir? El utilitarisme 
de Caliban es mas saludable en los trances apu- 
rados que el racionalismo de Ariel. El pueblo, 
lo que en nosostros es pueblo, lo que aùn no 
rompiô el cordon umbilical que une la criatura 
al cosmos, no razona : obra impulsado por sen- 
timientos que son al interés lo que los cuerpos 
a la gravedad : posponiendo toda consideraciôn 
transcendente a la utilidad inmediata. Y preci- 
samente por esta limitaciôn y estrechez de 
juicio acierta con la voluntad de la Vida cuando 
los timoneles de la Idea han perdido la brùjula. 
Para la Vida el instinto, el egoîsmo es mas 
seguro ombrâculo y consejero que la razôn ense- 
lada en los libros. Esta harto frecuentemente 
imengua y desorbita. Obedeciendo a impulsos 
îxtranos al interés verdadero y primordial, suele 
lecir : « Sâlvense los principios aunque se pier- 
lan las colonias ». Pero el instinto vital le habla 
L la razôn como el gran Federico a los doctores 
uando decîa al penetrar en Silesia : « primero 
ne apodero del pais, que después no faltâran 
)edantes que prueben mis derechos. » El santo 
.eseo de poder se queda siempre con las colonias. 

14 



242 I<A MUERTE DEI. CISNE 

La razôn no : contempla la vida reflejada en 
el espejo deformador de la conciencia mientras 
la vida pasa cambiante como la onda, y que la 
misma conciencia no permanece un solo instante 
sin mudanza. Cômo conocer la verdad moral y 
eregirla en norma de conducta si ella no fué 
nunca idéntica a si misma, ni el medio social 
tampoco y si nosotros, al concebirla, jîno somos 
y a lo que éramos? Aplicamos el parche cuando 
el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el 
piano de la logica 6 establecimiento de las verda 
des cientificas en que nuestra fisiologia no tiem 
interés ninguno en enganarnos, el triunfo de la 
facultad humana por excelencia es évidente 
todo es tangible para ella, y razonar notre puisr- 
sance, parece lo mas justo; pero en el piano de 
las realidades esto suele ser lo mas desastroso, 
porque la vida, como el corazôn, tiene razones 
que la razôn no conoce. Un trabajo formidable 
se produce en las reconditeces y antros del aima, 
ignoto para las luces de la conciencia y que 
détermina la mayoria de nuestros actos y voli- 
ciones. Conocemos los fenomenos visibles, de 
nuestra voluntad, como vemos la burbuja que 
estaila en la superficie de las aguas : después de 
haberse formado en el seno de ellas y de atra- 



I,A MUERTE DEIy CISNE 243 

vesar su masa toda. Los verdaderos mô viles 

'que nos impulsan nos seîân desconocidos eter- 

namente al obrar, que es cuando su conocimiento 

podria sernos de algùn provecho para diri- 

gir la vida. lyO que percibe el espîritu es la pro- 

yecciôn de los deseos ; por otra parte, él no es el 

espectador sino el espectâculo mismo. Enga- 

fiados por los sentidos, las pasiones, los antojos 

de la fantasia, los caprichos del corazôn y la 

ôptica deformadora de la inteligencia, el hom- 

bre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que 

G[uiere ni adonde va. La ilusion gobierna el 

irama espantable del mundo. Y asi, impulsa- 

ios por las fuerzas colosales é irrésistibles de 

os sub-consciente ô por la inteligencia, esa 

« petite chose a la surface de nous mêmes », 

;eguimos adelante como autômatas y sonân- 

)ulos en la noche obscura del aima. Solamente 

^ue en el primer caso, nuestras plantas se apoyan 

^n el suelo y por ellas como la savia por las rai- 

:es y el tronco hasta la flor, sube al cerebro la 

'oluntad de la tierra ; mientras que en el segundo 

los lanzamos al aire persiguiendo desalados los 

spejismos de la imaginaciôn, que es pura fan- 

asmagoria cuando déjà de ser el instrumento 

[oeil de aquella voluntad ; perdemos el contacto 



I 



244 ^^A MUKRTK DBI. CISNB 

de las reaiidades ; dejamos de nutrirnos de sus 
jugos divinos y y a no somos otra cosa que vani- 
dad, hojas secas volteando en los lomos del 
viento. 



E: 



II, espîritu pocoprâctico, la ineptitud comer- 
cial, la falta de sentido polîtico y escaso poder 
de gobernarse, esa a modo de debilidad femenina 
y frivola ligereza de los pueblos en demasia 
razonadores, tiene su origen, tal vez, en que 
fueron descepados de la tierra y desposeidos 
del sentimiento de las realidades por la absurda 
falsificaciôn que, a guisa de pecados y vicios, 
combate todavîa torpemente la fuerza funda- 
mental de la humana criatura. Cuando dejan de 
oirse los eternos mandatos de la Diosa se inven- 
tan por repugnancia invencible del mundo y 
miedo de vivir, los paraîsos artificiales 6 conso- 
ladores mentiras del arte con las que se recon- 
forta el esteta y lucha contra lo incompleto de 
su destino; también se inventan las religiones 

14. 



246 I.A MUBRTK DEI. CISNÎÎ 

del aima y las hechicerias de la razôn, y todo 
aquello que por ser enemigo jurado de lo vital 
y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe 
con pérfidas seducciones la facultad utilitaria 
de conocer y prépara el reino brillante, pero 
efimero, de las sofisterîas del corazon y del cere- 
bro. 

Porque asi como en la ciudad I^uz las emocio- 
nes van por pendientes naturales hacia el ero- 
tismo y dejan los sentimientos, no encendidos 
por la amorosa llama, como velados en la som- 
bra, en lo que atane a la inteligencia todo con- 
verge hacia las formas puras y desinteresadas 
del pensamiento, segùn la tradiciôn irrealista y 
anti-utilitaria de los ascetas medioevales del 
saber : especulaciones filosoficas sin aplicaciôn 
a las realidades prâcticas, idealismo politico, 
misticismo social : hinchada palabreria razo- 
nante en la que se resuelven al fin de cuentas 
el racionalismo y el sentimentalismo francés. 

lya Francia es el aima de Juan Jacobo. Suena, 
persigue la injusticia, busca presa de inquiétu- 
des mortales la dicha universal y con todo ello, 
y quizâ a causa de ello, no puede reducir la 
anarquia interior que la divide en mil familias 
de Capuletos y Montescos, la débilita en frente 



I.A MUKRTE DEI. CISNE 247 

del invasor y desdora a los propios ojos. \ Noble 
é ilusa Lutecia, vîctima de lo que llamaba Gio- 
berti el « amor de los antipodas » ! Su pecado 
y su crimen es el de no ser bastante egoîsta. lyas 
construcciones idéales y fiebres demagôgicas ; los 
esfuerzos por encauzar el torrente impetuoso 
de la vida en los estrechos canales de la lôgica y 
poner al unîsono universo y corazôn, absorben 
los zumos preciosos de su cerebro y la hacen 
descuidar las aplicaciones humildes, pero pro- 
vechosas, de la inteligencia a las necesidades 
de la concurrencia universal, urgentes y peren- 
torias en el medio econômico realista y utilita- 
tario, no exento por dicha de heroismo ni de 
grandeza en que, quieras que no, viven los pue- 
blos civilizados. 

La consecuencia lamentable de tantas imagi- 
naciones y ensuenos es el crônico desequilibrio 
del organismo nacional y, por anadidura, una 
suerte de desidia é ineptitud para las cosas 
prâcticas y cierto amilanado apocamiento en 
las aventuras financieras que, no obstante las 
altas cualidades y superior inteligencia del pue- 
blo francés, lo colocan en permanente inferio- 
ridad junto a otros pueblos menos cultivados 
pero mas enérgicos; menos espirituales, pero 



I 



248 I/A MUERTE DEI, CISNK 



mas duchos en aplicar la inteligencia a la vida; 
menos sensibles y ébrios de virtud, pero en el 
fondo mas sociables y virtuoses. Tiene sus quie- 
bras el confundir la inteligencia con el esprit, 2 
la realidad con la literatura, las virtudes socia- 
les con la sensibilidad lirica. Y a todo ello con-; 
duce frecuentemente el culto de la Razôn, que 
tantas esperanzas liizo concebir a la humanidad. 
Buena es la cultura cuando fortifica la inteli- 
gencia y no relaja las energias productoras, 
que son las virtudes cardinales del mundo 
moderno; cuando acrisola la aptitud estética 
sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, 
en lo que cabe, la conciencia con lo sub-cons- 
ciente, la fisica del aima y la fisica del cuerpo; 
pero es condenable toda civilizaciôn, por bri- 
llante que sea si, con el pretexto de ennoblecer, 
desarma para vivir y pone en los labios de les 
hombres la frase de Bourget : « Agir, c'est tou- 
jours accepter la mesquinerie des conditions 
autour de son Idéal )>. 

I^as cristalizaciones tipicas de la civilizaciôn 
francesa, y aun podrîa decirse de la cultura 
greco-latina de la que es Paris el dechado y 
la simbôlica flor, son los refinamientos de laÉ 
sensibilidad y las elegancias mentales : supe- 



I.A MUBRTE DEI, CISNE 249 

rioridad palmaria en las cosas del espîritu, lo 
que le permite imponerle al mundo sus gustos 
estéticos y modas sentimentales; inferioridad 
no menos patente en el campo de lo que 11a- 
maria el enérgico ex-presidente yanqui la vida 
intensa, donde las voluntades anemiadas por 
las sangrias del sentir y del pensar desfallecen 
y se doblegan sumisas ante otras voluntades 
limpias de toda intoxicaciôn literaria y que no 
tienen los ojos éhrios de luna sino fulgentes de 
luz solar. 



c 



'ONSiDBRANDO al materialismo fatal de la 
era présente y las aptitudes prâcticas de que los 
pueblos han menester para no petrificarse en 
las viejas formas de la cultura ni quedarse 
rezagados, se comprende, sin grande esfuerzo, 
la reacciôn brusca de las civilizaciones moder- 
nas, positivas y utilitarias, contra las civiliza- 
ciones irrealistas del pasado y particularmente 
contra el racionalismo francés. Â pesar de los 
lloros del aima es preciso confesarlo : las disci- 
plinas eficaces y ennoblecedoras un dia, mas 
que otras cualesquiera, de la cultura francesa, 
ni son las formulas pedagôgicas de las naciones 
que extienden sus dominios en el momento 
histôrico actual, ni pueden ser las formulas 
morales del porvenir. Si bien afinan al animal 



I,A MUERTE DElv CISNE 25 1 

humano, lo hacen con detrimento de sus ener- 
gias belicosas. Es lo contrario lo que priva y 
hace falta. La selecciôn de las sociedades enca- 
minase francamente a protéger à los viriles y 
destruir a los sensitivos. Y por eso la cultura 
que realizô en la historia el connubio de la Gra- 
cia y del Saber, la ùnica que todavia puede paran- 
gonarse a la que floreciô en el Âtica sonora, 
parece que hubiera dejado de ser actual y de 
producir las virtudes sociales del momento. 
Verdad es que un pensador de fuste, clarovi- 
dente é imparcial, caracteriza el siglo xix por 
dos hechos singulares entre todos : el triunfo 
del espîritu democrâtico y del idealismo poli- 
tico 6 extension de la influencia de Francia en 
el dominio espiritual, y la supremacia de los 
anglo-sajones y germanos en el dominio de 
las realidades prâcticas, ô lo que es équivalente, 
en las luchas politicas y economicas. Mas lo 
primero es solo una amable apariencia. Por 
lo que toca a la filosofia y la moral, damas 
pudibundas y al parecer invulnérables para las 
fléchas de Eros, pero que con sobrada frecuen- 
cia padecen de vapores y desmayan voluptuo- 
sas en los brazos de los bârbaros, lo tipico del 
siglo XIX ^, en ùltimo término, la reaccion 



252 IvA MUERTE DEI. CISNE 

triunfante del naturalismo alemân y del dar- 
winismo anglo-sajôn, contra el racionalismo 
francés; en lo que atane a la vida real lo que 
salta a los ojos es el advenimiento de toda suerte 
de imperialismos, politicos, economicos, demo- 
crâticos y la superioridad, establecida por los 
hechos en solemnes ocasiones, de los viriles 
sobre los sensitivos, de la voluntad sobre la 
inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, « que 
cuando no es la fuerza es el mal », segùn la 
aserciôn del paradojico Wilde, un esteta que 
también aseguraba con el mismo desahogo, 
« que no tiene nada de sano el culto de la belle- 
za ». El debia de saberlo. 

Y esa superioridad, y he aquî lo portentoso, se 
hace manifiesta no solamente en las luchas 
economicas y diarias porfîas, sino en el terreno 
de la solidaridad, donde parece que debieran 
ser mas eficaces las aptitudes graciosas y ama- 
bles. Y bien, no. Bl espiritu solidarista que 
enfervorizado persigue el derecho igual para 
todo y para todos, la dicha del mayor numéro, 
la libertad, el progreso, nociones confusas y tal 
vez antinômicas, no es mas favorable, en suma, 
a la sociedad que las doctrinas naturalistas 6 
anti-racionalistas de alemanes é ingleses. En 



I,A MUERTE DEI. CISNE 253 

'la prâctica intelectualismo y racionalismo fran- 
ceses degeneran, el primero : en estetismo 
amoral, ironia, escéptica indiferencia y repug- 
aancia de las realidades; el segundo : en per- 
pétua fermentaciôn revolucionaria é indivi- 
lualismo anârquico, cosas antagônicas, como 
A amoralismo de los estetas, a la sociedad y la 
/ida. Por el contrario, el duro darwinismo so- 
:ial, cabeza de turco de tantas sentimentales 
leclamaciones, conduce al respeto de las jerar- 
[uîas, al orden, a la libertad, à la cooperaciôn 
)or la vida dentro de la luclia por la vida; y, 
ior otra parte, al individualismo del self gover- 
ement, que es fuente inagotable de ener- 
ias y virtudes sociales, no teôricas sino prac- 
icas y efectivas. De donde pudiera inferirse 
gurosamente que el egoismo acaparador de 
)s brutales, es mas provechoso para el mundo 
ue el egoismo sin interés de los delicados. 



15 



Y 

A. de hecho autores hay que atribu3^en kî 
excelencias de los pueblos del Norte, al habe: 
permanecido hostiles a la influencia greco-latina 
manteniendo en un estado de semi-barbarie si 
originalidad étnica y hasta cierto punto, su civi 
lizaciôn castiza, lo que constituye la fuerza pro 
pia de un pueblo y las cualidades de fondo d( 
una raza. Mas esos pueblos precisamente, des- 
empeiiaron por mucho tiempo un papel secun- 
dario en las conquistas de la civilizaciôn y s( 
nutrieron en muchas cosas de la enjundia latinaj 
Si los anglo-sajones y los germanos aun conser^ 
van un elemento de salud y vigor de que care-l 
cen los pueblos que sufrieron el dominio de 1^ 
Roma de los Césares y los Papas, no debe atri] 



LA MUERTE DEI. CISNE 255 

buirse a la ausencia de ese dominio, sino mas 

bien, a la sôrdida economia de fuerzas hecha 

en luengos siglos de vida obscura, extrana a 

los refinamientos y molicies déstructuras del 

carâcter que traen consigo siempre las civiii- 

zaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandrîa, 

Bizancio lo atestiguan. I^a ventaja de que los 

pueblos se conserven puros y originales en su 

dda espiritual, es muy discutible cuando se 

oiensa en lo que son la India y la China, y en lo 

que fué el Japon antes de haberse asimilado 

a civilizacion occidental. I^o que a todas luces 

lace falta y aprovecha, es que la cultura propia 

) prestada no desvirtue el egoîsmo nativo, ma- 

lantial de toda vida y en el que absorben los 

ugos de la robustez del cuerpo y la salud del 

Ima los pueblos fuertes, refinados 6 sin des- 

•astar aùn. 

lyas cualidades viriles que garanticen el triunfo 

râctico y cabal en esta época de imperialismo 

conômico, no han sido hasta ahora, ni son 

ctualmente, el patrimonio exclusivo de las 

aciones salidas direct amente de la barbarie. 

os pueblos que hoy se ensenorean del globo, 

o poseîan ayer las preciosas energîas a que 

eben su predominio, ni nada hace suponer 



256 I<A MUERTE DEI. CISNE 

que tanto f asto y poder no concluyan un dîa 1 
con las palabras de Felipe II en su lecho de 
muerte. La vida en su juego divino seguirâ 
transformando las sociedades y es muy posible 1 
que, en tiempo no lejano quizâ, aquellas sober- 1 
biosas dotes dejen de ser utiles en el grado que 
actualmente lo son, or a sea por el desgaste de la 
facultad, ora por las mudanzas del medio am- ^ 
biente, como acontece en la era capitalista de 
câlculo y ahorro, con las virtudes hidalgas de 
la caballeresca Espafia, eficaces en el tiempo 
pasado y al présente perniciosas. Asî, pongo 
por caso, si el edenismo convierte un dia la tierra ' 
en los campos elîseos de la humanidad, les : 
pueblos que juzgamos ahora mas aptos para , 
la lucha vital, perderian la situaciôn prépon- 
dérante que deben a lo que entonces fueran 
cualidades anacronicas y estorbos para asi- i 
milarse la nueva y triunfante cultura. Francia \ 
acaricia aquel voluptuoso ensueno oriental; si 
triunfase séria el desquite del idéal francés. 
Pero en la vida como en el arte, « las inten- 
ciones no son nada, el poder de realizar es 
todo ». Y el poder, fuerza es que se diga, no 
esta de parte de la Idea, sino del Faclum; no de 
parte de los delicados, sino de los viriles; no de 



I.A MUERTE DElv CISNE 257 

parte de los mas nobles, sino de los mas fuertes, 
que son los mas aptos para convertir en hechos 
sus aspiraciones. 

Por los demâs no conviene Uamarse a engaîio 
sobre la supuesta egregia condiciôn de los im- 
perios espirituales ni la legitimidad de sus con- 
quistas. Ya hemos dicho que la razôn es esen- 
cialmente arbitraria y opresora, y cômo entra 
sin dar cuartel en las fortalèzas del aima. Las 
zarandajas morales de la nobleza y del desinte- 
rés de los propôsitos, cuando se examinan de 
cerca son pura patrana y retôrica. Cada pueblo 
practica el imperialismo concorde con su pecu- 
iiar fisiologia y cultura. Como la funciôn créa el 
5rgano, el deseo créa la moral. Se de sobra que 
û idéal francés se opone formalmente a todo 
Drivilegio é imperialismo derivado de los hechos 
Y no de la teoria ; pero ese idéal <îes otra cosa que 
îl privilegio de la razôn razonante que conviene 
i la Francia, y un imperialismo sentimental 
:on el que, la naciôn desprovista de sus arreos 
^uerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya 
pe no de otra manera, su gastado instinto de 
ioberanîa ? Grande vidente fué Zaratustra cuando 
lijo : « Kl cuerpo se créa el espiritu como una 
nano de su voluntad ». Todo es mano en el 



258 I.A MUKRTE DEIv CISNE 

hombre, y el objeto de ese organo prensil, es el 
de apoderarse de las cosas y no el de escribir- 
las en las arenas mo vient es que lamen las olas 
del mar. 



D 



E las aspiracîones generosas y remontadas 
del pueblo francés, no cabe dudar y menos de 
su obra dilatada a todas las actividades, indus- 
trias, ciencias y mâquinas especulativas. Su 
idéal ha sido por momentos el idéal de la huma- 
nidad. Todas las naciones le deben algo, y todos 
llevan en el medallôn del aima, como un recuerdo 
del primer amor, la imagen querida del bello 
Paris. Fuera menester haber nacido ciego y 
sordo-mudo en las cosas del espiritu para negar 
la irjflaencia dulce y luminosa que irradia sobre 
la tierra desde lo alto de la torre Eiffel, y no reco- 
nocer que muchas veces la amable TyUtecia fué, y 
signe siendo en parte aûn, la flor de la humani- 
dad y asi como la inteligencia y la gracia del 
mundo. lya invenciôn de la inferioridad de la 



200 I,A MUERTK DEI. CISNE 

raza y la decadencia latina, son burdas especies. 
Después del libro de Finot quedan muy mal 
paradas las doctrinas de Gobineau y De I/a- 
pouge. lyas aptitudes y cualidades francesas, 
tan multiples como peregrinas, nunca fueron 
mas salientes ni vigorosas. Solo que el medio ha 
cambiado y muchas veces, aunque decantadas 
y superiores, no son utilizables aquellas exce- 
lencias. Al contrario, en cierta manera, sirven 
de rémora y dificultad para ponerse al diapa- 
son positivista de los tiempos que corren. El 
mundo hase convertido en un vasto mercado 
donde no tienen empleo los marqueses talon 
rouge. Kl perpetrar las tradiciones estéticas de 
la elegancia del aima, no es ya elevado sacer- 
docio ni oficio remunerador. Y todo hace pensar 
que en lo futuro ningùn pueblo podrâ ejercer 
una influencia honda ni durable sobre los otros, 
ni siquiera tenerlos a raya, ni aun vivir con sus 
talentos de sociedad solamente por amables 
que sean. Francia conserva en sus manos de unas 
pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inte- 
ligencia técnica que se necesita en el Taller. 
Contra lo que supone el gran Anatole, el ejerci- 
cio del espîritu y el uso de la razôn, de la vieja 
razôn, no prolongarân el imperio de Francia 



I,A MUERTE DEI. CISNE 26 1 

sobre el mundo. La Fuerza de las ideas es incfi- 
caz cuando las ideas no son la expresiôn de la 
Fuerza. En la vida modema los retores y los 
liumanistas van pareciendo casi tan anacrô- 
nicos como los santos. Pero ello no implica una 
condenaciôn de muerte para los pueblos latinos, 
ni quiere decir que éstos, después de haber « fait 
le tour des sentiments et des idées », no pue- 
dan adquirir y desarrollar por convicion y siste- 
maticamente los arrestos y brios morales que 
las naciones hoy dominadoras poseen gracias 
a su inferioridad critica y simplicidad primiti- 
vas. Ademâs, puede acontecer muy bien que las 
circunstancias ambientes cambien y las tor- 
nas se vuelvan y que resulten entonces feos 
vicios las cualidades que hoy se tienen por 
raras perfecciones, méritos de subidos quilates 
y signos ciertos de superioridad. 



15, 



M, 



.AS, por el momento, la virtud de germanos 
y anglo-sajones salta à la vista. De un modo 
lento, pero eficaz, como el trabajo subterrâneo 
de las aguas que disloca y parte las montanas, 
van haciendo del mundo su exclusivo patri- 
monio. Los grandes capitanes de la industria y 
la finanza plantan las banderas de la expan- 
sion comercial hasta en los rincones mas escon- 
didos del globo; conquistan los mercados, que 
son las ciudadelas de las naciones; se infiltran 
con sus mercancîas en los pueblos y los hacen 
sus vasallos. Y a esta penetraciôn parsimoniosa 
y mansa, pero segura, de las actividades inva- 
soras, en las que se transvasan en la era capita- 
lista los împetus conquistadores de otras épo-^ 
cas y los impulsos del nunca dormido, mientras 



I.A MUERTE DEL CISNE 263 

se conserva sano, instinto de dominaciôn, el 
sibarita Paris no acierta a oponer otras barreras 
para defender su predominio, que las brillan- 
teces y refinamientos que abrieron a Roma las 
puertas de Atenas y a los barbares las puertas 
de Roma. 

Al modo que las voluntades flacas, después 
de renuiiciar a las tierras del planeta, inven- 
taron el consuelo de las tierras célestes y las es- 
tupefactiva inversion de valores que hacen 
robusto lo canijo, rico lo pobre, noble lo vil; 
las naciones de embotadas energîas viriles y 
fatigados alientos, inventan los côdigos morales 
de la debilidad y las ilusiones idealistas que 
adormecen y enganan las voluntades naciona- 
les contra las que no se puede lucliar â brazo 
partido ni frente â frente. Como el cristianismo, 
cu3'a esencia es renunciamiento, contemplaciôn, 
acritud contra la existencia, la cultura greco- 
latina lleva en si oculto, muy oculto, el desdén 
de lo real y de la acciôn — su amor de las fic- 
ciones del arte y odio de la riqueza da de elle 
claros indicios — y es un filtro poderoso para 
adormecer los ardores de la sangre moza y hacer 
factibles por las vîas paciâcas, el suspirado 
reino de la justicia y la adorable quimera de la 



264 IvA MUERTE DEly CISNE 

sociedad universal, que de realizarse han de 
hacerlo, como todas las cosas de este bajo niundo 
por la guerra y la muerte, « ya que nada existe 
sino en virtud de la injusticia; y a que toda 
existencia es un robo anticipado sobre otras 
existencias y que cada vida que florece lo 
hace en un cementerio », al decir del admira- 
ble Gourmont. 

Cada vez que trato de exprimirle el jugo real 
à la union por la vida, dulce formula de uno de 
los représentantes mâs autorizados del idea- 
lismo f rancés, me viene a las mientes el recuerdo 
de otra union de la que yo formaba parte de 
pequeno en la escuela. Se Uamaba la « Cofradîa 
del Bizcocho », y ténia por objeto el ayudarnos 
mutuamente para escamotearle al pobre diablo 
de mercachifle, que en las horas de asueto ven- 
dia de que merendar, las golosinas que apete- 
ciamos. Nuestras maniobras eran muy concerta- 
das y amigas hasta. cpmeter el feo hurto, pero 
después^ ^uando ^e trataba de repartirlo, la 
union 'parçi' d bizçoçho ^e çonv^rtig invariable- 
raente en guerra por §1 bizçoçho, I^a ^xperiencia 
àel mundp me ha ^emostradp ^n multiples 
oçasipnes, que la union para la >yida desde que 
hay que cpiner, <desde que hay que yivir se 



I,A MUERTE DEI. CISNE 265 

trueca en lucha por la vida. \ Reino de la justi- 
cia, sociedad universal, edenismo terrestre ! 
Hermosos sueiios sino se cambiasen, con el 
desate de las pasiones, intereses y apetitos que 
dejar de ohedecer, en guerra y anarquia, y sino 
fueran la expresiôn sintomâtica de las enferme- 
dades de la voluntad que contraen los pueblos 
embebecidos de la idea y que palidecen y se con- 
sumen esctichando el canto del ruisenor... Huma- 
nitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, 
proteccionismo y antisemitismo, revelan bien a 
las claras la urgente necesidad de desarmar a 
los otros 6 confabularse contra los que no se 
pueden vencer a armas iguales, y constituyen la 
implicita confesiôn de la anémia nacional. 
« Ils nous gênent », responde un personaje re- 
presentativo de la nobleza en el drama « Israël » 
para explicar su odio a los judîos, vencederos 
en la lucha social y que acaparan âvidamente 
cuanto privilegio y poder se les pone al alcance 
de la mano. Y en aquella despechada frase se 
contiene la razon verdadera... y cînica, como 
todas las razones verdaderas, de un odio secu- 
lar. I/Os judîos son los rivales, tanto mas detes- 
tados cuanto mas victoriosos, a cuyas arcas 
van a concentrarse los dineros, 6 lo que importa 



266 I.A MUERTE DElv CISNE 

lo mismo, la virtualidad y situaciôn social de 
todos. Se comprende que incomoden y se hagan 
aborrecibles. « Bjercemos el natural dominio 
de las aimas fuertes sobre las débiles », podrian 
ellos replicar remedando a la Galigaï cuando 
explicaba a los jueces su influencia sobre Maria 
de Médicis. Y no podia ser por menos. Contem- 
plativos, idealistas, estetas nunca se acomoda- 
ron bien de la lanza ni del casco guerreros. 
Digan lo que quieran : las exquisiteces de la 
inteligencia y la sensibilidad, son destructoras 
de la osadia y firmeza del empeno. No hay sino 
escudrinar, para percatarse de ello, las causas 
recônditas de la abulia, y observar de cerca 
la torpeza, timidez y escasîsima inteligencia en 
la prâctica de la vida, de los cérébrales y los 
emotivos. Pensar por pensar, sentir por sentir, 
flores monstruosas que secan la planta ! En 
cambio, « obrar es pensar con todo el cuerpo ». 
Se, también, que obrar es asimismo, segùn el 
poeta del misterio y del silencio, recogerse en 
si, escuchar, callar... pero no hay meditacion ni 
recogimiento que un an el individuo como el 
acto a su patria céleste, a la actividad univer- 
sal. Una idea suele ser una bella cosa, pero el 
mas pequeno de los actos es siempre una cosa 



I,A MUERTE DEI. CISNE 267 

divina. A mayor abundancia de razones, cuando 
el Espiritu déjà de ser el servidor de la voluntad 
de vivir y gala y ornato de ella, la traiciona ; el 
obrar la sirve en todos los casos y eternamente, 
y como aquella traiciôn se repite con grande 
frecuencia, es por lo que résulta en definitiva, 
que en el individu© la capacidad de pensar y 
sentir idealmente nace y medra en razôn inversa 
de la capacidad de obrar prâcticamente. El 
pensador, el artista, en suma el poeta — llamo 
poeta al interprète de lo divino — tiene una 
excelsa y misteriosa mision que cumplir en 
cuanto fabricante de ilusiones vitales : el resto 
de su actividad inexplosiva, 6 su actividad 
misma cuando adormece y énerva en vez de 
excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de 
eunucos y distracciones de harén. 

Ahora bien : esto ùltimo es, para desdicha de 
los imperios apolinicos, lo que ocurre y produce 
una especie de fermentaciôn literaria que into- 
xica el corazon y el cerebro de las multitudes y 
prépara el reino de lo fçmenino, la voluptuosi- 
d-id y la quimera, Entonces las sociedades se 
embriagan de luna, y reçostadas en blandos 
almphadones languideçen êsperandp la venida 
de los barbarpg. 



E 



?STE convencimiento que se traduce aquî y 
alla en las obras de los viajeros salidos de la 
Metropoli de la Belleza para sufrir el roce âspero 
de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros 
literatos como Bourget y Adam, ya sociôlogos 
y psicôlogos como Leroy-Beaulieu, Boutmy, de 
Rousiers; ora fiancistas letrados como Weiller, 
ora simples periodistas como Huret, es quiza, 
lo que en forma de presentimiento obscuro, 
agita a la Francia. I^as convulsiones de su poli- 
tica y anarquia moral pueden ser los ùltimos 
espasmos de un mundo glorioso, pero inapto 
para adaptarse al ambiente positivista, 6 los 
dolores de un nuevo alumbramiento revolucio- 
nario del que saldrâ el idéal de amor y ventura 
que la bella I^utecia, apasionada y ensonadora, 



I.A MUERTK DEI. CISNK 269 

nutre y quiere con los redanos del aima. lyO 
innegable es que fermentos y levaduras mora- 
les de muy diversa condiciôn trabajan las ma- 
sas a porfia y tienden a destruir el orden de 
cosas actual. Tradicionalistas, cuya formula es 
la tierra y los muertos, la patria y los ascendien- 
tes, que el travieso individualismo barresiano 
descubre en las profundidades del yo, y socia- 
listas que suenan con la sociedad universal 
como Jaurès y Hervé; cesaristas a lo Renan y 
monarquistas a lo Murras, que se apoyan en 
Darwin y la ciencia para condenar el régimen 
imperante; republicanos de vieja cepa y anar- 
quistas sentimentales, ateos y creyentes, pa- 
triotas y escépticos conciertan sus enemigas 
voluntades en el aquel de renegar de la demo- 
cracia. I^os unos por que esta, destruyendo las 
jerarquias y excelencias sociales se pone en 
camino de rebajar el nivel intelectual y moral 
de la raza y substituir la cultura por la barbarie, 
el orden por el caos. I^os otros por que la demo- 
cracia no ha cumplido ninguna de las promesas 
grabadas como divisas en la piedra de los edi- 
ficios pùblicos : mito la libertad, mito la igual- 
dad, mito la fraternidad y el gobierno del pue- 
blo por el pueblo y para el pueblo, mitologia 



270 I.A MUERTE DEI< CISNE 

pura. Y unos y otros ven y confiesan dolidos la 
desorganizaciôn que avanza, la natalidad que 
decrece, la marea del escepticismo que sube, el 
nivel del heroismo que baja. La misma fe y espe- 
ranza puestas en el porvenir se desvanecen al 
reconocer el fracaso de la pedagogîa y las dis- 
ciplinas francesas, que solo preparan sentimen- 
tales y retores, ineptos y desorbitados. No se 
sabe que hacer ni a que santo encomendarse. 
Ningùn mejunje calma la fiebre ni la agitaciôn 
nerviosa. Todas las posturas son incômodas. 
Y las doctrinas de perfecta armazôn logica suce- 
den a las doctrinas ; las utopîas seductoras a las 
utopîas; los discursos a las hemorragias de la 
palabra ; la Revoluciôn al perpetuo hervor revo- 
lucionario, mientras las ébrias mjasas de Paris 
cantan como Nerôn contemplando el incendio 
de Roma. 

Y este es el desolado y maravilloso espectâ- 
culo que ofrece al mvndo la raz6n razonpiite. 



CONCLUSION 



; 



L 



A renuncia del Espiritu como lazarillo de la 
vida es inminente. I^a humanidad ha perdido 
la confianza en su Mentor. El viejo idéalisme no 
tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta a 
los ojos de los mas cândidos como una vejiga 
desinflada. Perdida la fe y llenos de incerti- 
dumbres los mismos pueblos que adoraron de 
rodillas à la razôn razonante se alejan de ella y 
se pierden en las sombras del escepticismo, sin 
vol ver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las 
campanas espirituales repicando en los templos 
desiertos. Francia, Italia, Espana, Portugal; 
pagan muy caro su irrealismo, el crimen de 
haber preferido la idea al hecho, la palabra 
al acto, la razôn mîstica â la razôn fisica, para 
no reconocei en secreto que el lirico bagaje de 



274 ^A MUERTE DEI. CISNE 

ayer es hoy una pesada impedimenta. No solo 
no incita a obrar, sino que impide obrar. Bl 
pasado les pertenece, pero no el futuro si no 
arrojan lejos de si el niuerto laurel y se coro- 
nan de frescos pampanos para merecer de nuevo 
los favores de la Vida. Ante esta, por no haber 
reconocido todavia que la Fuerza es el elemento 
divino del universo, como el Oro es el elemento 
divino de las sociedades, prorrumpen aquellas 
naciones en el profundo yo peqiié en que ter- 
minai suelen las agitaciones de los delicados y 
los idealistas, cuando son sinceros y clarovi- 
dentes como Renan. 

i Desgarradora melancolia! El mismo, triste- 
mente, muy tristemente, llega à considerarse 
como un tipo humano fôsil en el mundo que, 
educaciôn é idéal, le impiden comprender y aqui- 
latar en su intrinseco valor. Esta ineptitud, tra- 
tândose de un représentante tan calificado de 
la inteligencia, es muy significativa. Medio mis- 
tico y humanidades le han hecho perder el 
sentido de lo real, que solo mantiene sano y 
alerta el interés. Kl desprecio de los bienes ma-, 
teriales remata la obra. Como los santos, pot' 
mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni; 
las cândidas florecillas que aplasta torpemente. 



I^A MUERTE DEI, aSNE 275 

Su ciencia de lo que no sirve para vivir es pro- 
digiosa, mas prodigiosa todavia su ignorancia 
de lo que para vivir sirve. El historiador admi- 
rable y filôsofo sapientisimo, no tuvo sospechas 
siquiera de las relaciones pecuniarias de los 
hombres ni de la estructura econômica de las 
sociedades. « Piensa como un hombre, siente 
como una mujer, obra como un nino ». Por 
manera que hacia el fin de su vida, cuando 
principia a ver claro, los sucesos le sorprenden 
dolorosamente y Uenan de mortales dudas. Cada 
ilUvSion magnîfica conviértese, por las malas artes 
de un mago enemigo, en prosaica realidad; 
cada ardor generoso en desencantada ironia. 
Una â una mueren las esperanzas de su inteli- 
gencia audaz y quedan delante de los epantados 
ojos del sabio las realidades del egoîsmo, del 
egoîsmo sanudo y triunfante como el Rey Monje 
en medio de los conspiradores asesinados. 

Sus desencan tos y amargas quejas dicen; 
mentiras, mentiras falaces la religion del aima 
y la preeminencia del espiritu. « Pensar no es 
el ùnico objeto de la vida. El reino de la razôn es 
una quimera. El idéal y la realidad son enemi- 
gos. lya causa que cautiva â las aimas nobles no 
triunfarâ jamâs. I^o que es verdad en literatura, 



276 I<A MUERTB DBI. CISNK 

en poesîa, à los ojos de las gentes refinadas, es 
siempre falso en el mundo grosero de los hechos 
consumados. I^as heroicas locuras que el pasado 
edificô no tendrân mas éxito. Bl espectâculo de 
este mundo nos muestra solo el egoîsmo recom- 
pensado. Inglaterra ha sido hasta estos ùlti- 
mos anos la primera de las naciones gracias 
a su egoismo. Alemania ha conquistado la hege- 
monia del mundo renegando altamente los prin- 
cipios de moralidad politica que con tanta elo- 
cuencia habia predicado antes. » 

Como el emperador filôsofo en su lecho de 
de muerte podria exclamar Renan : « \ Oh !, 
Apolo, ^por que me has mentido? )) Tantas des- 
ilusiones hacen que la realidad se le aparezca 
como una matrona insensible y prosaica que se 
burla groseramente de los galanteos pudibun- 
dos del entusiasmo y del lirismo. Sus laboriosas 
previsiones, fruto de largas vigilias, lo enganan 
cruelmente ; la inteligencia, que él adora y en la 
que crée como en un Dios todopoderoso, pone 
entre el sabio y la vida un vélo brillante que 
hermosea y déforma los objetos. Éstos son otra 
cosa de lo que él creyô,y piensa que acaso es 
injusto al juzgarlos severamente. He sido un 
iluso y un insensato, clama. « I^a idea de que el 



lyA MUERTE DEI. CISNE 277 

noble es aquel que no gana dinero y que toda 
explotaciôn comercial 6 industrial, por honesta 
que sea, rebaja al que la ejerce y le impide per- 
tenecer al primer circulo humano, tal idea se 
desvanece de dia en dia. Todo lo que he hecho 
antes parecerîa ahora acto de locura, y a veces, 
ttiirando en torno de mi, creo vivir en un mundo 
que no conozco. » 

i lyamentables confesiones de una inteligencia 
soberana mantenida por el espejismo idealista 
en la mas profunda ignorancia y desprecio de 
las realidades y que empieza a descubrirlas al 
declinar el sol ! \ Angustia de las aimas religiosas 
caidas en el escepticismo por haber acariciado un 
idéal tan alto, puro y hermoso que impide vivir ! 
^Qué séria de los hombres que practicasen el es- 
tado de muerte del perfecto desinterés sin el 
talento de Renan? ^y que de los pueblos en 
que abundaran, mas de la cuenta, los inac- 
tuales de alto coturno, pero inacluales al fin, 
que se obstinan contra viento y marea en opo- 
ner la abstracciôn y el ensuefio a la vida y la 
realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que 
abierta ô embozadamente tal predica; que 
llena los ojos de visiones, ata las manos y em- 
puja a los sacrificios estériles. De ello nos habla 

16 



278 LA MUERTE DEL CiSNE 

Renan largamente en los « Souvenirs d'enfance 
et de jeunesse »; mas en ninguna pagina se 
trasluce como en la que signe, la amargura y 
hasta sorda irritaciôn del desenganado sacer- 
dote, del sacerdote que estuvo a punto de ser 
Renan y que en realidad, aunque sin tonsura, 
fué toda la vida : « Es en ese medio (Treguier, 
una villa extrana al comercio y la industria) que 
se deslizô mi infancia y donde mi inteligencia 
contrajo un vicio incurable. I^a catedral, obra 
maestra de ligereza, intento loco de realizar en 
granito un idéal imposible, me falseo el espiritu. 
Las largas horas que en ella pasé, han sido la 
causa de mi compléta incapacidad prâctica. 
Aquella paradoja arquitectônica hizo de mi un 
hombre quimérico, discipulo de santo Tuduwal, 
de santo Iltud y de santo Cadoc en un siglo en 
que la ensenanza de esos santos no tiene ninguna 
aplicaciôn. » 

Y bien, no solo los filôlogos sino las socieda- 
des formadas moralmente por la ensenanza de 
aquellos santos ù otras influencias espirituales 
de la misma indole, reciben en la frente el beso 
traidor de la Quimera y quedan marcadas para 
siempre con el signo de la incapacidad prâctica. 
Con todos los respetos debidos a los titulos del 



LA MUERTE DEIy CISNE 279 

aima, pero de un modo franco y resuelto, con- 
vendria preguntarse si tal cosa no es una ver- 
dadera monstruosidad en las sociedades del 
présente, donde las relaciones de los hombres 
son y, no pueden menos de ser, relaciones pe- 
ctmiarias. Quizâ urge confesarse una vez por 
todas, que nuestro ambiente, nuestro mundo 
no es el de la inteligencia sino el de la voluntad, 
disfrazada hoy con las multiples mascaras de 
las actividades mercantiles, como ayer con los 
' antifaces del heroîsmo 6 la santidad. lyO que 
contraria esas actividades es malsano, como 
I era malsano lo que minaba el predominio mili- 
Itar en las sociedades guerreras ô el prestigio 
sacerdotal en las sociedades religiosas. Los 
idéales de las épocas muertas, por nobles que 
sean, son idéales de muertos y traen en las livi- 
das manos una antorcha funeraria. Sus devotos, 
a pesar de todas las auréolas y resplandores, 
comienzan a parecer criaturas de otro planeta, 
engendros desmirriados de Apolo decrépito, 
seres luminosos y absurdos cuya enfermedac? 
es una perla tentadora que ablanda las resis- 
tencias de la Voluntad delante del Pecado. « I^a 
France meurt de ces gens de lettres », decia 
también Renan. \ Que importa que la locura sea 



28o I,A MUERTE DElv CISNK 

divina si enferma el mundo ! Considerândolo,se 
comprende por que un trabajo oculto del ins- 
tinto conservador de la sociedad se afana en 
éliminai*, como antes ponîa su empeno en pro- 
ducir cuando eran utiles, las actividades pura- 
mente espirituales, enfermizas, enervadoras, 
sin aplicaciôn concreta en la colmena humana 
y que, en resumen, vienen a ser algo asi como 
las toxinas del espiritu. Hay muchos pueblos 
envenenados por ellas. Se reconocen en que son 
las tierras fertiles del sentimentalismo y la ver- 
bosidad. Las cosechas de rosas abundan, pero 
el trigo escasea en los campos mal cultivados 
y que no han recibido el abono de Pluto. Y la 
selecciôn mercantil afila en la sombra su gua- 
daria implacable : situaciôn angustiosa, cuando 
no se cuenta con otras defensas para detener el 
golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y los 
ordenados discursos de Gorgias y Cicerôn. 

« El reino del idéal ha concluîdo, todo lo que 
no se convierte en una fuerza se juzga quimé- 
rico » dice Prôspero. Y un ultrarenanista, que 
es al mismo tiempo un profesor de lirismo y un 
puro utilitario, agrega con su ironia habituai: 
« Cuando Tigrano me decia que la fuerza debe 
céder al espiritu, yo le dejaba entrever, sin 



LA MÙERTE DEI. CISNE 28 1 

insistir demasiado, que desconfiaba mucho de 
un espîritu que después de tantos siglos no se 
habîa convertido en la fuerza. » 

I^as criaturas generosas que viven temblando 
por la vida del idéal pueden descansar tranqui- 
las. El idéal existirâ siempre porque es el porta- 
estandarte de la ilusiôn y la esperanza necesa- 
ria a los hombres; pero segùn claros indicios 
no sera lo que éstos han tenido hasta ahora con 
testarudez carneril, como la proyecciôn ùnica é 
imperedecera del aima. Ya hemos vistos que 
cada época se fabrica la tabla de valores que le 
conviene y responde a sus necesidades orgâni- 
cas. El materialismo de las sociedades futuras 
no les impedirâ tener su idéal, solo que este, 
por razones obvias, no puede ser ni el mistico, 
ni el espiritualista, ni el idéal reconocidamente 
fundado en la mentira de las sociedades con- 
temporâneas, sino un idéal prâctico, cuasi ma- 
carrônico, pero robusto y sesudo, como corres- 
ponde a los pueblos entrados en la edad pro- 
vecta, que no sustituya lo quimérico a lo real ni 
débilite para las luchas de la vida. Esta es lo 
realmente sagrado, y podria condenarse, sin 
asomos de dudas, toda verdad, toda ética y 
toda bêliez a que en nombre de un roman ticismo 

16. 



282 I/A MUKRTE DElv CISNE 

de aima neurôtico y raquîtico tendiera obtusa- 
mente à destruirla ô amenguarla. Téngase por 
seguro que ese romanticismo que exige la cas- 
tidad y el voto de pobreza, afemina y envilece. 
Kn filosofia conduce a las aspiraciones vagas y 
al desprecio de las realidades; en politica dégé- 
néra en hipertrofia de la palabra, espiritu revo- 
lucionario y politica alimentkia; en literatura 
Ueva como de la mano, al lirismo dengoso y 
nono y a las chinerias retôricas, sintomas ine- 
quivocos de indigencia mental, pobreza ani- 
mica y otras lamentables incapacidades. 

De un idéal batallador se oyen ya en las cùs- 
pides les clarines sonores. La inversion de va- 
lores morales que indujo al hombre â ser el 
verdugo de su propio interés, es imposible que 
no parezca en los siglos venideros tan absurda 
como lo va pareciendo hoy â los espiritus desa- 
pasionados la santa doctrina que condena el 
placer, el deseo, la pasiôn, la vida y predica el 
estado de sepultura. El idealismo clâsico es un 
caballero andante que presa de mortal f atiga, la 
lanza quebrada y los mûsculos rotos desciende 
de su trasijado Rocinante y se apreste â morir 
al pie de un sauce llorôn iluminado por la luna. 
Es bello y conmovedor, pero nocivo para el 



I,A MUERTE DKI. CISNE 283 

dnimo. El mundo, curado de arrechuchos sen- 
timentales, preferirâ por instinto la muscula- 
tura y la vida del gladiador combatiendo, a la 
melancôlica belleza del gladiador moribundo. 



Quizâ no esté lejano el dîa en que el Sermon 
de la Montana y la Plegaria de la Acrôpolis, se 
pronuncien de rodillas a los pies de la Fuerza, 
diosa terrible que, mejor que Birene, podria 
llevar en sus brazos a Pluto dormido. Bl cre- 
3^ente hablaria asi, poniendo sus palabras al dia- 
pason de las arpas formidables de Bolo y Nep- 
tuno : « Salve \ oh diosa ! impura y fecunda, 
madré de todas las cosas, eurîtmia del universo. 
Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en 
el cielo, en el aima del hombre y en el corazôn 
del âtomo, y los ritmos de la poesîa y la natu- 
raleza cantan unanimes tu gloria inmortal. lyos 
hombres te niegan y te llaman cruel porque no 
saben que, aun revelândose, obedecen à tus 
mandatos; porque no saben que tus condena- 
ciones de muerte son como los frutos que se 
secan para dejar caer sobre la tierra suspirante 
las semillas santas de la vida. I^a razon humana 



284 I.A MUERTK DEI. CISNE 

en un momento de insano orgullo, quiso corre- 
gir las leyes infalibles y los sapientes designios 
de tu razôn, que es la razôn uni versai. Y todas 
las cosas salieron de sus quicios; la quimera 
suplantô a la realidad, el mal afligente al bien 
gozoso, el dolor al placer, la muerte a la vida 
y, lo que es mas estupendo aùn, el desinterés es- 
téril y énervante àl egoismo robusto y fecundo. 
Fué una terrible pesadilla de la que ahora sale 
la humanidad desmazalada y enferma. Y tu 
souries a los sarcasmos con que ella te afrenta 
porque no ignoras que, contrita y arrepentida, 
volverâ a ti y que tu sola puedes devolverle la 
razôn y la salud. Hazlo, Divina, inspîranos para 
que seamos con inteligencia, egoistas intégrales 
y materialistas transcendentes. I^a humanidad 
no es tan culpable como parece. Solo en aparien- 
cia desobedeciô tus leyes. Tu misma fingiéndote 
ciega, la has conducido a tu antojo, como la 
madré hace créer que es él quien la guîa al tierno 
infante que ella sonriendo lleva de la mano. 
Mas el niiio hecho hombre necesita explicarse 
el grande misterio. \ Cuândo sera el dia en que los 
ojos estupefactos vean brotar de la- entranas 
de las cosas, como el rojo licor de la herida abier- 
ta, el verbo divino, eco de las fuerzas universales 



I^ MUBRTE DEI. CISNE 285 

que muy raras veces dictaron la actitud del 
héroe y la alta necesidad rîtmica de aquel cuya 
voz es canto ! Imposible que, al fin, lo justo y lo 
bello no sea lo que viene de ti, madré de dioses. 
j Y que ridiculos y puériles parecerân luego a 
las aimas duras como el diamante, pero blan- 
cas como él, los artificios retôricos del hombre 
sensible, los cantos que no son cantos de vida, lo 
bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo 
de sol limpio de sombras, las acciones que no 
lleven al combate y al templo de la Victoria! 
Por el contrario, es muy probable que la gracia 
brille sobre aquello que la antigua sabidurîa 
creyô torpe é impuro por ser fecundo como el 
acto carnal. Entonces Mammon resplandecerâ 
de gloria, porque de todos los dioses supervi- 
vientes es el ùnico que lleva en la testa olim- 
pica el signo luminoso de la voluntad. Es el 
depositario de ella. I^a virtud perdida en las 
nieblas de los p aises quiméricos hubiese muerto 
de hambre sin él. Su aima fué como el arca santa 
en que se salvô del diluvio espiritualista la facul- 
tad de querer. I^os instintos vitales se refugia- 
ron en su corazôn prôdigo como las manos de 
Démet er y las tetas velludas de Amaltea. I^a 
dicha humana no tuvo nunca amante mas ren- 



286 I.A MUERTB DEI. CISNE 

dido ni servidor mas fiel. I^os que, insensatos, 
vilipendian aùn al Oro, no escuchan la voz pro- 
funda que les dice : « Amadlo religiosamente, en su 
ser divino, y sed interesados y duros para reali- 
zar los deseos secretos de la Vida y servir â los 
hombres. Ni el arte, ni la poesia, nada aguza las 
facultades y potencias humanas como él : es el 
gran excitador. Ni las religiones, ni las filosofias 
le aportan â la humanidad lo que el Principe 
Rubio le brinda con una sonrisa : el poder, la 
esperanza y la ilusiôn : es el Salvador. » 

Paris, Julio 22 de 1910. 



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r 



INDICE 



PRIMERA PARTE 

Ideologîa de la Fuerza 5 

SEGUNDA PARTE 
Metafisica del Oro 121 

TERCERA PARTE 
I^a Flor Lratina 187 

CONCI^USIÔN 271 



r 



PQ Reyles, Carlos 

8519 La muerte del cisne 

R38M8 

1917 



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